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Octavio Paz y el discurso de la conciliación

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Octavio Paz

En momentos en los que el lenguaje sufre una crisis de verdad, los ensayos de Octavio Paz reivindican la existencia de una conciencia latinoamericana, no sólo desde el punto de vista del pensamiento ético, sino para rechazar el determinismo ideológico, que significa un purgatorio para algunos y el cielo para otros. El escritor mexicano se dirige al lector de nuestros países y asume la palabra como valor de pensamiento, de estilo y de concepto. El ensayista Leopoldo Zea considera que el peso de la obra de Paz da peso a sus opiniones, por lo profundo de ellas, entre las cuales siempre sobresale el término “conciliación”.

Aún cuando Octavio Paz en La casa de la presencia dice: “Mi primer escrito, niño aún, fue un poema. Desde los versos infantiles la poesía ha sido mi estrella fija”. Sin embargo la sutileza estilística y filosófica de su discurso lo llevó a escribir largos ensayos, verdaderas reflexiones, expresadas en construcciones donde fija su posición; piensa que este mundo en crisis debe deponer su tono de conflictividad de una dialéctica, cuyas polaridades pueden conciliar los puntos en común, existentes en cada una, para dejar que así surja la armonía necesaria que ayude a reconstruir las sociedades actuales.

Se trata de una tarea escritural apasionante, sugerida en algunos capítulos de Corriente alterna y en artículos de la revista Vuelta, que, como todos sus ensayos, oscilan entre el entendimiento y la imaginación, de donde, piensa el escritor, surgirán conjunciones ideológicas, confluencias políticas, restauración de ecos pasados, transformaciones adaptadas al hoy que vivimos.

Para Paz lo caduco se renueva con nuevas tendencias, las cuales pone de manifiesto cuando dice en La casa de la presencia: “En mi adolescencia el diálogo entre revelación y revolución se había transformado en combate. El significado de los dos términos sufrió un desplazamiento... ¿Arte revolucionario o arte puro?

Siempre es el lenguaje el que reafirma prioridades, y una de ellas ha sido para Octavio Paz la conciliación de las oposiciones; de ahí que sea el oxímoron la figura retórica que surge a cada paso en su obra poética y ensayística; donde no deja de conjugar extremos filosóficos: mito-religión, liberalismo-socialismo, lirismo-pragmatismo. El escritor considera que cada elemento de una polaridad contiene el germen que las unifica. Dice en Corriente alterna: “Porque si cada uno habla un lenguaje propio el resultado es la incomunicación, la muerte del lenguaje. Un diálogo entre esquizofrénicos”. La búsqueda de coincidencias en pensamientos oponentes, tras la posibilidad de la reconciliación, lo llevó a aceptar la representación diplomática en el exterior, hasta 1968, cuando luego de la tragedia de Tlatelolco renuncia a su cargo de embajador de México en la India para defender la libertad que siempre fue un norte en su vida.

El lenguaje liberaba a Octavio Paz de ataduras, la palabra libre era una misión que debía cumplir; ya fuera para hablar de la historia de México en El laberinto de la soledad, de la poesía en El arco y la lira, y siempre del lenguaje. Lo reafirma en 1993 en la revista Vuelta, para referirse a estas tres constantes en su obra literaria: “Sólo si respondía a ellas podía justificar mi existencia, como poeta y como ser humano. Mis respuestas están en mis poemas y en los libros que he escrito a lo largo de mi vida”.

Sus ideas sobre la importancia de los símbolos e imágenes en el acervo cultural de México, expresadas en El arco y la lira con la frase “Yo sueño y, en mí, sueño mi polvo acumulado”,ponen de manifiesto su sentimiento de respeto por las tradiciones y la importancia que tiene la herencia cultural que envuelve a los pueblos latinoamericanos. El cuerpo, opaco ya de lo antiguo, lo proyecta el escritor en un foco de luz, que se resuelve en los ensayos, que revivifican el abanico enriquecedor de la civilización azteca. El escritor considera que los cambios estéticos y culturales no suponen ignorar lo anterior. “Kafka no es superior a Cervantes... El lenguaje se moderniza y se manifiesta en los cambios estructurales de los discursos y en los nuevos significados de las palabras. Muchas veces los cambios se convierten en rupturas. Esto no significa desconocer lo anterior, sino entablar un nuevo diálogo con la tradición literaria”.

La posición firme, militante en el respeto a las nuevas ideas en el campo cultural, lo lleva a rechazar los nacionalismos dogmáticos y el excesivo academicismo, a través de un discurso donde el conocimiento, la conceptualidad y el lenguaje de afectividad le dan a sus ensayos el marco necesario para convertirlo en uno de los mejores ensayistas del siglo XX latinoamericano, con un pensamiento alejado y desinteresado del poder. Su creatividad, comprometida con la lírica del lenguaje, reside en el secreto de todo gran escritor: sacralizar el goce de escribir, que coincide en deseo recíproco con el goce de leerlo; porque su discurso nos lleva a vivir las diferentes edades de nuestra América, ya que Octavio Paz en ningún momento pierde la relación entre el decir y el contexto externo que lo circunda.

Será en el ensayo Conjunciones y disyunciones donde Paz desarrolle a plenitud la aceptación de lo neomoderno y las propuestas que estos dos términos ofrecen a una sociedad en crisis cuando dice: “Un binomio de lenguajes, palabras que fueron oídas con desconfianza y reprobación, ascienden al cielo verbal y ocupan el lugar de otros vocablos...”. Muchas veces el discurso de Paz recuerda a Montaigne, sobre todo cuando la voz lírica se convierte en un yo preponderante, que quiebra el decir impersonal y escribe con total independencia de modas y corrientes, así dice: “Escribí sobre Luis Buñuel” o: “Diré más, en nuestra época la crítica funda la literatura”. También en el rechazo de ambos por lo académico, que le resta flexibilidad a los estilos del arte y del lenguaje. Dice Paz: “Todos los movimientos se vuelven escuelas, todos los estilos maneras, lo lamentable es terminar en la Academia”.

Octavio Paz supo ampliar el panorama de comprensión entre los pueblos, sin sistematizar, sin ser normativo dejó una huella imborrable en contra de los poderes que sojuzgan al ser humano, contra el lenguaje unívoco que desgasta la libertad. Ideas expresadas en una verdadera rapsodia, donde el ritmo musical del lenguaje ensayístico nos va llevando a anudar historia, tradición y contemporaneidad. “Porque el lenguaje como el universo es un mundo de llamadas y respuestas: flujo y reflujo, unión y separación, inspiración y expiración. Unas palabras se atraen otras se repelen, y todas se corresponden. El habla es un conjunto de seres vivos movidos por ritmos semejantes a los que rigen a los astros y a las plantas” (El arco y la lira).

Termino con el comienzo, con el título de este artículo para referirme al discurso dado por Octavio Paz, en París en 1989, al recibir del presidente François Mitterrand el Premio Alexis de Tocqueville. Dijo entonces: “El pensamiento de la era que comienza —si es que realmente comienza una era— tendrá que encontrar el punto de convergencia entre libertad y fraternidad. Debemos repensar una tradición renovada y buscar la conciliación de las dos grandes tradiciones políticas de la modernidad; el liberalismo y el socialismo”.