Artículos y reportajes
Los sapos de Esther

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Esther Tusquets

Acabaré siendo una vieja dama indigna,
haré lo que quiera y diré todo lo que pienso.

Esther Tusquets

Mientras el polifacético Oscar Tusquets se explayaba sobre diseño y nos decía que por culpa del tamaño de letra de unos frasquitos de hotel los que tienen la vista cansada, a no ser que se metan con gafas en la ducha, se lavan la cabeza con gel y el cuerpo con champú, su singular hermana Esther se dedicaba a una literatura autobiográfica que daba impresión de gran autenticidad. Eran memorias en las que estaba ausente esa desmandada egolatría que encontramos en el galardonado Luis Goytisolo (tolerable en quien ha sido capaz de escribir Antagonía). En ellas hablaba claro, de manera nada sensiblera, y amenazaba con decir mucho más si alguien se ponía tonto y protestaba. Porque, aunque podía no parecerlo, le importaba la opinión de los demás y no quería pasarse de la raya. Pero guardaba detalles en la recámara...

Esta española con aspecto de maestra que suspende, ex falangista, adicta al naipe, enamoradiza (enseguida descubre que sus parejas no son tan fascinantes como suponía y pasa página), seguía necesitando explicarse y tras Habíamos ganado la guerra (libro sobre gente ya fallecida) publicó Confesiones de una vieja dama indigna (en la que aparecen muchos seres vivos y, por lo tanto, con peligro), donde nos hacía revivir matrimonios “abiertos” al estilo Sartre-Beauvoir o Moravia-Morante, el caos erótico sentimental propio de los sesenta en la izquierda facción caviar (la de verdad era puritana). Una moda estresante asumida por algunos con entereza aunque solía desembocar en depresiones de caballo que requerían los cariñosos cuidados de finos psicoanalistas y psiquiatras, como el recordado Mariano de la Cruz.

Imparte una clase magistral en naturalidad al hablar del arroz hervido que en Cataluña cura todos los males, de los personajes estrambóticos que generan las dictaduras como Ramón Eugenio de Goicoechea (“un vasco ampuloso y esperpéntico”), la carrera de Filosofía y Letras que en aquella época era asunto de mujeres, la inseguridad que le produjo el desamor materno. Su madre, por supuesto, era elegante, como casi todas las madres de los memorialistas. Al parecer los que tuvieron madres desastradas no escriben confesiones... Sorprende sin embargo que su familia, gente de buen gusto, tuvieran un retrato del antiestético Franco en el recibidor de su casa, en vez de un cuadro de Casas o un paisaje de Eliseo Meifrén...

Perdió la virginidad a los veinticuatro con el fotógrafo Oriol Maspons, erotómano. Se casó con un señor llamado Jordi por la iglesia. Resulta rocambolesco lo que hubo que hacer para conseguir la anulación matrimonial (típico de entonces) o para inscribir en el registro a los hijos habidos con su pareja posterior (que sentía muchos celos a pesar de estar prohibidos entre la gente à la page) con los apellidos correspondientes. El amor libre provocaba grandes peloteras. Su relación con el editor José Batlló y el poeta Gimferrer demuestra que para ella lo que de verdad importaba era la belleza interior... Nos cuenta que Beatriz de Moura tuvo que hacer de go-go girl en podio de discoteca antes de dedicarse a los textos. Terenci Moix, durante sus últimas semanas en la clínica de su final, no se perdía capítulo de una deleznable telenovela venezolana...

Suele dar una de cal y otra de arena. Pero ¿no conocemos todos a muchas personas que merecen en justicia ese tratamiento? Canallas simpáticos, idiotas con encanto, envidiosos que tienen su punto, exangües paranoicos que no redactan nada mal...

Escribió con una amiga un libro que, tras descubrir el poder omnímodo del clan Maragall en Cataluña, su cualidad de “intocable”, tuvo que publicar censurado. La ex editora y ahora escritora Rosa Regás es descrita como pirata, alguien que considera que para publicar un libro son innecesarios los derechos. No es la única que ama poco a Rosa. El novelista canario Armas Marcelo la califica de impostora, “galletona (sic) mitificada por la estupidez”, “vampiresa (sic) insaciable que se alimentaba del prestigio de sus amoríos públicos”. (Ésta, como es lógico, discrepa y ya ha anunciado represalia autobiográfica). Doña Esther encontraba en cambio a Miguel Delibes encantador y bueno: algo muy fácil de creer. Aprecia a una despistada Ana María Matute, premio Cervantes, y a otra Ana María, la Moix, promesa truncada. Recuerda “Distribuciones de Enlace”, a una inefable duquesa roja, los pingos de la tienda “Saltar y Parar”, y que un día fue conminada a negar el saludo al profesor lúcido e irreverente con las celebridades locales Joan Ferraté... Nos informa de que llevar adelante una editorial como Lumen no fue fácil por más ayuda paterna que tuviera. Contrató como canguro de sus hijos a una tupamara uruguaya, novia de Cristina Peri Rossi. Realizó una maravillosa entrevista a Susan Sontag para descubrir al final que la grabadora no estaba en funcionamiento... Las ventas de Mafalda y El nombre de la rosa hicieron que descendiera la gloria sobre ella. Critica a la arbitraria agente literaria Carmen Balcells (Luis Goytisolo rompió con ella porque se comportaba “como una madre posesiva”). Dice poco del orgulloso Herralde y Anagrama, la editorial a la que se va en busca de prestigio y se abandona (Marías, Vila-Matas) en busca del dinero de verdad.

Sólo soportaba el sol si era pálido, de invierno; detestaba a los maltratadores de animales. Creía que “todos nos inventamos nuestro pasado y raramente coinciden”. Nunca sería socia del club de fútbol Espanyol. Ya con Parkinson, prefería no llegar a centenaria como Francisco Ayala, pero sí vivir los años suficientes para publicar un par de libros más. En algunas fotos últimas fruncía la nariz y parecía más bien avinagrada... Falleció a los setenta y cinco.