Letras
Helechos almendrados

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Él mueve la pierna, truena sus dedos y hacen eco. Ella va caminando por un pasillo sin gente, pero donde hubo gente. Él mira por la ventana, hay niños que juegan y ríen, aunque alguna vez hubo niños que juegan y ríen. Ella va sin atención, produce ruidos, mata rabos. Hay más gente con Él; una señora cuyo rostro mostraba más dolor que el transmitido por ayes y maldiciones; el rostro senil de un infante que era más muestra de un tiempo pasado que los versos de Heródoto o de Hesíodo; un bebé que se volvió una metáfora sobre el amor y la eternidad de una pasión consumada; aunque hubiera más personas escapaban en sus garabatos o jugueteos, tal vez por escapar del aburrimiento y del enfado, pero igual se sentía aburrimiento y enfado. Ella encontró un par de ojos encamados, paró sus andanzas para mirar aquella mirada que la miraba, hablaron con un silencio de por medio. Él responde al sonido del ambiente mediante arcos y cierres. Ella termina su cruce, haciendo cruces y muriendo en bruces. Él cierra los ojos, más por disfrute que por ceguera luminaria. Sus miradas se cruzaron y el Universo estalló en el espacio que hubo (hay) entre ellos. Se formaron constelaciones y nebulosas. Se murieron constelaciones y nebulosas, por tiempo o por honor. Ella sonríe, muestra una dicha que no cabe en dicha, una felicidad que se queda corta en la novena letra. Él responde con un rostro hierático, una mirada opaca de alienación, un tanto cáustica. Al conocerse (encontrarse) se saludan, más como una forma de quitar pausas a una sola conversación infinita, palabras que llegarán a un número determinado, que abarcarán repeticiones y permutas, todas sólo igualadas por el cariño formado a base de la manifestación de sentimientos y los momentos compartidos. Empiezan a caminar juntos, más como una forma de sumar pasos a ese número concebible que es el representante de sus momentos unidos, un tiempo exclusivo de ellos como un solo ser. Ella desvía la mirada. Él busca sus ojos, pero no los encuentra. Sus brazos se cruzan, más como manifestación del deseo entre sus personas de tener un contacto íntimo, una ilusión de verdadero estrechamiento pero éste termina siendo más un consuelo de la imposibilidad de esto, que sus mentes nunca se tocarán, que nunca podrán ver el verdadero amor que sienten entre sí, sólo la expresión del mismo; sólo habrá unión de carnes, nunca de huesos. Él escucha los pasos de ella. Escucho el reloj como forma triangular. Los nombres pierden su importancia; no hay palabras que exijan ese epitafio. El cuerpo sólo manifiesta dolores y penas. Autorrealización, reflexión, acercamiento divino terminan siendo ideas (mentiras) que se cuentan entre padres y reyes. Viven aquel momento de tortuoso semilunio, como lémures o zaparrayos, nunca como humanos que cargan una infancia, etapa de única felicidad e ingenio. Ella escucha los pasos de Él. Ver cómo van vestidos e intercambiar miradas de arrancarse las ropas. Sus brazos se separan. Ella desaparece de su vista. No sufre, como no se debe sufrir. Hubo un lapso dichoso. La realidad no depende de la prevalencia de momentos, sino de haber formado parte de aquel inmenso libro al que se llama Historia de la Humanidad. Vivir dentro de la comunión de todos los hombres para hacer feliz a un solo hombre. Él al estar solo logra verme. Su mirada me asusta pues ningún personaje de mis relatos había logrado mirarme. Yo ser narrador entre tiempos. Vermequedarherido. El zafio monta los pasados. ¿Quefe pafasafa? Refeflefejofo. In Vino Veritas. El Coronel Aureliano Buendía se encontraba frente al pelotón de fusilamiento cuando recordó aquella tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Era la mejor de las décadas aunque nada sea más que una historia, llena de ruido y (espacio en blanco). Nunca se debe ver al narrador, le da un rostro al alma y a los personajes. Vuelve a éstos en mentiras y locuras de un hombre solitario. Tú lector conviertes mi locura en tuya, un tanto nuestra. Te das cuenta de que estas palabras, también llamadas farsas, no son más que un método de construcción (albañilería de ilusiones), una forma de querer expresar lo abstracto, lo imposible. De versar una pintura de Goya o un boceto de Ludwig Mies van der Rohe. De danzar un verso de Leopoldo Lugones o de pintar una película de Bergman. Cosas inconcebibles pero en su inconcepcibilidad se dibuja lo divino. Yo soy pasto y la joven es noche. Observas estas palabras, dibujando a un ser eterno en un espacio vacío que llamamos mente, para llegar al estado de solo ser; entonces tú y yo seremos juntos. Al ser logrado durante una brevedad y en base de las palabras pierde un tanto lo real. Te abandonas a la gloria de este mundo, ¿es ésta la verdadera? Armar una historia no es de glorias, no existen premios por mirar el cielo pero sí por decir que el infinito de éste colinda con sus cualidades de espejo, envolviendo a todos los hombres pero también multiplicando a todos los hombres. Todo gusto puede ser una mentira o proyección que para propósitos de este relato terminan siendo lo mismo. La acción pasada es un fragmento de una gran historia, una historia que jamás podrá ser contada. Incluso los sueños, tan absurdos como el mundo, sólo tienen un significado si no se les interpreta. Pero bueno... volvamos a la historia. A Él le ganó el ansia y a Ella la timidez. Salen de ese lugar y dejan todas sus acciones dentro de esas paredes, sin pensamientos ni momentos complejos porque no hubo, o si hubo y yo pienso que no; yo quiero que no. Se miran y logro denotar un compartir llano y ufano, algo que se ha intentado versar en exclusivo pero el espacio y el tiempo se comparten con todos los hombres, con el Universo mismo. ¿Saben qué? Ya no sé por qué les sigo contando esta historia pues mi existir es la locura de un hombre plasmada en tintares y plumazos, sólo para generar imágenes inventadas aunque en un punto pasadas y en otro futuras. Éstas estarán en su mente durante el momento de su lectura. Lograrán ou’s, momentos de despiste y de aburrición porque son palabras sin fin ni motivos, conocidas y arregladas, igual de bellas que una fórmula de integración o de las afinidades electivas. El creador de esta historia, que no soy yo o Miguel Rocha, debe estar seguro de su relevancia, de su infinita proyección hacia la nada; de sus límites imaginarios (Él - Él). Miguel Rocha no es más que un farsante, un plagiador de lo existente, más parecido a un citador que a un creador, pues la creación sólo fue una vez y lo demás es repetición. Odio a ese tipo, con sus teclazos, con su risa estúpida, sus compulsiones por las manchas o su amor irracional a Paul Thomas Anderson. El creador y su idea accidentada de iniciar y terminar en lo mismo, sus metáforas estúpidas de ritmos circadianos e infinitos, se excluye de toda responsabilidad y disfruta de la inmensa relatividad que hay en lo no existente. Este tipo consideró que su visión de los temas de amor, soledad y comunicación silenciosa sería de algún grado relevante, tal vez no era una visión sino una vivencia propia o la de un amigo, o la invención de ese amigo que la contó como suya. Estaría llena de adornos (la vida tiene más momentos Antes de la medianoche que Antes del amanecer) y falsificaciones, luego sería descubierta por el infame Miguel Rocha y éste me inventaría (utilizaría), usaría una cantidad numerosa de plumas y papeles con el motivo de recuperarla. Las historias son destruidas por las palabras, pues ninguna logrará ser fiel al hermoso momento de brisa o de dientes caídos. Pero... ¿dónde quedo en todo esto? Termino siendo menos que un puente, pues Ellos están en aquel campo de esquizofrenias y abrazos, Miguel Rocha en el de las guerras y los helechos almendrados, el creador en el de la eternidad inconcebible, y yo... yo termino siendo un agente de la no-existencia, ¿alguna vez has no existido? Es una cárcel de blancura e inactividad. No puedo leer porque no soy un agente vivo, el arte queda fuera de toda cercanía, no llegaré nunca a lo divino. No puedo sentir amor porque jamás tendré un contacto con otros narradores o con los personajes que profeso, el amor es para Miguel Rocha y la otra persona que decide amarlo de vuelta. ¿Cuál es el sentido de narrar cosas cuyo principio y fin conozco tan perfectamente? Quiero vivir, quiero ser Él o Ella. Quiero ser tú lector. Mi único deseo es sentirme vivo ante los ojos de alguien, una mirada de indicios de amor y aprecio; ser amado sin palabras; ser conocido porque quiero conocer a todos. Así mi vida perderá su sentido, podré afirmar mi existencia con una cantidad finita de pensamientos, por el dolor de alguien, por la razón de existir del otro. Este tipo de cosas me harán sentir vivo, me harán una persona, aunque terminaré muriendo como narrador; me quedaré en este poderoso limbo, entre tu mente y la palabra escrita, como una forma de entretenerte o reírte, porque me escriben para que te llores, no para que me sientas. Ahora lector te preguntas qué habrá pasado con aquella feliz pareja, la pareja que tanto anhelas ser pues no necesitaron de te amos ni un compartir de ideas para disfrutar de su amor, sólo de la presencia del otro para entender que sus silencios lograrían más unión que toda una vida juntos. Qué importa si tuvieron hijos, una casa y medio siglo unidos. Qué importa si fallecieron al siguiente día. Arma la historia que desees pues te ganaste el derecho al haber sido testigo de su momento de mayor comunión y todos los restantes sólo quedarían en intentos de emular aquél. Lo único que debes saber es que todo termina, y este desenlace llegó con: Mi nombre es (...) dijo Él.