El primero, directo al padre
Arrojaron aves sobre su frente
Cruzaron volando sobre la cabeza quedándose ahí, como muertas,
como estrellas pasmadas
ante la ira de dios o la zarza ardiente
del hijo, de sus sombras todas o sus ángeles,
sopesando aún tan nefastas deshonras
Perdiste el valor
y hasta el espectro de tu difunto padre
te aturdió,
mas no alzaste la mirada.
Yo mismo lo advertí.
Y si ayer ocultaste el acero en oscuro vientre olvidaste enloquecer,
mas de esto nadie puede sorprenderse;
menos aun tú,
para quien todo calla, fantasmal,
envuelto como en oscuro jeroglífico
Y ahora qué, te preguntas.
Sólo a ti corresponde resolver o ignorar los designios humeantes
o, quizás,
tú mismo te tornes en rígido acero
y te adentres con fiereza, esta vez sí,
como guerrero impío
en vidriera de plomo y cristal
El vaticinio es inclemente: debes caer en deshonra.
Esto por una parte,
por la otra la dura sentencia, tu condenación sin más,
la noche excluyente o la tiranía de tus horas blancas,
el martirio ciego,
decías,
la humillación despiadada ante la cólera de un ciego animal