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Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 30, del 18 de agosto de 1997

Las letras de la Tierra de Letras


Herencias

Elina Wechsler

Last tango in Mexico

Cuando se cruza el Atlántico
suele suceder que, desafiando a la tranquila corriente del tiempo,
la luz no cese
y ayer sea hoy en la claridad del cielo
y en la india que mira con ojos descalzos
lo que fue el esplendor del Templo Mayor.
Es cierto. Tan cierto que el tiempo no avanza
como la persistencia intacta del dolor.
Ellos no están.
Se han extraviado como la grandeza del Templo Mayor.
Y el hombre que no recuerda,
en ese desvarío, en esa ausencia,
en esa mudez de la palabra,
vuelve a anudar el Holocausto del origen con la Pirámide del Sol.
Ellos se han extraviado en las sombras del Templo Mayor,
en la mujer que pinta calaveras,
Fridita que pinta la muerte y sus disfraces.
Hasta Trotsky acaba de ser nuevamente asesinado
bajo el volcán,
mientras cientos de mexicas le cantan susurrantes.
Lejos del frío de Castilla,
aquí en cactus y palmeras desborda el calor,
y el verde que te quiero verde del mejor hermano europeo agoniza,
negro que no te quiero negro,
ni olvido ni perdón.
Las raíces de este mundo silente proponen
manantiales de obsidiana, ojos enrojecidos, suspiros por la falta de aire,
ritos de muerte y de amor.
Porque es toda la memoria del mundo la que aplastaron cuando te mataron,
y hoy vuelves a ser nuevamente asesinada
mientras Trotsky lanza su último grito desgarrado
y el verde que te quiero verde vuelve a temblar
sobre la blanca estepa manchada.

Mientras todos los dolores del cuerpo,
y todos los olvidos del tiempo,
y todos los horrores del hambre,
arrancan, miserables, esta pobre palabra.


Diatriba contra el amor proustiano

Un sueño extraño.
Debo salvar a mi madre
que avanza sobre patines infantiles
hacia hombres armados.
Y tú que peleas contra mis imperativos kantianos.
Lo que no debe ser, no debe ser,
te respondo, sonámbula.
Y la salvo y me salvo.
Zozobra en la madrugada.
Luego de los dones de la embriaguez,
insomnio o sueños extraños.
Y yo que peleo contra tus imperativos kantianos.
Entonces, en medio de la noche y de la vida,
dirijo por primera vez
la diatriba contra el amor proustiano.
Si amar era saber,
dejaré de conocerme en extravío,
viviré entre margaritas amarillas,
olvidaré la magia que inventamos.
Si amar era celar,
te dejaré, ciega, buscar tus imposibles
en mil mujeres rotas y olvidadas.
Muere, doble, sosías,
que ya amanece, clarea,
se ilumina el verano.
Llámalo sueño. O pasado.
O el día después
de la diatriba contra el amor proustiano.


Mi historia y no la tuya

Cuando regresas en los sueños
no me ahorras nada de esos días.
El país de la nieve me acunó tras las lágrimas,
y transité mi historia y no la tuya
como enredadera desprendida del muro.
Pero cuando regresas en los sueños,
enredado a mi historia y no a la tuya,
abres la herida
y abres y abres la herida.


Menos que dos

Un hombre encarna el dolor del amor.
Otro hombre me protege del dolor del amor.
Y ahora, que sospecho del mismísimo amor,
soy, en mi división,
más que ambos y menos que dos.


Epitafio para un sueño

Y me dejas y me dejas
y me dejas.
En ello consiste mi sorpresa duradera.

Y ya no me sorprendo
si me dejas.
Y entonces te dejo.
Y el sueño no vuelve.
¿Y si el sueño no vuelve?


Reencarnaciones

Mi primera vida está escrita en tu rostro,
sabes tanto de ella que crees saber de mí.
La segunda se ha fragmentado en cientos de caras
que aún vuelven en sueños.
De la tercera aún no tengo marca.
Es ésta.


Diatriba contra el tiempo en un otoño caliente

Libros desordenados en estantes insuficientes
indican que falta tiempo, falta espacio
cuando los años se acumulan
como las hojas rojas de este otoño caliente.
Cronos descolocado cada vez que recuerdo
—sin saber ya si es verdad lo que recuerdo—
cuando veo tu cara perfilada en las sombras,
y antes es ahora, y mañana ayer
y ya no sé si alguna vez fui la de siempre.
Estos libros, estas hojas rojas de este extraño otoño caliente,
estas caras del pasado en pleno presente advierten
que hoy es mañana, que mañana ayer,
que nunca será siempre.
Y yo desordenada entre tanto libro, tanta hoja,
tanta historia, tanto camino transitado,
tanta rebelión a quedarme por una vez tranquila con mi suerte.


Borgeano

Hoy vi un trozo del pasado en tu mirada.
Fue una ráfaga, y luego
tus ojos volvieron al presente.
La primavera con su golpe de flores,
nosotros con más años dibujados en la cara
y una ligera tonadillera en francés que nos recuerda
que París está lejos, muy lejos,
que en la Placa de Vosges ya no crecen las metáforas.
Este presente no existe
para ese trozo de nosotros prendido en tu mirada
que vi hace un momento como ráfaga
en el centro de esta primavera imaginaria.


Herencias

Un bisabuelo meciéndose en su sillón de mimbre.
Una abuela partera y crías de gorrión.
Olores a guisos y a frasquitos de éter.
La línea paterna: una ruleta, el pleno al diecisiete.
Ruidos de aviones que planean y nos llevan.
Un magma entorpeciendo las imágenes.
La partida. El regreso. Las amigas. Los muertos.
Y el Mediterráneo de los últimos veinte años que nos refleja.
Las novelas de Kundera y de Simone. Las otras.
Los tempi lentos y rápidos de escenas superpuestas.
El antes y el después del 76 y el 90.
Un niño que era chico
y que creció sin permiso de los sueños.
Y sueños que transforman personajes secundarios
en los dueños del cuento.
El café, el primer cigarrillo matutino,
los hombres que dejaron su marca en la cabeza y el cuerpo.
Un diván al que volver en Otoño,
el tiempo que todo lo consume, la virtud del olvido, veladuras del
recuerdo.
De nuevo el delantal, las hermanas, la escuela,
la madre joven, la simiente, el moño en el pelo.
Los poemas de Eluard,
las obras incompletas de Freud y de Lacan,
los caramelos sugus y el rumor de la música en las venas.
El periplo.
Las historias que se mezclan antes de perfilarse
como ramas separadas del imposible poema total.
La irrupción del poema.


Ariadna

Cuando tejo tus frases con hilos dorados
andan por el laberinto perdidas de ti.
Lejos de Knosos habías olvidado
las gaviotas plateadas sobre el Egeo,
los olores agrestes de la niñez desprevenida,
la palabra corpórea de una mujer que huele a mar.
Habías olvidado. Reencarnado en Hamlet, en tinieblas,
por no perderte a ti mismo,
te debatías sin andar.
Cuando tejo tus frases con hilos dorados,
variando su rumbo y sentido,
se ilumina tu mirada
y el telar de tu oído se desordena.
Salida del laberinto.
Gaviotas plateadas sobre el mar.


Tinieblas

Como una gota de aceite sobre el agua
cayó la claridad.
En tinieblas te imagino
sonriendo a tus hijas, resignado,
cada vez que te hablan de fulgores,
del Himalaya, de Madame Bovary paseando por las Ramblas.
En tinieblas desde que hiciste caer esa gota de aceite,
esa pesada gota de olvido sobre el agua.


Tango

¿Y si hubieras muerto
traicionando mi ausencia?
¿Y si yo, que aún espero
—nostalgia de otros tiempos—,
llegara exactamente tarde hacia el encuentro?
¿Y si hubieras llamado justo justo
cuando me revoloteaba otro sueño
y toda la esperanza que aún guardamos
hubiera terminado?
¿Y si estuvieras muerto
del derecho y del revés,
de la historia y el silencio?
¿Y si todas las cartas fueran para nadie?
Y todos los recuerdos,
y todos los recuerdos...

Sin reconocerlo del todo,
olvidándolo por momentos,
guardamos la impostura
—yo aquí, tú allí—
como quien guarda una cruz.
Tú, que prometiste la esperanza,
te escapaste en la nave del horror,
pálido, huyente, transpuesto.
Yo, que prometí esperarte,
mutando mis disfraces de sobreviviente,
ya ni sé si te espero.


Distancia

Perdí la ciudad, casi perdí el poema,
las ramblas de pájaros y flores,
el antes del recuerdo doloroso
pues antes no había qué olvidar.
Hoy riego la tierra cultivada,
los días bajo otro cielo,
los momentos de paz.
No hay ausencias que encandilen ojos ni memoria.

El verano porteño ya debe pedir
los pies descalzos,
el húmedo despertar sobre el asfalto,
el sexo libre de ropajes extraños.
El frío europeo invita, en cambio,
a la casa, la partida de Bah,
al azúcar disolviéndose en la taza.

Casi perdí el poema, la ciudad,
la tierra cultivada, la paz.
Y hoy advierto sorprendida,
en un tiempo restado a la nostalgia,
que la distancia se ha por fin pacificado,
se ha endulzado como el té de mi taza.


Freudiano

¿Por qué no los brillos de Canaleto,
los rojos azules de Kandinsky,
los sueños de Chagall,
las límpidas líneas de Mondrian.
—Sólo para mirar. Y tanto como eso—
Esos niños que aún miran aterrados
junto al reflejo del hombre
que no puedes evitar ser y que a tu pesar,
serán tus herederos.
¿Será por el viejo Freud, sus coordenadas,
de las que creíste saber pero de las que nunca tendrás
más que el reflejo?
Miro. Pienso y miro. Miro y pienso.
Es Berlín, mucho después de la guerra.
¿Te faltó un exilio, te sobró la herencia?
Es Berlín, que no es la misma después de.
¿Porqué allí, tal vez
por el reflejo del horror, por tu reflejo?
Miro. Pienso y miro. Miro y pienso.
No puedo evitar pensar,
todo el tiempo, todo el tiempo.
Mientras me llevo en los ojos tu óleo
y aquél cercano de Francis Bacon
que por obscenas consecuencias del azar
murió aquí, en Madrid,
donde yo moriré según dicen los sueños.
Tyché al fin. Siempre otro lugar. Otro tiempo.


Tiempo de cenizas

Necesario, debe ser necesario transitarte
sin mar, sin gaviotas y sin leños.
Aprender a vivir contigo en blanco y negro
hasta que vueles disipándote en el aire
y la llama encienda otra vez fulgores,
viajes hacia otros ojos,
travesías por otros pensamientos.
Necesario, debe ser necesario transitarte
en blanco y negro,
tolerarte instalado en el centro de mi casa y de mi cuerpo,
saberte pasajero
como lo fueron otros que parecían eternos
y fueron derrotados por los leños que ardieron
sobre las cenizas de otro muerto.


Agosto

Alrededor de tu ausencia,
sólo tengo manos para escribir sobre el amor,
aunque debería, dicen, ocuparme de otros temas.
Mas los libros parecen haberse borrado desde Platón a Kundera,
hasta Descartes y sus dudas quedan desmerecidas
mientras intento avizorarte al otro lado del mar desde la tierra.
Alrededor de tu ausencia, atardecidos,
todos los buenos propósitos de la Etica.
Nicómano es una borrosa huella.
Hasta Freud, el maestro, dormita,
ni recuerda sus sueños,
da otra vuelta por Roma, alucina,
recorre una página en blanco, no piensa.
Es agosto, cuando en Europa
se impone la distancia que desordena.
Y alrededor de tu ausencia,
sólo tengo manos para escribir sobre el amor
mientras se me llenan de estas frases
con las que se hacen los poemas.


La casa de la explanada

Vi en ellos
al león y la gaviota,
todos los libros eruditos,
una complicidad abisal como las olas.
Sellé entonces pactos lunares
por difuminar aquella primera decepción,
pues sólo la primera decepción hace Historia.
Y cansada de tantos pactos y complicidades vanas,
comencé a construir la casa en la explanada sin sombra.
Mientras construía la sensatez y la casa no advertí
cómo el pasado se tornaba crudo invierno,
atardecer sombrío.
Si tuviera una memoria menos amortiguada
podría deducir sin equivocarme y con toda lógica
que este tiempo es más tibio,
por eso te quiero y te querría
mientras el desafío,
escondido en la estrecha calle adyacente,
aún llama, titila, asombra.
Mas sin perderme
me resisto a renacer, caer, volver
a los antiguos pactos de la vieja suerte.
Antes, mucho antes
de la casa en la explanada sin sombra.


Llegar a Petra

I - Jerusalén

Contigo no hubiera llegado a Petra.
Jerusalén habría sido entonces
la ciudad adherida a mis ojos jóvenes,
la ciudad blanca dolorida de mí y de mis muertos.
Contigo no hubiera llegado a esta Jerusalén.
Contigo no hubiera llegado a Petra.

II - Eilat

¿Dónde estás, Lilith,
demonio del Mar Rojo,
fiera juventud del Bereshit?
Tu horizonte impreciso marca las falsas fronteras.
¿Dónde estás, Lilith?
Rojo el desierto de mis ausencias,
perdida entre el viejo y el nuevo poema para la misma piedra,
perdida entre e-mails y amenazas de Hammás.
Y jamás jamás se sostienen los sueños,
sumergidos como el té bajo las hojas de nana.
Contigo hubiera quedado detenida aquí,
territorio del conflicto permanente,
zona de turbulencias,
búsqueda insaciable de la palabra plena.
Contigo, Lilith, no hubiera llegado a Petra.

III - Petra

Cruzar un borde,
atravesar la arenosa frontera entre el Bien y el Mal.
—Y los siglos que hacen señas en la retina
pidiendo que Abraham no se obstine en sacrificar a Issac—
Cruzar la frontera entre Eva y Lilith,
la arenosa frontera entre el Bien y el Mal,
descansar sobre la piedra y el caballo alado,
dejar las caravanas del dolor atrás.
Hasta la caída del próximo Imperio. Atrás.
Llegar a Petra y saber, al fin,
por qué el rosa es el color de todas las mujeres.
Llegar a Petra rosa del origen.
Llegar.


A Héctor Alterio

Pequeños y nuevos actos cotidianos,
sombras del pasado que vuelven inquietantes vía e-mail,
en esta atmósfera de mensajes sin rostro, de nombres antiguos.

A los de este lado del Océano
ni el Internet nos curará de la nostalgia.


Hombre de espaldas

De espaldas,
las sienes plateadas cuando ladeas la cabeza,
la chaqueta demasiado estrecha
para el peso acumulado en los hombros.
De espaldas a la historia y a mí,
que miro de frente pese a todo,
hasta avizorarte así,
de espaldas, sienes plateadas, chaqueta estrecha, peso en los hombros,
y ese sueño que mataste dejando atrás mi mirada.

       


Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983