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Del poemario inédito Cruza el umbral cuando me vaya

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Había una vez un portal

Marchito luce el portal que alguna vez
invitó al bosque más bello. No lleva más
a solaz alguno, sino a una gran ciénaga.

La tiña y los insectos carcomen, roen.
Me aparto para que los más pequeños
no me confundan con ese cuerpo inerte.

En mis recuerdos, el portal se abre siempre
sin estar aquí entero. No hacía falta tocarlo
para hacer rechinar sus goznes de bronce.

¿Llave? No hacían falta palabras secretas
ni rituales elaborados. Como la naturaleza,
se movía mientras hubiera almas que llevar.

Siempre fue extraño, empero, que las aves
no hicieran acto de presencia del otro lado.
En aquel mundo, ¡el aire debía ser tan delgado!

El viento nunca dejaba de sonar, las hojas
de los árboles nunca se secaban, la tierra fértil
se extendía por cada senda que avistábamos.

Sólo queda hacerme a la idea de que el umbral
ha perdido forma y función, su razón de existir.
El adiós suena a cada paso mientras me alejo.

 

La sequía errante

Cantos de insecto sustituyen la lluvia ausente.
El zumbido, lo más desagradable del verano.
La promesa sigue allí donde el agua volverá,
donde mutilará la tierra con saña renovada.

¡Horror! ¿Quién recibirá luego a la sequía?
Desalojada por orden del cielo, la refugiada
rondará los pasillos de los valles, los salones
de las praderas, los jardines de los bosques.

Nada más podría controlar los ríos desbordados:
verdugos de llanuras, devastadores de montes.
Ni los lagos rebeldes: cosechadores de plagas,
tentación para los vivos, morada de los muertos.

En cuanto se aproxime, abrámosle los brazos
para que nos quite este exceso de humedad,
que somos polvo desde un comienzo, nubes
movidas por hilos sinuosos y disolventes.

La penuria distrae lo suficiente a los peregrinos
y así olvidan que su ansia, desde el comienzo,
es artificial. Sus cuerpos llamarán desde dentro
para aliviarse, aun inmersos en un espejismo.

La necedad de la naturaleza es apaciguada
por la verdad revelada bajo el sol. Superficie
limpia, brillante, el tesoro de los huesos revelado,
no más mentiras; terminó la era de los disfraces.

 

Ángel encadenado

Hemos sido reducidos a entidades fieles
al papel más básico, el rol de los esclavos.
Yo, vencido por un instinto de escultor
que me hizo darte cuerpo, algo que sentir;
tú, una marioneta digna de mis peticiones,
con cualidades ajenas a estos espacios vacíos.

Obedecerme: idea extraña por las alturas
donde volaban los serafines. Estarías allí
para ocupar el lugar que tantos de esa especie
habían rechazado: protegerme de todo mal
a cualquier hora y en cualquier paraje,
nómada de mundos con un ángel propio.

Pero no miras con curiosidad, ese empeño
por conocer a la otredad que te concibió
en medio del paraje que llamaba hogar
y que, a falta de mejor compañía, debió
moldearte entera para compartir las penas
de este ser, que años atrás lo perdió todo.

Sé que tu cabeza no se alza, aunque logras
acompañarme con precisión a donde vaya.
Eres la figura que brilla cuando te distingo
como un punto desde kilómetros abajo.
Nuestro vínculo es ligero como el aire,
cada eslabón tan fuerte como mi voluntad.

Flotas tan alto que no pueden distinguirse
las marcas en tu cuello. De todas maneras,
con tu cabello largo se ocultan las lesiones
de la cadena invisible. Domesticación:
cuando amo y sirviente comprenden lo inútil
de revelar las secuelas de la costumbre.

 

Frase sacramental para los nuevos tiempos

Bendice, bendice, bendice tres veces más.
Protege de todo mal, de lo no visto,
hoy más que nunca, cuando se acerca...

Porque cruzaba la calle sin ver a ambos lados,
les abría la puerta de mi casa a los extraños,
ignoraba el golpe del cuchillo por la espalda;
los tratos injustos, las malas compañías:
influencias negativas que horadaban mi virtud.
Procrastinación constante, pesada pereza;
y el hambre que me volvía un ser recalcitrante,
cegado y provisto no más que por bocas,
bocas, más bocas, para probar, probar.

Protege, protege, protege tres veces más.
Aleja todo el mal, lo dañino,
a esta hora, cuando se acerca...

Porque dejaba los pasillos a oscuras al dormir,
la ventana abierta, la escalera bien ajustada,
invitaba así a las bestias a comer inocentes,
dejaban atrás su aroma a almizcle y disfrutaba.
Las bocas no dejaban de parlotear, gruñían
hasta que viera el espectáculo que cada noche
se formaba en la sala de mi humilde morada.
Luego esperaba el susto desde los estantes
las cornisas, el techo; ¡todos los rincones!

Aleja, aleja, aleja tres veces más.
Elimina todo el mal, lo destructivo,
justo en este segundo, justo aquí.

(Repita hasta la saciedad.)

 

La vida o el arte de vivir

No dejo de pensar en los seres vivos
como en los trazos de una única pintura,
variadas muestras de una enorme galería,
cientos de volantes que arrastra el viento.

Cada uno me toca y yo toco a cada uno
al unísono, como las hojas de un libro,
me brindan su textura y ellas, a cambio,
reciben el relieve que me recubre.

Cada historia aterriza delicadamente
sobre las ramas de mi consciencia.
Se necesita voluntad para recordar
dónde se han posado cada vez.

Las palmas de las manos se despliegan,
me brindan sus consejos y su historia,
los cientos de relatos grabados en roca,
el lenguaje secreto de mis ancestros.

El arte de vivir es leer y ser leído.

 

Una visita inoportuna del Hambre

Una silueta horrenda
corre detrás de mi cabaña.
Deja vapores y tremor en los cristales.
Es torpe, como la pereza, a la entrada,
aunque subió al techo soberbia
y se trepó ágil, con saña.

La esperaba hace mucho
con botella de tinto dispuesta.
Pero ya el corcho hubo rodado por el suelo.
La ira se manifiesta, su paciencia se disipa.
El pomo de la puerta, cerrada,
se agita bruscamente.

Debería dejarla entrar,
recibirla con los brazos abiertos,
tan sólo para ver en su simulacro de rostro
la impresión de tener a su presa tan cerca,
en un encierro que invita a engullir
de los pies a la cabeza.

 

Cómo descubrir los hilos que nos sujetan

Debemos saber apartarnos,
separarnos pronto de la grey,
escoger la senda alejada
de los poderes del más allá.
Los que ocultan su intención
con rituales que les aquietan
sus ganas de enloquecernos
despedazando, confundiendo.

Mutándose a su antojo
para disfrutar del caminar,
del correr osados, del ganar.
Sin cuerpo, caerán silentes.
Por sus manos se reconocen:
suaves por los lienzos de nube.
Pero sus pies lucen tostados
por astros que penden debajo.

Los de aquí somos maestros
suplicantes, casi sin manos
de tanto rezar, las espaldas
ardientes por el halo fiero.
Mientras, se deleitan los dioses
manteniendo la incógnita
de si vamos en la deriva
de pie, de cabeza, de lado.

Quienes ven el azar torcerse
y quienes lo esperan lento,
noche tras noche, anhelantes
se mueven como marionetas
con premeditación patente:
hilo de éter, apetito...
plegaria, golpe de espadas...
elogio, descanso eterno.

 

La caverna gris ceniza de la memoria

Qué difícil me resulta
elegir qué salida tomar
luego de cerrar la puerta
de mi habitación.
Entre la cama y el escritorio,
entre el sueño en la almohada
y el trazo sobre el papel,
deseo la ubicuidad.

No hay diferencia en el comienzo,
pues mente, materia y remembranza
lucen blancos como la cal,
secos como mi piel, uniformes.
El misterio de su silencio
llama al aventurero a descubrir...
no, sólo he venido a saber
cuán profundo es el fondo.

En la entrada me reciben, quietos
como las estatuas grotescas que son.
Sin extremidades discernibles,
carecen de matices y de rostros.
Tan enjutos como yo, aunque blandos
y de consistencia salina,
como deben quedar los humores
de lagrimales olvidados.

El laberinto opone resistencia,
apenas hay espacio para un cuerpo;
pero si los recuerdos han escapado,
serpentearé entonces como éter.

Caigo en una recámara cristalina
y me yergo con resignación
ante el movimiento de la memoria
sobre las paredes, el techo, el suelo.

Todo se estremece,
se resquebraja, se retuerce.
Reflejos de plata deslumbran,
la evocación se manifiesta.

La gente que saluda al pasar
deja una estela en el aire,
tierra apisonada, ceniza
que se amontona en mis fuelles.

El lamento viaja tan rápido
como ellos corren hacia atrás.
¿Podré enviar afuera el dolor,
la amargura y la helada?

Sólo las palabras han quedado
manchando mis manos de tinta,
sangre figurada que reanuda
los latidos del corazón.

Secretamente ansío escapar
de la visión aún con los dedos plomizos,
con rastros de aquellas vidas
transmutadas en carbón.

El ritmo lento de mis adentros
recalca la verdad que me define:
a donde fluyere la corriente,
renaceremos con el tiempo.

 

Insurrecto

Obligado desde mi cuna
a seguir el flujo cual canción,
arrobado a un trayecto
interminable, irregular.

Surca en grafos alargados
dentro de mí la escritura.
Me acompaña la historia,
legado fiel e inconsciente.

Palabra ancestral y cierta,
edicto grave que condena.
En la senda que se bifurca
decretan nuestra separación.

Digo al último momento
qué camino habré de tomar
No los dejaré guiar mis pasos,
con todas mis fuerzas: más nunca.