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“En las fronteras del miedo”, de Antonio María FlórezAristas del miedo

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En una reseña nuestra de 2006 en la que celebraba la aparición en España de Desplazados del Paraíso, el libro con el que el escritor hispano-colombiano Antonio María Flórez obtuvo el Premio Nacional de Poesía “Ciudad de Bogotá” 2003, destacaba cómo con precisión de cirujano este médico vocacional y en ejercicio destajaba la carne y el alma de los desplazados y nos mostraba las entrañas del dolor y la muerte de estos seres que incomodan las estadísticas oficiales y son meras anécdotas en los medios de comunicación.

Sabíamos que Flórez, con el que alguna vez tomamos café largo en los aledaños de la librería Central del Raval, llevaba varios años trabajando en un par de libros que ampliaban su desgarrada visión del fenómeno del desplazamiento en Colombia. Eran otros tiempos más ligeros y optimistas en España cuando él aún agitaba el ambiente cultural de la Barcelona ufana y antes de que la crisis y los avatares de la vida se lo llevara de esta Cataluña nuestra que a veces repele y desconcierta. Nos habló de su condición de ciudadano del mundo arraigado y atado a su tierra natal tanto como a su patria adoptiva, nos esbozó las razones de su desplazamiento afectivo y supimos de su condición de testigo excepcional de la historia reciente de aquel país que ha vivido y trasegado como alto funcionario y ciudadano de a pie, desplegando sobre él su aguda mirada de humanista y literato. Su relación con Marquetalia, la mítica localidad andina de donde era oriundo su padre y donde pasó la infancia, y el haber vivido y trabajado en el Magdalena Medio, y luego en Manizales y Bogotá, explicarían buena parte de estas razones señaladas, y han dado origen a un poemario titulado En las fronteras del miedo, necesario para entender la historia reciente de Colombia por la manera como desentraña el fenómeno de la violencia en el país y escarba en los recovecos afectivos de los seres que lo padecen.

No entendemos las razones por las cuales se ha demorado tanto la publicación del poemario que ahora nos ocupa, y este no es el lugar para ventilarlo, pero ello tal vez ha contribuido a que el autor decantara más los versos, rematara imágenes y afinara metáforas para que el libro creciera y se nos muestre como una obra más redonda y resonante. No habría mal que por bien no viniese.

Jean Delumeau, en su reconocida obra El miedo en Occidente (2003), afirma que los individuos y las colectividades “están embarcadas en un diálogo permanente con el miedo”, así también Flórez en este libro —y en otros anteriores, valga decirlo— establece un complejo y arisco diálogo con este concepto, un recorrido por las aristas más agudas del miedo, entendido éste como fenómeno psicofísico que nos enfrenta a un objeto o situación determinada que identificamos como riesgosa, y nos pone en alerta y nos obliga a reaccionar con acciones de lucha o fuga, para salvaguardar nuestra integridad y de lo que entendemos como nuestro. Pero el miedo, como Delumeau afirma, lleva a lo conocido, pero la angustia, concepto confusamente cercano, conduce a lo desconocido, a la inseguridad que da pavor, al vértigo de la nada. Es por estos terrenos por donde transita la temática de este libro, pero en el lugar más inespecífico, en el que no tienes certezas, en la frontera donde se cuecen oscuros destinos y “se libran / tenebrosas batallas”.

Muchas son las razones que han obligado a los colombianos a desplazarse: las desigualdades sociales, la falta de oportunidades, las oprobiosas mezquindades de los poderosos, el Estado lejano, inepto e insuficiente... Y así no se quiera reconocerlo, este es un fenómeno universal que no sólo sucede en África o Asia, sino que también lo vemos en toda su crudeza en Europa al igual que en España: los almerienses y murcianos emigrados a Hospitalet y Cornellá, los extremeños casi huidos a Leganés o Mondragón, son claro ejemplo de ello. Y en ese sentido, las dos citas iniciales del libro, de Álvaro Mutis (“Noticia del Hades”) y José Antonio Gabriel y Galán (“Un país como este no es el mío”) marcan el claro rumbo que seguirá el libro, bebiendo de dos ricas tradiciones poéticas, la latinoamericana y la extremeña, que nutren el sentir y la prosodia de Flórez.

El libro se divide en cinco partes equilibradas en espacio con un posfacio no muy extenso, y una especie de “bonus track” —válganos la analogía musical usada por el poeta— que incorpora el tercer volumen revisado de la trilogía, Corazón de piedra, publicado en Littera en una artesanal y cuidada edición ya agotada, que contribuye a enmarcar esta obra casi como un tractatus sobre el desplazamiento.

Arden las sombras, la primera parte, perfila el escenario en el que “Dos niños / en el jardín del aire / jugando bajo la lluvia...” prefiguran el paraíso ya pergeñado en su libro referencial. La infancia como patrimonio de la inocencia y la pureza de los sentimientos: “Era el amor / en los ojos de aquellos niños, / como el crepúsculo, / lleno de sueños”. Pero este lugar mítico, que es el espacio simbólico que alude al paraíso, pronto se ve amenazado por “Los pájaros de fuego / en desvarío”, y se desata el odio, los más bajos instintos, y se atenta contra el ser humano y sus bienes más preciados. Aquel niño se hace hombre a fuerza de sufrimiento y se obliga a tomar decisiones sustanciales en su vida, tal como se anuncia en el poema 7:

Desde la espesura del bosque
llora su casa en llamas y blasfema.
Un niño agoniza a los pies
                             de los fantasmas
               y se hace hombre.

Sobre su cuerpo iracundo
                             gravita un pesado cansancio
que ablanda sus músculos
                             y su voluntad de fiera.
Sabe que debe huir,
                                            o hacerse buey.

Los últimos poemas de esta parte, de ágil ritmo narrativo y dotados de cierto carácter épico, se centran no ya en el individuo, sino en el colectivo, y describen un paisaje caótico y asolado por la guerra, un territorio “azotado por el azaroso sol de las desgracias / de un país vertical / en su lenguaje / de odios ancestrales / y muertes clandestinas”.

El exilio es el asunto de la segunda parte y el título de la misma. Se entiende que aquel que se queda atendiendo al consejo platónico (“Sería más seguro para mí no partir”) claudica o perece. Tal vez uno de los poemas más significativos del libro sea el que da inicio a esta parte y en el que se resume el espíritu del mismo, la alegoría del desplazamiento, del eterno marcharse: “Tengo la convicción del exilio. / Voy a partir. Con tus labios o sin ellos... Debo partir. Y me alisto olisqueando los senderos, / poseído de una insana y febril ansiedad, / leyendo en el horizonte cargado de presagios / los inciertos designios del miedo”.

La marcha, por rutas complicadas y cargadas de peligros, como es la vida misma, conducen a la ciudad, ese fallido paraíso sustituto que recrea Flórez profusamente en algunos de sus otros libros, aquí se muestra como el final del camino, “alguna parte”, un lugar amorfo, espectral: “acuoso y sin memoria, umbral del no ser, consumación de ese sueño plural y vasto que los alienta”.

La tercera parte, En las fronteras, estrechamente articulada con la anterior, se abre con una cita de El reino oscuro, del placentino Álvaro Valverde, coetáneo suyo como Basilio Sánchez, a quien también cita más adelante. Aquí se configura el abstracto espacio emocional del límite que el sujeto atisba y habita ahora como límite y emblema, pero en el que “germina el rencor. / Y se alienta un oscuro destino”. Es el espacio en el que “...se libran / tenebrosas batallas / y se asumen / indignas derrotas”, pero en el que también cabe la esperanza, así sea oscuramente.

Sin duda alguna, la parcela más críptica, sugestiva y poética del libro es la cuarta parte, la que dedica a uno de sus hermanos y que se abre con una cita del norteamericano John Varley, uno de los maestros de la ciencia ficción contemporánea (La persistencia de la visión, Luna de acero), a quien profesa especial admiración el poeta dombenitense: “No debía tener miedo a nada excepto al mismo miedo”. Poemas en prosa, asumidos desde la primera persona, de ritmo vibrante en algunos pasajes, que destacan por su narratividad y en los que se nos cuentan las circunstancias y consecuencias de un secuestro, metáfora de un país que vive cotidianamente este flagelo y que ha sido tratado magistralmente por la pluma de García Márquez en Diario de un secuestro, por Sergio Álvarez en La lectora y Orlando Mejía en Pensamientos de guerra. Tres poemas, el cuarto, el quinto y el octavo, concitan nuestra mayor atención, pues en ellos se concretan las mayores virtudes creativas de este pasaje del libro, por el poderío de sus imágenes y sugestividad.

Sin otra opción que el silencio, me alisto para el sombrío sacrificio del rencor. Mis dedos se agarran al frío sintagma de una palabra horizontal. Desisto de mí.

Destino y Postfacio nos hablan de lo ineluctable, nos anuncian la derrota, el fracaso de la fe y las ilusiones, porque “...todo es derrota al final, / vano afán”. Se reconoce que “vivir es lo que hace daño”. Sin embargo, se hace un llamado a dejar constancia de la lucha por la vida y los ideales que la han marcado, porque hay que gritar bien alto, “para que nunca nos olviden, / ni olvidemos”.

Corazón de piedra, el “otro” libro dentro de este libro, según las propias palabras del autor en entrevista concedida al editor y escritor Antonio Reseco, “engarza en intención y estilo con lo sustancial de mi obra poética... De una parte, mi preocupación por el destino del hombre, por su condición impuesta de desarraigo forzado; de otra, una expresa voluntad de experimentar con el lenguaje poético, de incorporar al mismo elementos narrativos, de hacerlo más ‘visual’ dando primacía a la imagen, y potenciando lo metafórico y emocional”. Aquí se narra ucrónicamente el largo trayecto que recorren un padre y un hijo por un paisaje apocalíptico: “...las ciudades ardiendo, / los bosques descuajados, / la vasta sabana teñida de rojos”, que es el que se presume si las cosas no cambian y la humanidad continúa su trasegar errado por la injusticia y la insolidaridad. Recurriendo al diálogo y a la elipsis, el uno enseña al otro las virtudes esenciales que quiere transmitirle para que pueda sobrevivir en un mundo diferente sin las carencias y defectos del que padecemos, en definitiva sobre el sentido de la existencia, “Porque la muerte / no es ninguna mentira”. “¿Adónde irás?”, se pregunta al final el padre, preocupado por el destino de su hijo y los demás. Algunas de las conversaciones de ambos son absolutamente iluminadoras por esa confrontación cruda entre la experiencia de uno y la inocencia del otro y las preguntas que se cruzan sobre temas existenciales. Es evidente la cercanía de algunos de estos textos con ese libro gris, épico y desconsolado de Cormac McCarthy, La carretera, en el que también un padre y un hijo luchan por sobrevivir denodadamente en un mundo hostil.

En últimas, un libro crítico que incide sobre algunos aspectos deleznables de la realidad colombiana, libro de desencanto y descreimiento, “de asunción del fracaso individual y colectivo de un mundo en ruinas”, como él mismo afirma; que retrata con gran precisión el largo viaje al exilio de los desplazados y sus avatares más diversos, y que, además, hace énfasis en la dignidad del ser humano. Libro que entendemos es, desde ya, esencial en la poesía colombiana contemporánea, como lo es desde hace algunos años Desplazados del Paraíso. Textos que nos hacen decir, con el checo Jaroslav Seifert, que “La poesía, y la cultura en general, devuelven la dignidad a la gente humillada”, como así ocurre en este libro de alta calidad e interés universal.