El umbral
Adentrada la noche, y encontrándome ya en la cama, mi cabeza ha desarrollado el mal hábito de patrullar las fronteras de su dominio en la búsqueda de entretenimiento. Es en estos momentos que, con tal de distraerse, abre las compuertas para dejarse poseer por lo desconocido. Sacando provecho de mi pérdida de control sobre mi cuerpo, ésta empuña lo que queda de mis ojos, con tal de trazar garabatos durante el corto lapso de tiempo que le rinde la vigilia que antecede a todo sueño. No es raro que, en esos momentos, mis dedos se revuelquen en su tumba, tirando zancadas ocasionalmente, incapaces de responder a las señales de socorro que mis párpados les envían solicitando respaldo. Para añadir insulto a la injuria, la poseída me arrincona precisamente en la esquina que comparten la conciencia y la memoria, a fuerza de golpes pero sin quitarme el conocimiento. Teniéndome ahí, indefenso e impotente, empieza a vandalizar lo que sea que esté al alcance de mi vista: trátese del techo, o del interior de mis párpados. Lo hace con el candente exceso de luz que atacuñé en mis retinas a lo largo del día. Para pegarme un vellón, la mayoría de las veces se caga en todas las imágenes y experiencias que la memoria suele recolectar con esmero durante el día, echando por la borda material apto para la construcción de sueños.
Una vez culminada esta matanza, procede a invitar seres de su propia invención, propios de una pesadilla, y derivados de algún recoveco de mi cabeza que me he propuesto fulminar el día en que dé con su paradero. Para agravar la ofensa, droga a mis manos (y digo “manos” no porque sea ambidextro, sino porque la izquierda a veces me ayuda a borrar, etc.), secuestrando su “destreza” sólo para soslayarla, obligándola a asistir en el parto de la asimetría y la deformidad. Tras narcotizar a mis pocas virtudes, procede a profanar sus cuerpos, con la ayuda de varios demonios a los cuales cedí espacio durante el día. Habiendo ejecutado al resto de mi cuerpo con una sobredosis de somníferos, hace de mis párpados martillos, pegándome en los ojos hasta sacarles las estrellas. Descarrilándolos del camino que conduce al sueño, los demonios me cabalgan hasta el abismo de mi techo, exponiéndome a los patrones de pintura más siniestros. Drochazos y manchas que, con mi pavor, traigo a la vida, dotándolos con caras. De las grietas y filtraciones hacen garras que emplearán en mi tortura. Pero entonces, llega el agotamiento. Una perezosa cortina de niebla que pulveriza mi agonía, para sumirme en una coma con la cual le abriré paso a un terror más cotidiano: la pesadilla.
Vidalia
Despierto en la oscuridad, ignorando si se trata del final o de un comienzo. El estómago me devuelve a la vida para que le exija al día 27 su último aliento. Mientras la oscuridad me cobija, da la media noche y presencio un nacimiento. Pero el 28 me impide participar de su sueño, condenándome al insomnio por devorar a su ancestro. En la búsqueda de sobras, me asomo a mi vieja computadora, desenterrando huesos, monumentos. La pantalla descongela suficientes datos y fechas como para generar luz propia, superando al Julio prematuro con fantasmas y reflejos. De entre todos se destacó el vigésimo octavo, de la estirpe de Febrero, quien por su particular brillo, me hizo leer un texto:
A Vidalia nadie la vio nacer. Se le asignó una fecha de expiración sin pensar en la de nacimiento. Pero, ignorando su final, despertó en la oscuridad un comienzo. La fecha de caducidad dada por supermercados Econo se anuló, por tratarse de falso testimonio. Vidalia crecía mientras sus hermanas morían en manos cubiertas de llanto. Se les prometió tierra y a la tierra volvieron, mientras Vidalia echaba raíces y se aferraba a lo adverso. El frío y el aire le sirvieron de suelo, la envoltura y el foam, de tiesto. Se bañó de verde porque la arropaba el negro. Para evadir al ojo que la sumió en el luto, conservó el velo. Por 4 meses creció en un paisaje digerible, entre la espinaca marchita y el queso griego.
El 28 de febrero recibí una llamada de mi abuela solicitando el rescate de Vidalia. La enjuagamos con luz para devorarla de un vistazo y en éxtasis, apodarla Milagro. La archivamos tras nuestros ojos y construí un monumento en su honor que titulé Milagro. Muerto el día, nos olvidamos de ella. En un parcho iluminado de tierra murió, sumida en la oscuridad pero sin la compañía de ésta.
Ahora demuelo el monumento con el cual coarté su crecimiento congelándola en el tiempo. Deshago hoy el milagro, esparzo sus pedazos por la tierra de este texto, contando con que del mismo brote vida.