Letras
Él

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Nadie nunca supo cómo y por qué llegó, sencillamente se apareció en el umbral de la puerta. Todos los que estaban en la habitación levantaron sus cabezas y, con la vista, lo recorrieron indiferentemente. Se quedó allí parado sin saber qué hacer. En el local había un grupo de personas conversando. No fue hasta pasado un rato que Raúl, el poeta, se le acercó y lo miró con calma. Se puso a observarlo detenidamente, le dio la vuelta en redondo como analizándolo. Frunció un poco el ceño y se acercó a su espalda, le tomó sus alas y las desplegó en toda su extensión.

Mientras Raúl estaba efectuando esta operación las otras personas comenzaron a prestarle atención. Cuando tuvo las dos alas ampliamente abiertas, se desprendió un olor exquisito que invadió la habitación. Los restantes miembros se aproximaron y comenzaron a tocar con intriga las alas. ¡Qué maravilla! ¡El olor, la suavidad al tacto y el blanco puro! Convinieron en que eran de una noble belleza.

Durante ese tiempo, Raúl se mantuvo callado. Algunos pensaron que iba a decir algunos versos hermosos de acuerdo con la esplendidez del suceso; pero no fue así, salió precipitado de la habitación y regresó con un par de tijeras. Se detuvo frente a Él, lo miró fijamente y sin mediar palabras le dio la vuelta y comenzó a cortarle el plumaje de las alas; según iban cayendo las plumas, las recogía y las empujaba por un agujero dentro de un almohadón. Finalizada la tarea, devolvió las tijeras a la habitación y guardó el cojín. Mientras, Él se mantenía callado y con una expresión dulce en el rostro.

Dolores, la mujer que estaba en la esquina del salón, le dirigió la palabra:

—¿Cómo es posible que tengas esa sonrisa bobalicona perenne en tu cara? Debes cambiar la expresión, no es nada agradable estar mirándote.

Él parecía no saber qué hacer, en su cara se notaba la confusión, se sintió algo abochornado porque el color de su cara se tornó rosado. Hasta ese momento había sido de una tesura blanca nunca antes vista. No sabía qué actitud tomar, titubeó, dio unos pasos hacia delante y cambió su expresión asumiendo un semblante serio, una expresión que no decía nada, era simplemente una cara más.

Aún continuaba en el umbral de la puerta, nadie le había dicho que entrara y esto parecía angustiarlo, por lo que comenzó a mirar hacia todos los lados, buscando aprobación en el grupo de personas. Cuando movía su cabeza de un lado a otro, los reflejos dorados de su aureola alumbraban la estancia con una luz que se desplazaba caprichosamente; si miraba a la izquierda las luces iban para ese lado, y si lo hacía a la derecha lo mismo sucedía. Los rostros de la gente se veían tan bellos que sintió una bondad y un amor tan grandes que las lágrimas comenzaron a rodar lentamente por sus mejillas.

Mario, el contador, cuando vio esto, se quedó en una pieza y comenzó a mascullar quedamente. Fue hacia Él pero llevaba en sus manos una pinza y se le abalanzó pretendiendo varias veces desencajarle la corona que traía; pero fue inútil, no pudo hacerlo. Ni aunque en el intento lo golpeó repetidamente hasta hacerlo sangrar.

—Es imposible sacarle esa maldita corona.

Él estaba exangüe con las manos caídas junto al cuerpo, pero ahora lloraba copiosamente y sus sollozos hacían estremecer la casa. Los inquilinos de la habitación se cansaron de esta escena y con la pericia que dan los años se le aproximaron y entre todos, con un gran puntapié, lo sacaron de la casa.