
Cartas a Paloma
Reynier Pérez Hernández
Paloma:
¿Ves estos versos?
Sé que los sientes.
Allá por esos tiempos aún el unicornio
pastaba sin miedo.
Y yo caía como un pétalo.
No sé cómo comienzo.
Veo crecer sobre el desamparo una rosa;
y pienso en ti.
Ahora se acrecientan las almas.
Aquel frío de una muchedumbre
vuelve las ánimas y las revienta.
No temas por el amor; teme más la desolación.
No calles cuando oigas el presentir de una Dalia;
si ves una mañana que las flores andan libres,
sonríe y escapa.
Tal vez cuando los vestigios no den,
te des cuenta cuánto de bien o mal hiciste.
Toma tu mano y pásala por tu pecho
para que el alma de sueños no se te fugue al vacío.
Te quiero.
Te envuelvo en los recuerdos.
Dejo vagar la memoria por laberintos.
¿Eres tú el ángel que añoro, aquél que guarda?
Bueno, dejo a tu pecho el motivo y la respuesta.
La interrogante es pasajera.
Hoy comprendí que el silencio nace en nuestro cuerpo.
Se van imponiendo, entre calma y calma, palabras,
hasta que los resguardos tomen su tiempo.
No he querido retornar,
sabes en qué mundo se trocan las acciones.
Quemados están los comienzos
y queda para un final, que el Fénix
no rehuya los males.
Dime, linda mía, ¿cómo andan esos vientos?
¿Esas hojas aún siguen creciendo?
Dime, por amor, cuándo volverás con tu pelo sublime.
Te quiero.
Me empalmaron a la brisa.
En la ternura el plectro surco.
¿Cuánto de tiempo nos queda?
Te digo esto porque me convierto cada instante
en el concierto inescuchado.
Hace días que tengo esas pinturas.
La carne luce intacta, en armonía con el alma;
los ojos expresan anhelos, plenitud, serena miel,
ondear estático de felicidad.
Se sienten los acordes, cromados, en juegos con el éter.
Te aseguro, linda mía, que esas son las brisas
que tienen que fluir por mis entrañas,
que ese es el surco hecho, la nota grave y cargada.
Y mientras las veo quizás no pueda responder por
el espacio y el tiempo.
Se funden y bajan sin poder mi mano agarrar ese cristal.
Te quiero, angelito mío.
Vi cómo un hombre
en el umbral del fin
cambiaba sus monedas
por el alma que no tuvo.
¿Acaso vale más lo no hecho en el camino?
Atiende, cada instante es vital.
Si no lo abrazas, perderás la dicha de recordarlo.
Los segundos pasan inadvertidos
cuando llegan los leones
a recoger tu diván.
Entonces enciendes el cirio.
la llama leve ilumina como el ocaso;
tal ves como el viento loco y desenfrenado.
¿Sabes qué pense al mirar al humano
trocando con sus viejas manos monedas de oro?;
que la parte nuestra yace escondida
sin sabernos escogidos, sin sabernos llenos.
Te quiero mucho.