
(Un blues no musicado estructurado en seis partes
en donde se habla de ti. De mí. De nosotros)
Es nuestra deficiencia mental
de origen congénito.
Por nuestras venas corre
la macula de la imbecilidad.
Imagino a Adán y a Eva
desnudos
retozando sobre la hierba
la estulticia proyectándose
en sus rostros mongoloides
proyectados al cielo
baba blanca escurriéndose
por sus comisuras
ajenos a la estirpe de imbéciles
que habría de engendrar su acto.
Es la educación un mito.
Nada hay que enseñar.
Tan solo nos queda
transmitir esa imbecilidad primigenia
de generación en generación.
Es como si asegurarnos quisiéramos
de que cada camada
caerá
irremisiblemente
en los mismos errores
en los mismos pecados
que sus progenitores.
Unicamente supone la educación
un medio para perpetuar
las ideas torcidas e insanas
que en su día fermentaron en la mente
del imbécil original.
Ha llegado el momento de
que enfrentes los hechos
muchacho:
Es esta una partida
que no puedes ganar.
Un juego de reglas totalmente ajenas
a la razón
a la lógica.
No trates de comprenderlas.
Enloquecerías.
Piensa también en la competencia:
Son billones los imbéciles que participan
acumulando a lo largo de su desarrollo
una miríada de
aparentes éxitos
que no son sino rotundos fracasos
que su astuta estupidez
endulza con el mismo dulzón aroma que desprende
la carne putrefacta.
Bella es la vida
vista a través de
los rosados anteojos del autoengaño.
Llegó el momento de quitárselos
muchacho.
Quítatelos.
Quítatelos y contempla
la figura de negro
que aguarda paciente al final del camino.
Su paciencia es tan infinita
como nuestra imbecilidad.
Donde pisaba el caballo de Atila
no volvía la hierba a crecer.
No está mal.
Pero
allí donde pisa el imbécil verdadero
sólo crece
asfalto
cemento
tecnología
y dolor.
Pisará más tarde ese cemento
el resto de nuestra estirpe.
Arrastrando nuestras feas bolsas de ADN
aspirando y expirando aire
deglutiendo y defecando materia orgánica
con aires de saber qué está pasando
con expresión de saber qué estamos haciendo
los imbéciles anidaremos
en nuestro nuevo infierno creado a medida.
Ocho horas diarias de dedicación a tareas absurdas
cuidarán bien de que esa rara chispa de cordura
que destella alguna vez en toda mente
aparezca cada vez
a intervalos menos frecuentes.
La imbecilidad es a veces
no sólo
hereditaria y estacionaria.
También es
degenerativa.
Parece ser ese nuestro caso.
Dos deficientes mentales
asqueados de su soledad
hacen el amor chapuceramente
en un piso de renta limitada
emulando a Adán y Eva.
Prueba es ello de que
nada cambia
nada aprendemos.
Un imbécil ha muerto.
Los restantes imbéciles
se arremolinan alrededor de su cadáver
soñando con otros mundos
soñando con otra vida
donde no haya más dolor
una nueva vida que no tenga un final absurdo
como colofón final a una larga serie de sinsentidos.
Es difícil concebir
una idea más descabellada
pero claro
tengamos en mente
que no dejan de ser imbéciles
al fin y al cabo.
La pareja de deficientes mentales
anteriormente mencionada
ha engendrado a un nuevo imbécil.
El imbécil ha muerto.
Loa al nuevo imbécil.