Letras
Cruces

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México se extiende entre los paralelos 14º32’27” en la desembocadura del río Suchiate y el paralelo 32º43’06” que pasa por la confluencia del río Gila con el Colorado; así mismo está comprendido entre las longitudes oeste de Greenwich de 118º22’00” y 86º42’36”, respectivamente.

Referencias geográficas y extensión territorial de México

—¿A dónde va?

—A Barranca del Cobre… ¿Tendrá un té de manzanilla?

—Sí, nada más espéreme unos 15 minutos para que la leña esté bien prendida pa’calentarle el agua.

—¡Pero qué frío se ha venido tan de pronto!

—Es normal pa’estas fechas. Se va arreciando el frío. Nada más es cosa de ponerse más enaguas.

—¿Cuánto le debo por el té?

 

Desde 1961, el Chepe (como se le conoce comúnmente a este tren tan singular) se interna entre los majestuosos paisajes de la Sierra Tarahumara.

(Chepe: Ferrocarril Barrancas del Cobre)

He decidido visitar Barranca del Cobre. Me bajo en Divisadero y hago bosquejos del paisaje, de los tarahumaras. Me quedo cerca de ellos, veo su forma de caminar, hablar y vender las artesanías a todos los que salimos del tren. Los observo desde una de las bancas de la plaza, saco mi lápiz y hojas en blanco para comenzar. Tomo nota de cada uno de los colores, de los olores, de los sabores del lugar, pero sobre todo de los rostros. Las facciones indígenas en mis bosquejos se van pareciendo a las estructuras firmes de la roca de esta zona, la piel tarahumara posee el tono marrón que he visto aparecer por todos estos lugares. Sus rasgos se caracterizan por pómulos definidos que enmarcan sus caras, sus cabellos son negrura profunda y sus miradas se enclavan en cualquier cosa que pase ante sus ojos, parecen examinar todo. Los niños poseen la piel tostada y agrietada por el frío mientras los viejos tienen su faz constituida por varias barrancas provocadas por los años. La fuerza de sus caras contrasta con el colorido de sus vestimentas, el rojo encendido, rosa mexicano, amarillo chillante, el verde palmera y el azul característico del lapislázuli aligeran sus semblantes.

 

El potente pitido de la bestia, profundo, prolongado, vuelve a alertar a los viajeros que, como hicieron hace ocho horas, se sacuden el cansancio, se encajan sus mochilas y bajan por las escalerillas de la máquina antes de que se detenga.

Óscar Martínez, La bestia de los migrantes

—Facundo… Este espacio está rechiquito.

—No hables, Rosa.

—El aire entra muy fuerte, parece que nos quiere tirar. ¿Después de llegar a Córdoba comenzaremos el trayecto en camión? ¿Por qué no tomamos el camión desde Chiapas? ¿Y si nos confunden con uno de éstos que no son mexicanos?

—En Orizaba vamos a la central, Rosa… Ahí agarramos el camión para el otro lado.

 

Entre más rápido quede atrás México, mejor.

Amalia Morales, “Estación de migrantes”

—¿A dónde va?

—A Topolobampo.

Sigo mi viaje hacia el mar. Las vías del tren continúan entre sierras que al irlas cruzando hacen que vaya sintiendo el mar. El olor a Pacífico va llegando lentamente.

***

—Facundo, ¿podríamos quedarnos a ver un poquito el mar?

—Tenemos que seguir camino…

—¿Y sí es la última vez que veo el mar?

***

La brisa me pega en la cara. Me siento frente al océano a disfrutar el olor a sal. El mar contrasta con mis últimos días en Barranca del Cobre. La playa está vacía, no hay nadie que me interrumpa, así que saco mis bosquejos para hacer el último de este viaje. Cierro los ojos para tocar cada sensación, qué difícil será dibujar la tranquilidad. Este estado no me viene más que cuando estoy en el mar y arrastro desde mi memoria las caminatas de mi niñez en lugares como este, frente a lo que imaginaba era la inmensidad. En mis oídos tengo el sonido de las olas rompiéndose. Al abrir mis ojos no estoy sola. Un hombre y una mujer se han instalado a unos metros de mí. Llevan cada uno en sus espaldas una pequeña mochila.

***

—Vámonos, Rosa… Tenemos que continuar. Nos falta poco para cruzar.

—Vámonos… Ya tengo la tranquilidad del mar en mis oídos.