¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo
Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 33, del 6 de octubre de 1997

Las letras de la Tierra de Letras


Impersonation

Claudio Barbará

Algún desajuste es necesario. Siempre ocurre y debe comprenderse como la forma lógica en que se desarrollan las cosas en el universo. No es posible pensar que la pureza gane el partido. Los dados están echados, la suerte está dirimida, los hechos se sucederán implacablemente como gotas de lluvia en un vendaval constante e inacabable. Al menos eso me viene como una regla aprendida más por la fuerza del destino que por profundas meditaciones al respecto. Uno decide no mover un mísero dedo, sólo quedarse en el lugar en el que está, aunque el mundo se le venga encima. Se jura no hacer nada, no dejarse llevar por ningún impulso, dejarse arrastrar por la inercia del momento, por la seguridad mínima de saber que un rato después seguirá estando en donde está, inmóvil, como un vegetal, como una sustancia muerta adherida a las paredes superficiales de la realidad y mientras uno decide esto, el Universo completo gira una vez más sobre sí mismo y uno cree reconocer que está siendo víctima de una cadena de hechos de los cuales no tiene la menor idea y de la cual no puede desprenderse. Así es, uniformemente desesperante, absurdo. Una multitud, si se lo piensa bien, de actos imprecisos y caóticos, que no llevan a nada. Este es el punto en el que me quedé fijado. Un complejo caótico de hechos que no llevan a ninguna parte, y en eso yo mismo, como un pequeño punto casi invisible. Una invisibilidad consciente. Quiero decir una compleja red de pensamientos autónomos anudados por hipótesis que comenzaban en mí, y en mí terminaban, como elipses contempladas desde el centro mismo de su origen. Absurdo, me dije. Y me quedé echado tal cual me encontraba desde hacía incontables horas.

Algún desorden es necesario, imprescindible, para que cualquier cosa se ponga en marcha —pensé—, y ese solo pensamiento activó una sucesión perfecta de acontecimientos que me llevarían, claro está, a un estado que no hubiera podido anticipar. Levanté mi trasero de la cama y me puse de pie con la única intención de acomodar la ropa sucia que divisaba desde el rincón en donde estaba. No podría establecer cuánto tiempo llevaba aquello tirado en medio de la pieza, pero allí estaba y supuse con criterio que ya era hora de levantarlo y hacer algo por el orden de mi departamento, aunque sospechara de antemano que era un riesgo, una imbecilidad de mi parte. Fue en ese instante, en el que transportaba la ropa sucia de una parte a otra de la habitación, cuando comprendí que algo se había roto en la lógica de los acontecimientos. Angustia es la palabra adecuada que debo utilizar para nombrar lo que se anudó en mi pecho cuando llegué a la conclusión de que no tenía la menor idea de a dónde me podría llevar mi imprudencia. Inmediatamente sentí que el alma se me escapaba por los poros, que una nube tormentosa se interponía entre mi vista y los objetos, hasta creo haber experimentado sensaciones de náuseas. El calor dentro de mi cuarto se había vuelto sofocante, y a ciencia cierta no sabría decir si era simplemente que había subido la temperatura aquella mañana de verano o bien se debía a manifestaciones corporales propias de mi estado de desesperación extrema. Una especie de sintomatología como les sucede a las embarazadas cuando huelen ciertos olores o comen ciertas comidas.

Corrí de un lado a otro de la habitación. Me detuve. Contemplé el cuarto y traté de precisar la ubicación de cada objeto, por mínimo que fuera, como una forma de establecer la lógica interna del mundo que me rodeaba. La mesa, el pequeño silloncito del rincón, la lámpara que aún seguía encendida aunque ya no fuera necesario, la mancha en la alfombra vieja, los ridículos cuadritos colgados en la pared, la puerta que iba al baño, los vasos y la botella cerca de la cama, las prendas de la mujer, tiradas a un costado tal cual habían caído la noche anterior, todo. No podría decir qué sentido tenía aquello pero no podía dejar de hacerlo. Cuando estuve seguro de memorizar cada detalle, cuando estuve convencido de poder controlar y reproducir mentalmente el orden físico que me rodeaba, sobrevino el alivio. No obstante, y aunque no quisiera admitirlo, comenzaba a comprender que había pasado lo peor. Comprendí de inmediato que mis celosas precauciones habían terminado por arruinarme. Me sentí íntimamente derrotado. Mejor debo decir que me sentí traicionado por mí mismo. Había querido poner cierto orden en el caos universal y mi incongruencia me había llevado a esta dolorosa situación. El final era inescrutable: a esa altura no tenía alternativa.

Abatido, me arrojé sobre la cama mirando el cielo raso. El sonido del agua salpicando en la ducha que venía desde el baño absorbió toda la atención de mi mente. Pequeñas y cristalinas gotas de agua cayendo en mi mente, rebotando en el piso virtual de mi imaginación y la mujer, como una figura fantasmal, dejándose acariciar por cada una de ellas. Una orgía —me dije. Una verdadera orgía. Absurdo. ¡Una orgía absurda! —pensé. Y las gotas seguían cayendo y cayendo, repicando en mi mente como bombas cayendo de un cielo de guerra. Una vez más se me hacía evidente que el Universo no podía ser otra cosa que un caos sin orden y sin disciplina alguna. Los objetos, entonces, han de moverse mediante puros impulsos azarosos. Los nexos posibles son tal vez infinitos e imprevisibles; como pelotas golpeando unas contra otras en un espacio de dimensiones descomunales, quizá sin fronteras, cubriendo distancias caprichosas y describiendo mapas únicos e irreproducibles. Y yo, en tal caso, no soy otra cosa que una más de esas pelotas dando brincos y estrellándome con mis iguales hasta el cansancio, en una rutina eterna y sin objeto, hasta que eso que llamamos muerte se produce de una forma menos dramática a la que estamos habituados a asignarle, y que sólo podría comprenderse como una disolución instantánea, un inaudible estallido perdido en la inmensidad de la existencia.

De pronto el repiqueteo de la ducha cesó. La mujer debería estar en ese instante rodéandose con la toalla. En mi visión todo estaba quieto, cada cosa en su lugar, en el armónico equilibrio en el que descansan inalterables las cosas de este mundo hasta que una idiota y humana idea lo arruina todo. Y quisiera que en esto se me comprenda, no hablo de ninguna manera de una predeterminación divina, sólo de ese equilibrio que se encuentra en las cosas cuando uno es un espectador ejemplar. El mundo sostenido por la mirada que no hace otra cosa que registrar, plasmar, darle vida, a cada una de las cosas del mundo. ¡Tan sólo eso! —pensé. La mujer del otro lado de la puerta, quitándose de encima la humedad, los olores, los alientos de su piel de la noche anterior. La mujer —medité—, queriendo quitarse de encima una noche de sexo. ¡Absurdo! Irremediablemente absurdo. Entonces, una vez más, y no me pregunten por qué, me dejé llevar por un impulso y me arrastré hasta alcanzar la ropa interior de la mujer. La alcé hasta mi vista, la olí, dejé que el perfume rancio de la vagina de la mujer saturara mis sentidos. En su braga se concentraba todo. Era inevitable —me dije—, ¡absolutamente inevitable!

La puerta del baño se entreabrió débilmente, la luz de la bombilla penetró en la habitación con su rayito ámbar. La mujer, con la toalla a su alrededor apareció sonriéndome. Había dulzura en su expresión. Pobre imbécil —me dije—, con qué candidez se deja llevar. ¡Pobre imbécil! —me repetí. Vino directamente hacia la cama. Me observó con su mirada oblicua sorprendida de encontrarme con su braga en mi nariz. Yo la miraba desde los encajes. Volvió a sonreír más dulcemente aun y abrió la toalla. Su piel olía a jabón y despedía angulosas sensaciones voluptuosas. Allí estaba frente a mí y no sé todavía qué nombre ponerle; la cosmogonía, las piezas únicas y originales, allí estaba frente a mí lo indecible: la lógica última del orden universal. El azar junto a la sexualidad. La mujer se arrodilló penitente y puso mi pene en su boca. Lo chupó con suavidad. Lo agitó en su paladar como un caramelo delicioso hasta perderse ella misma en sus propios movimientos. No existía nada más. Aquella mujer era un objeto más cumpliendo con su función como una roca abandonada en el desierto. La incorporé a mi registro mental de la habitación. Lo hice como una última oportunidad pero fue inútil; ya no era posible encontrar el equilibrio perdido. ¿Cómo podría ser diferente? Frente a mí, ahora, estaba el azar regentado por la sexualidad. La fuerza de la sexualidad como la esencia final de un Caos sin objetivo alguno; sólo la lógica azarosa y caótica de un Universo ordenado por la caprichosa red de instintos sexuales. ¡Vaya chiste que es la existencia! —pensé—, buscando verdades en donde sólo es posible encontrar fluidos. Tibios líquidos con razones propias para hacer de la vida lo que es, lo que nos es posible comprender. No digo, sépase, saber la palabra última, los motivos, sino la broma, sólo la insólita broma en donde la materia se reduce al inasible goce.

La mujer hubiera llegado en breve al éxtasis pero se tomó un respiro. Levantó la mirada mientras sostenía mi miembro con su mano derecha. Sonrió una vez más feliz de tener entre sus dedos aquel órgano erecto y rígido. Abrí más las piernas y me eché hacia atrás con la intención de dejar que los sucesos continuaran por sí solos; pero me engañaba, llegaría el momento en que debería actuar. Lo sabía, el equilibrio se había roto. Una sola palabra nos hubiera salvado, una sola; pero ella jamás la pronunció. En cambio giró sobre sus rodillas hasta colocarse frente a mí con su vagina dilatadamente abierta. Mi pene ardía de deseo. Mi mente dejó de responderme. La vista volvía a perder su foco y la ceguera ganaba la batalla. La mujer se apuró, descontrolada, a meter mi pene en su agujero húmedo como una ventosa. De pronto, a una velocidad sin pensamientos, me encontraba sobre ella. Había cerrado los ojos, y retirado la cabeza hacia atrás. ¡Pobre esclava! —pensé—, ha roto el equilibrio de la vida y siquiera se da cuenta. ¡Títere absurdo! —entendí—, viaja hacia la muerte por el solo hecho de dejarse llevar por el insulso impulso de su vagina. La penetré con violencia. Mi pene era un sable que entraba y salía. La mujer gritó de dolor y satisfacción. Gritó y gritó. Ninguna palabra, sólo los alaridos agudos que provenían de su vientre y atravesaban su garganta silbando histéricos, y mis manos... La batalla, el caos, el azar, la esencia última del Universo, la sexualidad regentando a la muerte. ¡No había ninguna otra alternativa! —me dije jadeando—, apretar y apretar su garganta incapaz de pronunciar palabra alguna. Ahora está todo quieto y es fácil para mí registrar cada objeto, cada detalle, por insignificante que pudiera pensarse. El universo en su postrero equilibrio. Como dije, es necesario algún desajuste, algún desorden, para que las cosas se pongan en marcha.