Letras
Tres poemas

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Todo depende

de cómo amanezca el día
de la lluvia que cae
los que se van al exilio
de las cartas
mi sexo
la imagen que el espejo nunca devuelve.

Todo depende
de un hombre solo
sentado en el teatro Verdum
con su hijo muerto en Angola
su cama vacía.

Todo depende
de mi sonrisa apagada
del sol que nunca tomo
mi poesía de mierda
de mis ganas
por tener un pulóver I love New York.

Todo depende
de las flores amarillas
que crecen en el cementerio
de los barcos que no llegan a puerto
de cuánto estoy dispuesto a soportar
sin poderme amamantar de mi vecina triste
que está seca
y tiene un agujero en el costado izquierdo del pecho
que no puede llenar.

Eso no depende de ella
como tampoco depende de mi amigo Manolo
seguir con vida
ahora que le diagnosticaron leucemia.

 

Mensaje de amor con problemas de insomnio (él desde acá)

Bebé
los gritos de la noche me desvelan
a veces se calman pero sólo a veces.
Se cuelan dentro
y me acuchillan con fuerza
odio.
Y tengo que aguantar calladito
que protestar no me sirve de mucho.
Tu ausencia se acumula
en el lado ausente de la cama
donde me sumerjo sin más remedio
que el de respirar profundo
y creer que los gritos
son un sueño que acaba pronto.
Puedo estar así por un rato
tal vez pararme en la ventana
y ver a la estríper del bar El Contento
dar su espectáculo con una botella que la penetra.
Ella se menea al compás de esa música
suavecito
y lo disfruta
como tú también lo hacías.

Bebé
mientras espero tu carta
en la radio se escucha que hay que resistir
pero no sé bien.
Porque los gritos muerden mis oídos
hasta destrozarlos.

Ellos
son como el silencio en las barras cuando van abajo 3 a 0
o las sirenas en La Habana del 62
o como el canto fúnebre de esas ballenas
atascadas en la orilla del malecón
a merced del suicidio.

 

Cerca de los muelles

Es cerca de los muelles
donde las putas huelen a sal
y están todos los muertos
todos los que alguna vez miraron con terror a este país
que ahora se traga un invierno ficticio.

Es cerca de los muelles
donde las luces de los bares están marchitas
y se pudren en la oscuridad del callejón
la misma oscuridad que ahora protege al asesino
que no es otro que el hombre sin rostro.
El muy pendejo aguarda con quietud
a que se aparezca el niño más inocente de La Habana
para borrarle la sonrisa
los ojos
el cuerpo
y echarlo al agua.
Se preguntarán por qué ocurren estas cosas
y yo les responderé.
La gente ve demasiadas películas.