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Bife de búfalo

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Llegó a la isla meridional en el último tren. Era de madrugada, por las calles soplaba una brisa cálida entrecortada por una fría corriente de aire. Abrazó su cuerpo con el suéter como si con ello pudiera evitar que aquellos vientos se la llevaran. En el hotel, que parecía un convento, se registró con el primer nombre que le vino a la mente: mi nombre. Una vez en el cuarto guardó la hoja de sauce que el viento había atraído hacia ella entre las páginas del libro que leía. Se quitó la ropa y la dobló con cuidado sobre el armario.

El agua corría mientras esperaba sentada sobre el borde de la tina. Al deslizar sus piernas largas, la bañera enverdeció como un pantano. Sumergió el cuerpo y la cabeza para perderse en la tibieza del silencio. Bajo el agua escuchó la gotera que escurría de la llave, con menor claridad alcanzó a oír un zumbido grave, parecía originarse en las profundidades del drenaje. Sacó la cabeza de la tina y comprobó que el sonido cesaba en la superficie. Adentro, el coro de barítonos submarinos reiniciaba; sentía miedo y atracción, quería ir ahí, adonde se originaba la voz. Salió de nuevo e inhaló todo el aire que pudo, esta vez se sumergió durante mucho tiempo. Necesitaba poseer la voz, mi voz, para descubrir aquello que aún no se atrevía a escribir.

Logré salir de la tina antes de que se ahogara y respiré con dificultad por su boca. Miré los largos dedos de Clarisa, sus pies huesudos y planos; toqué con curiosidad su vientre pálido y alargado, sus diminutos pechos, el origen del mundo. Delineé las cejas pobladas y el tabique de la nariz; tiré de sus orejas de duende, parecía gustarle. Sonreí al notar que comenzaba a respirar a mi propio ritmo.

Dormí dos días seguidos; al despertar sentí un hambre milenaria. Bajé al restaurante del hotel a desayunar; los sabores de la comida tenían una intensidad que desconocía. A ratos comía con lentitud y después con ferocidad como aquellos vientos que soplaban a la orilla de la isla. Su lengua —incontrolable ya— recorría una y otra vez mis labios para registrar los venenos que habría de utilizar después.

Al pasear reconocí las calles impregnadas de olor de otros tiempos. En el mercado de pulgas los gitanos vendían antigüedades, discos de vinil, ropa usada, sombreros, mascadas, pócimas, esencias corporales, bisutería y todo tipo de amuletos. Me puse a curiosear, le gustó un juego de collar y aretes de granate, también un vestido de tirantes color esmeralda. Compré ambos y me cambié en una de las carpas. Tiré sus viejos mocasines y calcé zapatos rojos con tacón de aguja. El aroma de carnero se mezclaba con el incienso quemado, un grupo de hare krishnas bailaba al ritmo de un canto hipnótico.

Me quedé en la plaza principal a contemplar el atardecer; percibí que le gustaba la noche, la hacía sentirse distinta. Al caer el sol, algunos de los locales se transformaron en bares. Atravesé los arcos en forma de herradura para entrar a la vieja edificación y descendí por las fauces ruinosas. Entre el ruido de las conversaciones se entretejía una suave música electrónica, bajo la iluminación artificial la concurrencia cobraba un aspecto de anémona de acuario. Esquivé las sillas con respaldos altos para sentarme a la barra. Al poco rato el mesero trajo el menú de especies en extinción: cocodrilo, iguana, serpiente, venado. Quizá fue el hambre de Clarisa lo que me llevó a ordenar un bife de búfalo con vino tinto para acompañar. Al cortar la carne, el jugo rojo comenzó a correr. Comimos todo sin piedad y aun así no se sació. Antes de irnos sin pagar, le sonreímos al hombre que nos observaba desde hace rato, seguras de que nos seguiría hasta el hotel.

 

Al despertar, Clarisa palpó las comisuras de sus labios y notó que estaban manchadas de sangre. Después miró con desconcierto sus manos, ensangrentadas también. Yacía desnuda sobre la cama, su ropa seguía doblada sobre el armario, tal y como la había dejado hace un par de noches. La hoja del sauce aún marcaba el cuento que yo había escrito para ella, que tanta hambre tenía.