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Dos textos

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La cebolla

Cuando pensamos en la cebolla, evocamos un fruto esférico, dulce, suave al tacto. Uno aromatizado fuertemente por la diosa de los perfumes y que ha sido elaborado a mano con multitud de vestidos de novias abandonadas, por eso demanda y produce lágrimas. También es la razón por la que suele llamársele novia en la cocina.

La cocina es el laboratorio donde establece relaciones lícitas e ilícitas con el ajo, bello príncipe de marfil versado en magia de todos los colores y apreciado grandemente en la célebre Transilvania, cuna de insidiosos vampiros.

El ácido que segrega la cebolla debe frotarse vigorosamente en las quillas de los barcos que zarpan de Jamaica, para conjurar los naufragios. Destilado siete veces debe ingerirse con agua clara para soñar las doce maravillas.

Algo dijo Copérnico de la cebolla, pero no recuerdo qué; ni siquiera estoy seguro que haya sido él y es muy probable que hablara de otra cosa, pero es cierto que debió ocuparse de ella, como lo hizo con los planetas.

A las doce de la noche la cebolla se vuelve invisible y viaja por los tejados; penetra por las ventanas abiertas y se recuesta en las almohadas de los jóvenes, ahí se alimenta de sueños amorosos y es otra de las maneras en que se reproduce.

La cebolla es erotómana, sensitiva, rencorosa y vengativa; pero es fiel, amorosa, constante, veraz y pudibunda.

 

La muerte

En su jardín, la muerte escribe tu nombre en un papel de seda y lo destruye; lo rasga, lo quema, lo disuelve en el agua o en el vino o lo corroe lentamente con algún ácido: así morirás.

Los únicos que pueden conocer su hora son los que morirán por el agua o el vino o por el ácido o por la mutilación. Los que morirán por el fuego, no. Imposible alcanzar a ver la llama fugaz que consume el papel.

Cuando las pitonisas logran distinguir la llamarada en sus espejos de adivinación, la interpretan de modos muy diversos. Para algunas es el fuego simple, para otras es la fiebre, la envidia es para unas y aún hay otras para las que es el amor.

El papelito donde la muerte escribe el nombre de los suicidas, lo dobla cuidadosamente y luego lo deposita en un pequeño mueble de laca pintado de negro, lleno de espejos interiores.

De tarde en tarde juega al ajedrez con un ángel o con un demonio y gana todas las partidas; ocasionalmente se le escucha tocar la flauta dulce. El color que prefiere es el amarillo y su piedra abominable es la amatista.

La muerte cría cuervos que no le sacarán los ojos.