Yo era asistente en aquella productora de publicidad y el trabajo no me gustaba para nada. Pero había que comer y pagar el alquiler. Los dueños, que eran a la vez quienes dirigían los comerciales, eran unos tipos arrogantes y bastante perversos. A veces pienso que habían montado esa compañía no sólo con la intención de hacer dinero, sino para acostarse con las muchachitas que en número interminable aparecían en los “castings” tratando de conseguir trabajo como extras. Creo que la perversidad es contagiosa, igual que la locura. Tengo pruebas de ello. Quizás en el fondo sean la misma cosa porque de alguna manera la perversidad es una forma de locura. Lo digo porque en el depósito de cámaras, en el cual yo era prácticamente el único autorizado a entrar además de los jefes, se escuchaba con nitidez todo lo que hablaban en la oficina contigua. Esa oficina era la de los dueños de la compañía. Al parecer el fenómeno tenía que ver con la eliminación de un aparato de aire acondicionado. Cuando quitaron el aparato quedó un vacío en la pared que torpemente fue rellenado con una lámina de cartón perforado; a través de la delgada lámina se filtraba todo lo que se hablaba en la oficina contigua.
—¿Y a dónde te la llevaste después?
—Al apartamento, tragaba perico como una desaforada.
—Mientras más chamas más les gusta el perico.
—Se puso un poco remolona pero al final, tú sabes...
—¿Y qué tal estuvo?
—Una experta, güevón, y sólo tiene quince añitos la muy puta.
Y así seguían hablando de sus asuntos sin saber que yo lo escuchaba todo. Al final me metía en el depósito sin que tuviera nada que hacer allí. Pero me acostumbré a oír sus voces mientras revisaba los chasis de las cámaras y lubricaba los pesados trípodes metálicos. A veces escuchaba esa charla banal como quien oye llover pero si el relato era obsceno y depravado involuntariamente mi oído recuperaba su agudeza y no perdía detalle. Era como si mi mente seleccionara sólo aquello que quería oír, como si la perversión se filtrara como un virus en ciertas palabras a través de aquel vacío en la pared.
Bernardo, uno de los dueños, tenía dos primos lejanos. Yo los había conocido antes de ingresar como empleado. Eran pobres y vivían con su madre, una señora evangélica, y una hermana de ambos en la misma urbanización donde yo vivía. Era una de esas duras urbanizaciones populares que abundan en la ciudad. Un sitio feo e inhóspito, de donde no veía el momento de irme para siempre con mi abuela que entonces vivía conmigo. Armando, uno de los primos, estaba bastante loco. Y ese, el más loco de los dos, se hizo muy amigo mío. Me gustaba escucharlo. Tenía una forma bastante extraña de hablar, arrastrando las erres y golpeando las palabras como si fueran objetos desechables. A pesar de que a veces su tono y sobre todo su actitud se tornaban violentos, nunca me sentí amenazado por él. El hacerme amigo de ese hombre y no de su hermano, mucho más tranquilo y “normal”, revelaba en cierta forma mi propia demencia, esa que, siempre lo pensé así, me protegía de cualquier agresión de aquel enajenado.
Cierta noche hubo una fiesta en casa de unos vecinos de los primos y como se había hecho tarde y yo vivía en un sector bastante alejado, era una urbanización enorme, el hermano de Armando, con su usual afabilidad, me invitó a quedarme a dormir en su casa. Aunque al principio me resistí un poco, la imposibilidad de tener transporte a esa hora y la perspectiva de una larguísima caminata en una zona bastante peligrosa me hizo aceptar la invitación.
Muy de mañana me despertó una discusión en la habitación vecina. Estaba medio borracho aún y casi dormido. El sonido de las voces se filtraba a través de la delgada pared. Me dolía la cabeza y sentía como una niebla dentro de ella. Se trataba de una pelea a gritos apenas apagados por la pared de concreto. Aunque no sé si por la resaca y el sueño, no lograba entender bien lo que decían. La madre le reclamaba algo a otra persona. La respuesta de la persona a quien se dirigía, un hombre obviamente por el tono de la voz, apenas se escuchaba. La voz del hombre era un murmullo, un ronroneo apagado que intentaba explicar algo; por su forma de arrastrar las erres supe que era la voz de Armando. Pero los gritos de la madre se hacían cada vez mas estentóreos y de pronto se escuchó un tercer murmullo. Era la voz de la hermana. Intentaba calmar a la madre, quien seguía hablando en voz alta pero ahora con largas pausas, como convencida finalmente por la voz casi infantil de la hija. La discusión se acalló paulatinamente y yo volví a dormirme. Debo haber dormido hora y media más. Me levanté y silenciosamente dejé el departamento sin despedirme de nadie. No quería tener nada que ver con aquella agria disputa familiar.
Días después, mientras preparaba el equipo para filmar un comercial para una compañía francesa, escuché la voz de Bernardo. Después de hablar de lo que le iban a cobrar a los franceses —una cifra astronómica en bolívares—, dijo como de pasada:
—¿Y sabes la última?, coño, no lo podía creer.
—¿Qué pasó?
—¡El loco Armando intentó violar a la hermana!
De pronto la niebla que había cubierto el confuso incidente se disipó y pude recordar. Como si una fosa oscura en la que se oculta algo extraño fuese iluminada de pronto por la luz del sol, las palabras iracundas de la madre volvieron a mi memoria.
“¡Déjala!”, gritaba furiosa, “¡Déjala! ¿Qué le vas a hacer?”, mientras se escuchaba una especie de golpeteo. Como cuando alguien pelea sobre una cama. El espaldar de la cama golpeaba la pared con violencia. “¡Es que te la quieres coger! ¡Maldito loco de mierda!”. Me impactó el recuerdo de la voz de la madre, una devota evangélica de hablar pausado, gritando de aquella manera procaz. Poco a poco las voces se acallaron y el recuerdo se esfumó de nuevo.
Percibí la situación como una falla profunda en mi mente. ¿No había escuchado o había borrado conscientemente el recuerdo? Me había sentido abrumado por el horror moral de la situación y el horror borró lo que había oído, lo que ahora, semanas después, desnudaba sin pudor la áspera frase del hombre tras la pared.
Sentí un sobresalto cuando Bernardo, desde la puerta del depósito, me pidió que le llevara una maleta de luces. Hundido en mis reflexiones no lo había visto acercarse. Tomé rápidamente la maleta y me disponía a salir del depósito, pero entonces me detuve y me quedé mirando el cartón perforado que cubría aquel vacío en la pared. Me pregunté por qué a nadie se le habría ocurrido rellenar con cemento aquel maldito agujero.