Pinceladas
Perfiles de esqueleto en la retaguardia
alzados de avanzada edad,
rivales de la paleta coloreada
de humor cíclico
que llora, sonríe, se lamenta.
Y si descansa plácida,
asidero de altura, su Madre,
enfática y encarnizada,
aculturados y hastiados, al amor
de sus profundas brasas, duraderas
en empeño, desapegados de la carne, estáticos,
ellos descansan plácidos.
Y cuando la bóveda gime y se descarga
su pena, mayor en rebeldía, se agita
despeinada de insensatez, olvidada
de las Eras, en la montaña de alambicados senderos,
la melena brama entre crujidos
de madera airada. La sonrisa
de lianas colgantes, en unión sinonímica, sobre fondo
marino de cota encumbrada,
suaviza sus rencores, y su Madre cruel
beneplácita, bendice el dibujo
de sus perfiles de vanguardia.
Consejo de sabias
Excelentísimas damas de porte indiferente
reunidas hoy para esclarecer composturas
para adivinaros los nuevos corsés,
esos hierros de antaño,
para saberos divinas.
Presidiendo la Miseria;
a su diestra la Injusticia, a su siniestra la Soberbia;
más allá la Envidia, más acá la Impaciencia.
En el centro Ella, sol de soles,
fémina de féminas,
aún enjuta y marchita, arrugada y chaparra,
soberana se aferra con laca negra a su era
y es aquí la mejor peinada
(moreno moño engominado),
la mejor vestida
(altas hebillas sobre estalactitas),
la peor disimulada
(zainas ojeras que quisiera glaucas).
Es el año de la Desesperanza
en el calendario escatológico.
En el consejo de sabias glorias,
soberbiosa y envidiada,
miserable, injusta e impaciente,
ella fluye sin orillas
ella silba sin átomos
ella asiente sin aquiescencia.
La Señora funde en su corpúsculo sin evidencias
vuestras mejores mugres,
creaciones infalibles inspiradas en la Historia.
Las vetustas reinas, esquilmadas en sus virtudes,
ceñudas se resignan a vivir reminiscentes
y esperan amargas el olor de los rugidos
que desprende el paso de las páginas de un diario.
Falsa agreste
Me labré a mí misma con mañas de veterana campesina
horticultora de sentimientos avezada
artesana de la tierra fértil.
El tempero del campo se reflejaba en mi alma cálida
cuando, con luna plena,
la ladera que ardió incesante durante años de rutinario empeño
se despeñó por mis cadenas de ganglios soliviantados.
Lo que cultivé verde vida, fertilizado con mis anhelos,
se descubrió negra ceniza al alba;
lo que escardé, creyendo mala hierba, fue mi candor de amanuense herida.
Y lo que había sembrado se enfermó,
se enfermó de topos subterráneos de cien ojos inútiles,
momentáneamente perenne en la garbosa superficie,
mas radicular polvorienta.
Me transformé en lobo hambriento hasta el crepúsculo
y husmeé en los restos de mi labranza
aullándole a la luna con ira cuando me saludó tímida,
sonriente y protectora, omnisciente elevada en el silencio.
Con mi saliva rabiosa aboné de realidad, sin conocerlo
(sólo ella sabía),
mis futuros terrenos, aún baldíos.
El misterio irresoluble de la semilla que germinará
persiste lúcido en mi alma falsa de agreste.
Si me quedo quieta y me torno gris
Si me quedo quieta y me torno gris
y mis errores, gigantes torpes,
calan las nubes a mi cabeza
como Cernuda abrigó su torso,
quizá pueda mimetizarme;
Si me resisto a sufrir el verde estado
y mis errores, perros rabiosos,
remontan el vuelo hacia sus
cumbres infernales
como Santa Teresa arrulló su éxtasis
quizá logre salvarme;
Si me transfiguro marcescente roble
de raíz ajada
y mis errores, rayos tronantes,
Iluminan de nuevo el sendero
como Guillén afirmó su inmensa bóveda
quizá consiga olvidar;
En el mar defraudado mimetizada
de la salada derrota salvada
y del abismo de la esencia olvidada
ahora me sé lejos, desencontrada
ausente de mí, porque en mí me hallo
y para mí soy
y porque soy barro, penumbra, sabor.