Letras
Mayi

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Recuerdo vagamente la noche en la que conocí a Mayi, la noche en la que Mayi me hizo llorar. Era como un saco de huesos vestidos de piel de lija y una cabellera de alambres negros que envolvía su cabeza y su silueta de canela danzaba de un lado a otro. Era una negra con facciones de blanca y sus incipientes patas de gallo revelaban que ya no era tan joven, su mirada un alma arrugada.

Los hilos azules que tejían su traje de baño sólo cubrían las partes precisas de su cuerpo. Unos diminutos triángulos ocultaban los pezones de ese par de senos caídos, una minúscula tanga apenas cubría su sexo, mientras que sus indecentes nalgas se asomaban sin pudor, en un vaivén al ritmo de sus pasos.

Esa noche la luna mezquina brillaba sola en el cielo, no había espacio para las insignificantes estrellas. Mis vellos estaban erectos por la brisa de la medianoche, la fría sangría que había bebido desde la tarde me había soltado la lengua y mi boca no dejaba de escupir frases disparatadas.      

No estaba sola, éramos cuatro los que, ansiosos por escapar de la monotonía valenciana, habíamos pasado toda la tarde nadando en una íngrima piscina de hotel, que nos expiaba del calor infernal de Puerto Cabello. Después de tantas horas retozando en el agua, parecíamos pollos remojados, tiritando de frío, agitando nuestras conversaciones con estruendosas risas.

Mayi se acercó a la mesa, un cigarrillo y un vaso de ron ocupaban sus manos. Interrumpió nuestra orgía de palabras para pedir un encendedor y terminó por ser parte del festín de cuatro cuerpos semidesnudos semejantes a ella. Conversadora, exagerada en sus movimientos, escandalosa al expresarse, Mayi acaparó rápidamente mi atención y a todos nos agradó tener nueva compañía.

Repentinamente, un hombre bajito y moreno, que tambaleaba en su embriaguez y para mi sorpresa era el acompañante en la velada de Mayi, se aproximó a la tertulia. Con aires de mandón le pidió que le sirviera un trago, acto seguido ella se levantó con desgano y obedeció, complaciendo su deseo.

Un sentimiento de asco tuve hacia él cuando, aprovechando la ausencia de Mayi, comenzó a proferir frases despectivas sobre ella. Desperté de la languidez en la que el alcohol me había sumergido y resolví insultarlo en mis pensamientos, clavando mi mirada sobre los demás, tratando de preguntarles ¿y éste qué se cree?

Así en los siguientes minutos mi inquietud se acrecentó al ver cómo Mayi soportaba los ojillos desorientados de ese hombre que ella tiene de querido y era capaz de tolerar las frases burlonas que salían de su boca apestosa. —¡Muévete, apúrate, cállate! ¡Estas mujeres del coño! ¡Las mujeres son un peo! ¡Por eso es mejor andar solo! —yo moría por gritarle, cállate tú, pendejo.

Mayi permanecía inerte, yo no entendía por qué. Quizás ella prefería ignorarlo, pero mi humanidad se retorcía y no pudo seguir resistiendo el ver cómo una mujer era víctima de la borrachera de un ser tan repugnante, que tenía la virilidad guardada únicamente entre las piernas.

Manifesté mi repulsión hacia él, lanzaba puñales desde mis ojos y hacía comentarios imprudentes tratando de provocarlo. Él supo en ese momento que yo lo odiaba y entonces me odió también. —¡No te pongas brava, es que ella hace que yo actúe así! —me dijo.

—¿Por qué lo aguantas, Mayi? —le pregunté.

—¡Cuando él está sobrio es puro amor, pero cuando está “rascao”, se vuelve loco! ¡Es mejor bueno conocido que malo por conocer! ¿Para qué me voy a buscar a otro sin saber si será peor que éste? —balbuceaba avergonzada.

Los tragos comenzaron a terminarse, el individuo se atrevió a decirnos que había sido un placer y vencido por la pea decidió ir a acostarse, pero Mayi aún no quería. Él no le hizo caso, batió su mano contra ella y se marchó. Yo esperaba que ésta se quedara, pero fue una tonta ilusión, Mayi terminó arrastrándose tras él.

Y en ese instante me conmovió, dos lagrimones molestos de indignación rodaron por mi rostro. Estaba sensible por la bebida, pero incluso ahora mismo lloraría. Lloro por Mayi; por todas las Mayi que conozco y por las que no sé si existen; hoy lloro por aquellas mujeres que dejan a un lado su propio valor por un pedazo de cuero, que no se atreven a ser fuego para quemar tanto machismo.

Tengo la certeza de que estas líneas no cambiarán nada, seguirán perdidas en mi propia impotencia, en el silencio de las que prefieren callar. Mayi seguirá revolcándose con la hediondez, su cuerpo adoptará tal pestilencia. Jamás se enterará de que escribí sobre ella, posiblemente volvería a pedirme sus rotas disculpas como aquella noche en la que supo cuánto me hería.