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Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 31, del 1º de septiembre de 1997

Las letras de la Tierra de Letras


La guerra "e"

Bruno Soreno

Yo emerjo del camino que sueña mi palabra, y es abril y aún no he visto el punto desdibujarse de la página. El punto, la melodía inaudita, el silencio apetecible un hambre de vértigo un ojo que se cierra demasiado más abajo del párpado hasta tragarse el cuerpo y el mundo, eso es el punto. El punto es yo emergiendo y, sumergido en el sueño, olvidando el barro de la palabra.

Escribir de las cosas no es provocar las cosas y las cosas no le provocan a uno las palabras de forma necesaria (como la caricia inflama o el silencio mata), sino que las palabras invisibles provocan contagio tenebroso y recto de más palabras que reúnen, proclaman y ahuyentan cataclismos. Las palabras visibles las soñamos con el sentido primero y lumínico (que implica paradigmáticamente los de roce, de miel, de perfume y de música) y desbarrancamos los otros Sentidos arbitrarios del papel olvidando que cada palabra es un olvido, una tenaza de memoria, un rechazo de los sentidos para escupitar el Sentido que es el signo, la magia lega, la asombrosa vibración del símbolo en el labio y la grafía. Las palabras tienen techo, y caminan, y hablan y matan a los hombres cuando se alían, se montonean, se besan de boca y hacen coitos atroces o melodiosos entre sí ocupando casas ajenas. La palabra es lo inacabado inacabable, el robo irreparable, la pérdida infinita, el contacto del vacío con la nada.

Anoche fumé, claudiqué una vez más de unas decenas de demonios y saludé gloriosa a la letra e que se escondía en la sexta palabra de la doceava línea de la página seis de un libro que ya olvidé. Esa e, redentora, es por hoy el dique que me aparta de una tormenta naranja, de una sordera endemoniada y de un punto final e infinito. Sólo hace falta un tren y un tramo de vía para perderse en el ánfora de la ausencia, sólo hace falta un poco de lluvia y un no para enroscarse en la botella desfondada y provocar los incendios de las vísceras, los boletos infernales y la desaparición cruel prestidigitada de todas las letras e. Por eso he saludado, pausando las agujas, a la letra e que se atrincheraba en la sexta palabra de la doceava línea de la página seis de un libro que ya olvidé, o que no es posible resguardar en la red de la memoria so pena de autolvido, porque esa señorita e es la generala de un ejército de ees que pisotearán triunfantes las cenizas de la cruenta ciudadela donde habito y que se halla postrímera, deshabitada.

Saltar del mundo en bicicleta es cosa de avezados, de aventureros o de guardias de seguridad turno nocturno. Mirar una habichuela, una candela, un reloj, y acertar a la conspiración que tras el velo de piel, de luz y de segundos se oculta agazapada como fuelle fulgurante es tarea de bravos y de luchadores de tercera. Asomarse del mundo al mundo y descubrir el revoltijo, el crucigrama, la torre y la serpiente que habitan los intersticios sin domesticarse de miedo es cosa digna de quitarse el sombrero. Conozco a un vendedor de frutas que las vende caras y una vez me dijo, al oído y de antemano, cuántas semillas habitaban la barriga de una naranja mandarina. Nunca pude comprobar la veracidad de su número (la naranja se marchó a sobreprecio en la bolsa de una mujer gorda cuyo marido se suicidaría en dos días con una soga de trece nudos) pero nunca dudé su vaticinio. "El peso", me dijo tranquilo, "es el peso de la palabra naranja restado al peso del mundo".

La marea es un retraso en movimiento del tiempo, una compensación, un transigio, una negociación constante y sucedánea que autoriza la permanencia del mundo en el borde de un hueco permanente que se llama lenguaje. El lenguaje es un antecedente que marea el mundo y lo descabrita, lo lanza raudo a una carrera de arena, lo desorganiza desencadenado el triángulo, poniéndolo en vil concubinato con el círculo. Esto se llama asesinato.

En una playa de un mundo un niño no percibe su pelota flotando y viajando marina en retroceso de tiempo y de horizonte, aniquilando su sustancia y su tamaño en lejanía hasta la nada porque es de noche, y él no sabe que mañana llorará su pelota, agarrará un lápiz y devastará los universos, descubriendo en el papel que ni él ni su pelota ni el mar aún habían nacido.

De una estocada atravieso la corteza cutánea de la palabra dios, y dios aúlla, se desmemoria, se lava la cara luego de un sueño profundo, se lanza al espejo del lavabo y me descubre allí, sonriendo.

La imposibilidad de cercenar de cuajo la raíz de la palabra desolación sin provocar el salto incontrolable de heliotropos, quemaduras, planetas, notas musicales, gigantes amarillos y otros impredecibles me anuncia, esta noche, que lanzar lo blanco sobre blanco es una tarea imposible, inexistente como escanciar el aire o abandonar la carne (es posible, sin embargo, respirar las aguas). Pero escribir sol, de cierto modo, es convertirse en demiurgo (es imposible, sin embargo, escribir sol de cierto modo).

Es verano, y la nieve sigue rasurando el aire en alguna página de un libro que no he leído, y aun si lo leyera, no sentiría la gélida estocada de uno de sus copos en la piel de otro libro que, en otro lugar de invierno, derrite de mentira los hielos de una calle antártica donde nadie lo lee para descubrir el fuego del infierno entretejido en una de sus páginas.

Si alguien recopilara el inventario de los números de las uñas de todos mis muertos desparramados por el suelo, si alguien se bañara en mi ganges infectándose sabrosamente con la malaria que la carne atrasada traslada a la carne adelantada ajustándole la hora no me juzgaría, porque ese alguien participaría en piel e identidad del número de los polvos dentro de una uña de uno de mis muertos, y en la mitad de un grano de los polvos que se esconden en una de sus uñas está Abbadón, el ángel del juicio, preparando su espada.

No hay más remedio que soñar la flor y soñar que la flor huele y que es una flor y no una hermosa jirafa voladora o un unicornio bicornio policornio, unisílabo bisílabo polisílaba no es la palabra flor ni bisílaba sí unisílaba y exenta de olor y repleta de silencio, sin más remedio ella que soñarme soñando que la huelo, que es una flor y no una hermosa jirafa voladora o un unicornio.

Viajando por las calles dejando el rastro del humo que el cigarrillo trenza al aire de la noche somos humo, somos trenzas en el aire del mundo que un lenguaje laborioso teje asiduo e infalible, para que no descubramos las costuras por un accidente de viajar calles fumando, como solemos hacer algunos, de noche, de vez en cuando.

Es la hora de la mentira, de trabajar la noche sin fumar y sí moviendo la mano en acto terrible de izquierdaderechaizquierda, practicando esa cosa violenta y embustera que es la despedida. Como si algo acabara. Como si lo que se acabara no fuera tu ojo que pisa esta letra e que se escapó de la batalla, ese ojo tuyo que busca reposarse en la apatía de un punto, esa melodía inaudita, ese silencio apetecible, esa hambre de vértigo ese ojo que se cierra demasiado más abajo del mundo hasta tragarse el cuerpo y el mundo, ese silencio llamado Dios. Te advierto, te anticipo, te amenazo, yo te niego ese punto. Este texto continúa en la letra e que se agazapa en la sexta palabra de la doceava línea de la página seis de esta vasija rota de palabras que estás leyendo para siempre, amén.