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Hoy

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Hoy desperté envuelta en un sudor frío. Estoy sola en este cuarto que es demasiado grande para albergar a un solo cuerpo diezmado por el paso de los años, que nadie consiente ni acaricia. ¿Y para qué? ¿Qué van a tocar?

Siempre soñé con la libertad: viajar, conocer, experimentar nuevas vivencias. Anoche pensé que hoy no iba a despertar. Sentía frío; sentía calor. Esta libertad tormentosa se fue tornando en soledad después de tanto viajar, luego de mucho conocer; hastiada de experimentar el olor de decenas de camas de hotel: otros cuerpos, otras soledades.

A decir verdad, no desperté por mí misma. El teléfono me ha despertado promediando las siete de la mañana. Al otro lado de la línea escucho la voz de alguien que me llama por mi nombre con el desdén de quien habla sin fuerzas en los cojones. Nunca me gustó su forma de hablar. ¿Para qué tanto refinamiento? Siempre se creyó García Márquez y no es más que un autor de cómics baratos.

Tengo que verlo. No quisiera, pero nuestras dos hijas cada año tienen la infausta ocurrencia de juntarnos alrededor de una mesa con una torta de nueces en medio; música salsa, cervezas, un tanto de vino y una alta carga de risotadas cuando llega el momento de darnos un abrazo frío y acompañado de una mínima ondulación en nuestras bocas que tanto se rozaron en otro tiempo, quizá en otra vida.

Abro la ventana del cuarto. Los muchachos de siempre juegan baloncesto en el parque contiguo. Oigo sus risas, percibo el latido de sus corazones en comunión con el mío. Teresita sigue viviendo en los arrabales de Guayaquil, en una pequeña habitación con vista a una maraña de otras pequeñas habitaciones que contienen interminables historias de vida y dolor. Todo le duele, la vida le pesa. Ayer llamó para contarme que, por cosas del destino juguetón, se había topado en un centro comercial con aquel músico alegre y extrovertido que fue el causante de mi tercer embarazo. Él no la reconoció. Quién podría hacerlo; pobre mujer, pobre esperpento de la vida que anduvo de fiesta en fiesta, de show en show, de discoteca en discoteca; hoy con un hombre, mañana con otro. Hoy más sola que un rancho solo, como dice aquella canción que escuchaba en la vieja radiola de mi padre.

Pero Teresita no pierde el glamur. Su voz sigue radiante, lúcida su mente, vacía su billetera. Me dijo que se había comprado un nuevo vestido de lentejuelas y canutillos con el dinero que le regaló un viejo conocido de la plaza de mercado. Nada serio, por supuesto; otro amante en su vida. Al abandonar la tienda fue cuando vio al hombre que supo darme felicidad ocasional y profunda tristeza al momento de su partida.

Viejo, arrugado, encorvado. Así lo describe Teresita, con esa sorna implacable en sus palabras que siempre ha sabido usar para darle mejor entonación a todo lo que expresa por su boca besada por miles de bocas. Iba en compañía de una vieja de buen semblante y muchas cirugías plásticas en su cuerpo. La mujer le daba órdenes: levanta aquí, recoge eso de allá. Según Teresita, sólo faltaba que le exigiera ser cargada para no caminar, evitando el cansancio y la fatiga que produce el calor de Guayaquil. Bien se lo merece, por hijo de puta, vil mentiroso que jugó con los sentimientos de esta mujer que apenas comenzaba a vivir nuevas experiencias.

Fueron muchos los años dedicados a un solo hombre. A ese que hoy no es más que un viejo decrépito y que me ha llamado hace algunos minutos con sus persistentes ínfulas de sabelotodo. Pronto le publicarán su quinta novela. Les ha dicho a nuestras hijas que esta vez sí está a las puertas de ganar el Nobel. Pobre iluso, pobre estúpido con quien compartí largos años de mi vida.

Su hermana menor y yo éramos compañeras de colegio. Podría decir que prácticamente crecimos juntas, pero a él casi no lo veía porque, ya un hombre hecho y derecho en ese entonces, vivía en otra ciudad. Algunas veces visitaba su casa materna los fines de semana con muchachas horrorosas. No me movía el piso. Me parecía demasiado viejo y gordo. Rondaba los treinta años, once por encima de la mujercita que empezó a molestar mediante llamadas telefónicas insistentes. Me cortejaba a toda hora; qué tipejo tan cansón. Tanto insistió hasta que caí redondita en sus brazos luego de un viaje que él hizo a Estados Unidos. El reloj de marca que me obsequió debe estar todavía en alguno de los cajones de la mesita de noche.

Su desesperación sempiterna nos condujo a un matrimonio relámpago y disparatado. A los siete meses contrajimos nupcias y la noche de la celebración, su padre, borracho hasta los tuétanos, protagonizó una pelea con los dueños del club que obligó a suspender la fiesta sólo una hora después de haber empezado. Mi padre casi mata a mi madre aduciendo que ella fue quien alborotó el avispero al preguntarle a mi suegro de pocas horas por las picadas y la comida. La observación de mi madre hizo que el padre de él terminara liándose a golpes con la pareja dueña del lugar de festejo.

Me convertí en madre después de terminar mi carrera universitaria. Mantenía en mente y corazón las enseñanzas de mi abuelita, con quien asistía a una iglesia católica en la que un cura de cabello peinado con raya en medio y rostro redondo hablaba de un Jesucristo que se me metió hasta en el rincón más recóndito del cuerpo. Por eso casi lo obligué a que dejara sus andanzas de borrachón y mujeriego. También a que abandonara el periodismo, fuente de licencias contrarias a los postulados cristianos. Esto no entra en discusión.

Pero él quería andar en lo mismo y con los mismos. Sus amigos seguramente me tenían un cariñito muy especial. Más tarde nos mudamos de ciudad. Le pedí a Dios un trabajo más por salir de casa que por necesidad económica, porque él ganaba mucho dinero trabajando con politiqueros de oficio. Mis nuevas compañeras eran unas mamasantonas que estaban tan inmersas en el cristianismo que no escuchaban música mundana, vestían con recato medieval y estaban sometidas al yugo de maridos o novios. Yo tenía que ser igual a ellas.

Un día cualquiera caímos enfermos los dos. Los médicos decían que no teníamos nada de qué preocuparnos, pero los líderes de la iglesia pensaban lo contrario. Una ex novia de él nos había lanzado un letal embrujo. Él lo supo después de regresar a casa. Tres de los líderes de la iglesia me sometieron a un tortuoso proceso de liberación, algo parecido a un exorcismo. Vomité la vida entera, como nunca antes lo había hecho. Quedamos liberados ese mismo instante y, en agradecimiento a Dios, me entregué más a la iglesia, a otra iglesia: la cristiana.

Cambié por completo mi forma de ser. En casa sólo se escuchaban alabanzas cristianas día y noche, y aun cuando salíamos de casa dejábamos encendida la radio con música de adoración a Dios para espantar demonios y potestades. Mis amigas decían todo el tiempo que la música salsa y rock eran diabólicas y que por revelaciones a un grupo de muchachos colombianos, siete en total, se sabía que eran muchos los exponentes de esos géneros musicales los que estaban quemándose eternamente en las pailas del infierno. Todo eso me producía profundo temor.

Las tales amigas eran los mejores ejemplos a seguir. Una casada, con dos hijas y un esposo no creyente que siempre aparecía en las oraciones de la mujer como una especie de encanto de magia blanca para convertirlo al cristianismo. Otra de las amigas era soltera, ya casi le pitaba el tren. Esta era lo más parecido a una guerrera de oración y en cada expresión que lanzaba al aire estaba presente el nombre de Dios o de Jesucristo. Yo las emulaba y él quizás se burlaba de mí por el cambio radical que estaba teniendo en mi vida.

Pasados algunos meses a él se le ocurrió la idea de mudarnos para los Estados Unidos. Me opuse. Le dije no. No imaginaba la existencia alejada de la iglesia y de mis amigas. Me convenció después de decirme muchas veces, algunas arrodillado con Biblia en mano, que ese cambio de vida era por un llamado celestial. En otras palabras, que Dios se lo había dicho en una revelación.

El teléfono suena otra vez. Es nuevamente él para recordarme que nuestra hija mayor desea que lleve las fotos familiares. Me tiemblan las piernas como gelatina. Pongo las fotos sobre la cama. Hay muchos recuerdos de mis primeros días en un país extraño, siempre al lado de él. El nacimiento de mi segunda hija, eventos en otra iglesia cristiana. Después, muchos momentos sola con mis hijas que crecían y entendían que su padre ya no estaría más a nuestro lado.

Todo comenzó cuando él propuso que consiguiera trabajo, tal vez como víctima de su propio invento. Un músico salsero de moda me contrató para encargarme del manejo integral de su empresa con un sueldo de tres pesos. Trabajaba día y noche, sábados y domingos. Casi enseguida empezaron los viajes; conocí medio mundo. Era representante artística, mánager, contadora, secretaria y mensajera, entre otras tantas funciones. La primera vez fue terrible: once días por fuera de casa. Lloré. Qué estúpida; era muy joven.

La discordia entró a mi matrimonio de diez años. No soportaba verlo contradiciendo lo que disponía mi jefe para la vida de ambos. ¿Cómo podía poner en entredicho las cosas que nos convendrían a los dos, o quizás a los tres? Empecé a perderle el respeto. Me importaba un bledo que estuviera de acuerdo con algo que yo quisiera para complacer a aquel jefe que, sin darme cuenta, me absorbía todas las fuerzas y colocaba una pesada ancla a mi relación matrimonial.

Seguía creyendo en el mismo Dios que mi abuelita me inculcó, pero las enseñanzas adquiridas a través de las amigas de mi país natal se fueron extinguiendo. Qué mujeres tan pendejas. ¿A quién se le puede ocurrir que bailar salsa o escuchar esa clase de música es un delito divino? Por eso el mundo está como está, con mujeres que siguen subyugadas y hombres que hacen lo que les viene en gana en contra de ellas.

Un día cualquiera lo mandé a la mierda. A él y a todos esos preceptos supuestamente de un Dios que me mantenía oprimida. Le aposté a la libertad. ¿Un esposo? ¿Para qué un esposo? Tenía un trabajo, ingresos económicos, podía viajar, correr, volar. ¡Volar! Siempre soñé con hacerlo. Ese hombre y las ordenanzas que se le atribuyen a Dios me estaban dejando sin plumas en las alas de mis sueños y mis anhelos.

Otra vez suena el bendito teléfono. Mi hija mayor me reitera lo dicho por su padre, a quien adora con devoción sacramental. Las manos se me congelan; un calor crece en mi bajo vientre. Las fotos, quieren ver las fotos. Conservo unas pocas del causante de mi tercer embarazo. Esas no las llevaré pues son parte de un recuerdo muy íntimo y ligado al efímero paso por el mundo de la música. Sus cabellos son ondulados, la cara fileña; luce sonriente. Malnacido que con sus encantos embarazó a otras nueve mujeres. Me dan ganas de romper la foto, pero no lo haré hoy. Algún día se quemará por sí sola en el infierno de los tiempos.

Llegó en el peor momento de mi vida. Me sentía sola y menospreciada por el padre de mis dos hijas, quien nunca entendió que los Estados Unidos te hacen libre. Mi nuevo amor era distinto: un ser libre en consonancia métrica con la libertad que yo anhelaba. Nos dimos la gran vida, me juró amor eterno; rosas, claveles. Cuando quedé embarazada desapareció. No lo volví a ver por mucho tiempo. Sólo se enteró del aborto inducido por prescripción médica cuando una de las bailarinas de la orquesta se lo dijo en una noche de parranda.

Más tarde entendí que la libertad es otro invento del ser humano para mantenernos alegres mientras el día de la muerte comienza a fraguarse; pero también que la libertad es sinónimo de soledad. Sola en el mundo quedé. Mi primer amor ahora vive en una casa con vista al mar y no deja de escribir tonterías para periódicos, revistas y sitios de la Web. Y novelas que yo llamo cómics, despectivamente. Mis dos hijas crecieron sin padre ni ley y hoy aman la libertad con un amor que raya en el libertinaje.

Los muchachos siguen gritando en la cancha de baloncesto. Abajo suena el pito del carro de mi hija menor. Es tan desesperada como su padre y no dejará de producir ese ruido infernal hasta que me asome por la puerta de casa. Ahora rumbo a la reunión de todos los años en casa de su hermana, el cuerpo y las manos me tiemblan. Me habla de la necesidad de cambiar de apartamento. Quiere otro donde pueda realizar fiestas con un mayor número de invitados. Pienso en lo que viene, tendré que verlo como todos los años. Debo mostrar mi mejor cara. Frío. Calor. Los temblores se acrecientan, mi corazón está a punto de estallar.

—Madre, ¿y no te gustaría volver a vivir con mi padre nuevamente?

Después de pensarlo un par de veces, le respondo con la mirada envuelta en estrellitas y oscuridad.

—Hoy sería el día perfecto...