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Poemas

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Escaparate

En el escaparate exponen pedazos
de gritos y voces.
Voces que te llaman para que te acerques,
para que acaricies
sus pobres cuerpos laminados.
Qué pena,
ya los caminos no llevan a Roma,
son tránsitos
a ninguna parte.

 

En la Plaza

En la Plaza busco. Sé qué busco.
En la Plaza, cruz caída, transito.
Cráneo al cielo firme, camino,
aprieto los cuatro puntos cardinales.

Música y tiendes brazos en cruz.

Estruendo de rostros sin rostro, te acuestas.

En el punto central donde se apoyan los hombros
puedes partir al sur, al norte, al este y oeste,
mientras palpite esa vena
que cruza la garganta hacia
la neurona primera y te digo

que existen los encuentros en el límite,
con los dientes clavados en la tierra y una
mirada sedienta al firmamento,
gracias a la que pude comprarte
una botella de agua, pequeña, con gas.

 

Muchedumbre

Hay muchedumbre de temblores
en mis manos. Sirenas álalas,
les queda golpear sus cuerpos
contra los cascos de los barcos
por si el dolor arranca,
en los momentos últimos,
un quejido salvador,
las notas del ancestral canto

 

Doliente

Doliente está la mirada,
cicatriz que hirió tu mano
cerca de la misma aurícula derecha.

 

II

Llevo perdida la cuenta
de un amor liado con papel
de tabaco.

 

III

Consumido Amor en rúbricas
de humo:
“Aquel es el último
cigarrillo compartido”

 

IV

En el cenicero sólo queda
una colilla.

 

La planta de hojas brillantes

La planta de hojas brillantes
se desploma, temblorosa.

Los entendidos murmuran:
“Ya está agónica”.

La saco un rato al sol.
Junto a ella, atenta, por si habla,
me recuesto.

“No hay nada qué hacer”,
dicen ellos.

Y espero su último suspiro
que otoñe de ecos el salón
y aplaque el ruido de los coches.

 

Los abrazos

Los brazos abiertos a los abrazos
lentos, a las fragantes explosiones
de los besos en andanada sobre arenoso lecho.

Tenía los brazos abiertos antes,
mucho antes del estertor en la fe,
de los viajes rumbo a mares que resultaron pozos.

Tuve los brazos abiertos antes de la explosión
galáctica que dejó el cuerpo
aplastado sobre sí mismo.

Se despojan de sus ropas
los antiguos centinelas
del paraíso.

Grises por los besos furtivos
del tiempo,
caen ropajes
sobre los árboles,
sobre sus hojas.

Los frutos,
bajo los troncos

donde algunos niños
grabaron sus nombres,
tallaron sus sueños.