Letras
Nota del editor
A principios de abril —como informamos en nuestra edición 298— se hizo público el veredicto del II Premio Equinoccio de Poesía Eugenio Montejo, convocado por la editorial de la Universidad Simón Bolívar, en Caracas. El jurado, compuesto por Gabriela Kizer, Rafael Castillo Zapata y Luis Moreno Villamediana, escogió el poemario Antiguas postales del fin del mundo, del escritor y psicólogo venezolano Pedro Enrique Rodríguez, por considerarlo “un libro orgánico, maduro y sin estridencias”. Hoy, por gentileza de su autor, ofrecemos a los ojos de la Tierra de Letras un vistazo a los poemas de este libro.
Antiguas postales del fin del mundo
Extractos

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8.

Durante semanas husmeé entre los estantes.
Tenía quince años, era tímido, estaba asustado,
pero sabía el valor de una edición anotada.
Un fantasma recorría Europa.
Contaba con una alianza de enemigos.
Me había tomado el trabajo de copiar sus nombres:
El papa, el Zar, Metternich, Guizot,
los radicales franceses, también los alemanes.

Yo era ingenuo y soñador
como un personaje dentro de un poema de Gerbasi,
y estaba asustado y lleno de dudas.
Pero también estaba decidido:
Debía tener ese libro.
¿Lo vendían a menores de edad?
Podía tener restricciones. Una forma de pornografía de la mente.
Hice la prueba. Pregunté alguna trivialidad al librero:
Un troskista lento y taciturno,
con efectos extrapiramidales
(efectos secundarios de la medicación antipsicótica).
No dijo que sí. No dijo que no.
Sólo me dijo que debía leer a Hegel.
No quedaba claro si era un requisito.

Tuve la duda por dos, quizá tres semanas.
En ese tiempo miré caer la tarde.
Caminé por calles donde Neruda había hecho estragos
y la gente recogía las orejas de las monjas
como trozos de duraznos confitados para la suerte.
Era joven, era tímido.
Algo quemaba dentro de mí. Era la vida.
Una tarde me decidí y entré a esa librería espectral,
a ese recóndito pasadizo al siglo XIX.
Durante un rato releí, de pie, los regalos perfectos de O’Henry
en una edición de relatos sentimentales
hasta que me creí dueño de mi propia fuerza.
(Casi me traiciono y compro, a último minuto,
una novelita de Jack London
por el sólo deseo de evitar inconvenientes).

Salí con el libro en una bolsa de papel.
Me pareció que estaba usada.
Mejor así. Asunto de tabernas,
pornografía en lengua romance. Cosas prohibidas.
De una forma supersticiosa y mezquina
me sentía un poco más hombre.
De una manera vaga y turbadora,
me parecía que entraba dentro de algo parecido a la historia.
Afuera de la librería, la ciudad crujía, traqueteaba,
se desgastaba inútilmente en una sinfonía inconclusa.
Los autobuses pasaban y tenían la misma lentitud
de un trolebús.
La ciudad era vasta y plana, y comenzaba a incendiarse
por el cielo dramático de ese miércoles 8 de noviembre.
Tenía un león dormido. Una bestia viva.
Era ignorante, pero creía en las palabras,
creía en esa luz diáfana de finales del año,
cuando las cosas tienen ese gesto angulado,
esa ingenua cualidad de levedad, de brillo.

La foto de Ceauşescu y su esposa apareció
en la primera página de los periódicos esa navidad.
Dos campesinos lentos y taimados,
arrasados por el brazo lento y seco de la metralla.
Un decrépito señor Claus a quien,
por lo visto, no terminaron por salirle muy bien las cosas.
Todo el periódico del día estaba dedicado a ese fracaso.
A eso, y a las imágenes edulcoradas
de la navidad en la puerta de Brandenburgo.
Lo leería en la mesa de madera
de la casa de la playa de mis tíos.
Varsovia, Ucrania, Bielorrusia
serían lugares de ciencia ficción.
Entraba un crudo invierno en Europa del Este,
pero a mí me iluminaba un sol blando y redondo.
Yo cerraba los ojos.
No entendía casi nada.
Pero igual hacía esfuerzos por imaginar la nieve.

 

26.

La poesía también existe porque hay gente triste.
Porque, de tanto en tanto, esa gente triste está feliz
y tiene motivos para pensar, por ejemplo,
que esas ramas allá arriba, en lo alto de la calle,
dejan colar un sol hermoso y puro que ellos aman
y así, por el solo hecho de mirarla, la gente hace que exista,
la gente hace que la belleza se una a las palabras.

La poesía también existe porque, a veces,
la gente triste sigue triste, y entonces busca
palabras que le sirvan para confortarles siquiera un poco,
una llama lenta y cálida en el agujero negro de la noche.

Los niños muertos, los amantes desolados,
las masacres, las guerras, el fin del mundo,
la voz barítona del último verdugo,
son motivos verdaderos para que exista la poesía.
Son razones de peso para que, día tras día,
acurrucada en su buhardilla,
una solitaria Ana Frank sueñe con el traje de una reina,
para que una madre solitaria acaricie a su hijo en la cocina
de baldosas verdes, de trastos sucios,
en el silencio de una casa anónima.

La poesía existe a despecho de esos sujetos
de cabellos largos, de poco amor al trabajo,
que medran sin descanso al borde de las bandejas de canapés,
que saludan a los burócratas de la cultura como a un hermano perdido.
Existe a despecho de esas señoras flacas y solas
coleccionistas de objetos de lladró que,
por maldad y codicia,
organizan recitales en salas iluminadas por una película de irrealidad,
donde una de sus compañeras de las tardes de té,
un ser nervioso y supersticioso, como un pájaro,
tendrá el valor de cantar a la nada
las desconocidas razones de su miseria.
La poesía está en el rayo de luz que se estrella contra el florero.
Está en el silencio de esa obesa espectadora
que, en silencio, cabecea en su silla
mientras su mente recuerda la hermosa forma de una rama de cilantro
flotando quietamente en la olla de la sopa del almuerzo.

Poco importa que, en realidad, a cada día
el mundo parezca desteñir a cada paso la belleza de las palabras,
el resplandor silente de la frase exacta.
La poesía existe porque existe ese horror,
la belleza existe, también,
porque cada día alguien se toma el trabajo de buscarla
y si no la encuentra, entonces va y la inventa.

 

31.

Manuel y yo visitábamos la marisma que se abría al fondo del hotel, más allá de la carrocería de un volkswagen escarabajo picoteado por el salitre. Se decía que allí había ocurrido una batalla en tiempos de la independencia. Nos daba igual. Un mal lugar para pelear, un mal lugar para morir, como casi cualquier sitio. Amplios lodazales en los que una fina película de agua sucia reflejaba el lento movimiento de las nubes. Los recorríamos con miedo. Buscábamos arenas movedizas. Una vez encontramos un hueso. Decidimos que era lo que quedaba de un niño muerto. En las noches, antes de dormir, nuestras madres nos contaban historias en una habitación desde donde era posible intuir la presencia fija de la ciénaga, vagamente iluminada por las luces del alumbrado público del puerto. Nos hablaban de lo que haríamos al día siguiente. Esos pequeños y modestos placeres del turismo de playa. Esas monótonas y felices formas de recorrer la vida junto al mar. Nos alegrábamos. Dormíamos con la ilusión fija en esos proyectos. Sin embargo, secretamente, apuntábamos en la memoria las nuevas cosas que descubríamos sobre el mundo. Las vacaciones no lograban hacernos olvidar que todo reposa, siempre, junto a algún ingenioso tipo de abismo.