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Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 36, del 17 de noviembre de 1997

Las letras de la Tierra de Letras


El retorno del caballero

Miguel Sayas Liceras

El sol, grande, muy grande, gigantesco, casi rojo. Cuarteando inmisericorde el ajado cuero del terreno, destripándolo en terrones, descubriendo sus entrañas. La temperatura asfixiante, un perenne suplicio. La vegetación, nula. Hasta el sudor se evaporaba instantáneamente de la piel como buscando escapar de aquella olla omnipresente, su soledad era la única que osaba mancillar el singular infierno yermo y calcinante. Imperturbable miró la lejanía fijando sus ojos en la enorme y aerodinámica silueta, aquella máquina demoníaca que desafiante lo aguardaba. Apretó los dientes sabiendo que había llegado el momento, el ansiado momento de la verdad. Se caló aun mas el casco, como queriendo con él confinar su determinación, no fuese a escapársele en el último instante. Entornó ligeramente los párpados defendiéndose del cegador reflejo de su propia piel, metálica. Aspiró profundamente el abrasador calor, le obsequió una cómplice mueca al espejo de su imaginación y arrancó emitiendo un sordo grito de ataque.

Aumentó la velocidad adquiriendo el objetivo en la infalible mira de su arma y de su espíritu. La aceleración comprimía el ergonómico blindaje contra el huesudo cuerpo produciendo un dolor que acrecentaba su decisión. De pronto, no supo el porqué, le invadió la certeza de que ésta sería la última batalla, la decisiva; la que, al fin, dilucidaría la eterna pugna de voluntades entre la claridad y las tinieblas.

Tensó aun más el cuerpo, la mirada, el alma. Lo tensó todo disparándose como un virote contra la maldita mole e incrementando al máximo el impulso alcanzó el punto sin retorno. Allí estaba ya, frente a la ciclópea máquina asesina, esa cruel burla de la naturaleza que se interponía con la luz, devorándola, y la atacó. La atacó con saña, con ira, con angustia, con vehemencia, como una última plegaria. Se dirigió a los longilíneos brazos giratorios, su visión y su cerebro se inundaron de ellos. Ahora, tan cerca, no contemplaba otra cosa que aquellas aspas carniceras que parecían querer engullirlo borrándolo de la faz de los vivos, reclutándole a las filas del lado oscuro. No se inmutó al oler el punzante aliento del averno y apuntando al centro geométrico de las gigantescas cuchillas se zambulló en el vértigo de la decisión definitiva.

La avasalladora succión lo atrapó haciéndole girar en hipnótica velocidad. ¿O era acaso el paisaje lo que giraba y no él? Sus pupilas se llenaron de furtivas imágenes cada vez más borrosas. El sol, el maltrecho terreno, el lumínico cielo, el horizonte deseado, iban poco a poco perdiendo textura. Como en un tiovivo, presos de un histérico baile San Vito, corrían en derredor tornándose más y más confusos. Ya solo veía manchas circulares, espirales, borrosas. Sí, parecía que lentamente iba difuminándose la realidad a su alrededor sumiéndolo en una impotencia absoluta. Con horror comprobó que no podía moverse mientras creía flotar entre la nada. Súbitamente todo se apagó tiñéndose de negro. Las manchas, antes difusas, mutaron a un opaco y sordo negro. Ya no veía, no olía, no oía, ya no sentía... nada.

Y zas, unas microscópicas agujas luminosas comenzaron a aparecer por doquier asaeteando sádicamente sus alucinadas pupilas. Y crecieron y crecieron acompasadas por un monótono zumbido, llenándolo todo de sólida luz. Los sentidos le estallaron, por unos instantes quedó ciego, sordo y mudo, y su cuerpo empezó a perder ingravidez acometiendo un resbaladizo tobogán hasta estrellarse contra el doloroso suelo. El impacto fue brutal, el chasquido de la armadura le devolvió la facultad auditiva y la táctil. Durante unos eternos minutos permaneció encogido, en postura fetal, desprotegido, aturdido. Paulatinamente la maciza luz veló a tenues contrastes y estos, lentamente, fueron perfilando la realidad.

Cansinamente incorporó su magullado cuerpo restregando los restablecidos ojos con sumo cuidado... y otra vez el sol omnipotente, rojo y asador, se adueñó de todo. A escasos cinco metros advirtió su arma, se precipitó sobre ella asiéndola y volviéndose hacia sus espaldas en un mismo ademán. Buscó, escudriñó, los movimientos de radar de su cuello no detectaban nada, absolutamente nada. El familiar paisaje seguía allí, pero la apestosa y horripilante máquina había desaparecido como por encantamiento. Tenía que serlo. ¿Qué oscuro conjuro la apartaba de su justa venganza?, preguntó su aturdida conciencia no sabiendo que acababa de traspasar el vórtice. Oteó el horizonte en busca de su inseparable compañero sin ningún provecho. Al final tuvo que admitir la cruel realidad, estaba solo, completamente solo, en aquel devastador valle de la muerte.

Al azar eligió el camino y penosamente, más mal que bien, fue devorando distancias.

Hacía horas que deambulaba por el abrasado mar de tierra cocinándose a cada paso cuando decidió arrojar el lastre. Primero fue el casco, luego alguna que otra pieza de su ahora incómodo blindaje; al final, la voluminosa arma. Cada tantos desfallecimientos miraba atrás cegándose con el fulgor del sol sin poder calcular el camino recorrido. El tiempo parecía haberse detenido, el horizonte siempre uniforme enmarcando aquel océano desértico y calcinante, invariable fuesen cuantos fuesen los pasos transcurridos. A punto estuvo de desvanecerse tres o cuatro veces y caer abandonando toda esperanza de salvación, pero su indomable voluntad apuntaló el trastabilleo.

Arrastraba a duras penas los pies cavando surcos de heroísmo cuando en la lejanía creyó atisbar la ansiada providencia. Redobló el paso, que ya sólo obedecía a la fuerza de su convicción. Los ojos se le nublaron y la respiración se tornaba insoportable, cada inhalación suponía una nueva horneada a los pulmones.

De pronto se detuvo, un oscuro presagio recorrió sus pensamientos. Tan oscuro como lo que antes, a lo lejos, creyó un río, ahora veía. "Los ríos no son negros", exclamó frotándose las secas cuencas de los ojos. "Tal vez sea otro ardid de las fuerzas del Mal, quizás uno de esos antinaturales engendros que tanto gusta de crear", continuó diciéndose y acariciando el arma que portaba al cinto, la única que conservaba, dirigió su caminar a lo que ahora simulaba ser una negra, expectante e inacabable serpiente al acecho. ¡Nunca se percató que había atravesado el vórtice!


Plasht. Cerró el comic conservando en la retina la última página enlatándola a toda prisa con una tenue sonrisa. ¡Cómo le gustaría parecerse a aquel indomable superhéroe y no ser un pobre desgraciado! Pero lo era. Esos cantares de gesta bocadilleando aquellos dibujos y los de su imaginación no pasaban la frontera de la mera fantasía, lo sabía, pero constituían el único e indispensable colchón que amortiguaba a diario su puñetera vida.

Controló a izquierda y derecha, por el rabillo del ojo, si alguien lo observaba y con un rapidísimo ademán escondió el tebeo bajo su sucia camisa. Ya poseía algo más con qué protegerse de la nocturna y fría intemperie... y de la realidad.

Antes de salir de la tiendecita de la gasolinera hizo acopio de un par de latas de sardinas, un yogur y tres chocolatinas rellenas, financiándolo, naturalmente, con el mismo sistema de dedos fáciles. Sólo llevaba las dos monedas que utilizó para que la máquina escupiese el paquete de cigarrillos, el único saldo disponible en sus quince años y medio de mucha y desengañada existencia.

La raída mochila de contrapeso bajo un sol de justicia, el estómago ligeramente reconfortado por la chocolatina, el andar cansino. La mano derecha acariciando veladamente el comic sobre el ombligo, la mente paseando por Nuncanada, la izquierda arrojando despreocupadamente la chamuscada colilla. Arribaba a su destino, el arcén de la carretera, cuando lo despertaron las increpaciones del gasolinero: "Tú, gilipollas, a ver si miras dónde tiras el cigarrillo". Ni tan siquiera se volvió, con cierta desgana cerró la mano elevando el vaivén del pulgar al tránsito. A pesar de no entornar los párpados ya no veía los centelleantes coches, los pensamientos de Juan Expósito, alias el Corto, habían regresado velozmente al paraíso de Nuncanada.


El caballero se aproximó con tiento aferrándose a la compañía del pomo de su arma, aun así quedó estático y perplejo. Se hallaba a escasos veinte metros del enigma cuando barruntó la increíble solución. Ni río ni reptil, sino un plano e inacabable camino tallado en una sola pieza de algo que parecía ser lava negra y tan pulido como el cristal. Miró a ambos lados recapacitando la difícil elección, se encomendó a la borrosa e inalcanzable imagen de su platónico sueño y comenzó a pisar aquella lengua pétrea y negra en dirección al Este.


Manuel Sánchez Sánchez no era una canción, sino un bajito y panzudo camionero que a golpes de kilómetros y anfetaminas conseguía, mal que bien, pagar las letras del Scania: su única religión. Manuel Sánchez Sánchez huyó de aquel pueblecito castellano que lo vio nacer nada más acabar la mili, cumpliendo la firme promesa de no doblar el espinazo hasta romperlo intentando arrancar algún fruto a la estéril tierra, como había hecho su padre de sol a sol entregando salud y alma. Por lo menos el servicio a la patria lo recompensó con el bendito carnet y los años, la obsesa dedicación, los millones de kilómetros y las anfetaminas lo encaminaron a su sueño.

Manuel o "Función continua", como le decían los compañeros, era un hombre curtido a base de curvas y horario infinito pero, aunque terco y bruto, una hornada de pan bendito. De brazos cortos, manos regordetas, pero agilísimas para engullir fabada, mucho pelo en pecho y rumberos gustos musicales, no paró ni tan siquiera una sola vez en su monótona vida en esos oasis de carretera iluminados de verde y rojo con escotadas chicas tras la barra americana. Lo único que lo hacía detenerse, aparte del repostaje de depósito y panza, era ayudar al necesitado. Una avería, un accidente, o como lo que ahora veía: alguien indefenso tirado en medio del camino. Marcó el intermitente, accionó el freno eléctrico, luego, dando sucesivos toques, el hidráulico. Lentamente se detuvo en el arcén crepitando gravilla.

"¿A dónde vas, chaval?", soltó Manuel asomándose por la otra ventanilla.

El Corto conectó los ojos descendiendo de su particular limbo. Esbozó una casi imperceptible sonrisa para ilustrar el escueto pero sincero: "A donde me lleve". Manuel, tras una breve mirada de complicidad, le franqueó el paso al Scania, a la rumba bullanguera y a su amigable soledad.

"Función continua" no lo ametralló a preguntas, ni tan siquiera lo atosigó con la insípida charla, dejó que el Corto desgranase sus entrañas entre tragos de vino a su vieja bota castellana y los furibundos bocados a la chistorra que le convidó.

El Corto, mecido más por la pesadez de los chorizos que por el vino, lentamente entornó los ojos. Sólo recordaba haberse sentido tan lleno una vez en su vida, fue poco antes de escaparse del hospicio, hará ya tres años. Llegó de visita no sabía qué señorona emperifollada, acompañada cómo no del arzobispo, empeñándose en comer con ellos y, ante el asombro general, les dieron lo que no comían en un mes.

Instintivamente el regusto de la chistorra le obligó a apretar el comic contra su estómago, se dio cuenta que no quería que se le escapase este sueño y con todas sus fuerzas se aferro a él.


El caballero zigzagueaba exhausto por el ancho caminal con desacompasados pasos apoyándose en su espada cuando un agudo silbido le hizo percatarse del cercano peligro. Giró el cuello y sus ojos se clavaron en la lejana figura que se aproximaba con inaudita celeridad. Respiró profundamente elevando los brazos al cielo en un intento por captar las cósmicas fuerzas que representaba, y llenarse de ellas ante el inminente combate.

Al ajustar las pupilas distinguió la amenaza, era un gusano gigantesco , y mas veloz que un rayo, que se precipitaba directamente a él resoplando de rabia. Asió la espada con las dos manos y alzándola parsimoniosamente hasta el pecho la apuntó hacia la furiosa bestia. En un abrir y cerrar de ojos la tuvo encima, entre penetrantes olores a almizcle quemado y un estrepitoso pitido. No vaciló, le hundió el espadón en el morro perforando el metal que lo blindaba. El monstruo se paró inmóvil, acompañando el crujir de los estertores con un considerable y ardiente vaho que escapaba de su boca.

El caballero, haciendo acopio de las últimas energías, clavó su arma hasta la empuñadura evitando que el engendro restañara sus heridas y retorciendo salvajemente la hoja rezó por que aquella estocada fuese la definitiva.

"Será joputa", fue lo único que Manuel consiguió articular al bajar del camión; lo único que, incrédulo, pudo escupir su boca al constatar el estropicio.

"Función continua" conducía a cabezazos contagiándose de la modorra que hacía ya buen rato doblegaba al Corto. Circulaba por la tranquila recta cuando a eso de unos cien metros advirtió a un extraño tiparraco en el centro de la calzada. Retumbó con el claxon , le dio luces, pero ni por esas; el majará aquel seguía plantado en mitad de la carretera. No tuvo más remedio que frenar quemando sus costosas Firestone, de milagro logró parar el trailer a centímetros del larguirucho personaje. Se apeó a ver como estaba el susodicho individuo y el alma se le cayó a los pies. Un tremendo espadón clavado en el radiador de su amado Scania a la altura de la n y un esquizofrénico vestido de espantapájaros hurgando con el descomunal mandoble entre los vapores del agua hirviendo que escapaban de la destrozada rejilla.

"Pero será joputa", le repetía una y mil veces el cerebro y el eco de su voz sin saber lo que hacer. Le echaba mano al cuello o se ponía a llorar. Estaba en tal dilema cuando el tipo en cuestión prorrumpió con una extraña letanía terminándole de turbar.

—Alejaos a toda prisa y no temáis, buen castellano, que yo Alonso Quijano, miembro de la muy noble e ilustre Hermandad de la Caballería Andante os libraré del cautiverio de aquesta infernal criatura.

Y dicho esto, desclavando la espada, le arreó otro devastador viaje a su pobrecito Scania, y la S y la c saltaron flácidas hechas moco. Iba a arremeter contra la i y la a, ante la estupefacción de Manuel incapaz de cualquier reacción, cuando la intervención del Corto detuvo la carnicería.

—Jefe, tranquilícese que está destrozando el carro del colega.

El caballero, con el arma en vilo, se petrificó durante breves instantes hasta que acertó a decir: "¿Acaso es esto un carruaje?".

El Corto, que de tal tenía poco, sólo su afición por el Maltés, prosiguió astutamente: "Y de los mejores que existen, que mi amigo Manuel, Sánchez Sánchez para más señas, no repara en gastos cuando se trata del currelo".

—¿Sánchez?... ¿Sancho?... ¡Sancho! Perdona, mi buen Sancho, que no te reconociese, pero con semejantes ropajes más pareces titiritero que persona de buen hacer.

Manuel iba a responder que Sánchez Sánchez y a mucha honra, y que de Sancho nada, y menos titiritero. Pero el hidalgo no le dejó ni tan siquiera comenzar y pasándole el brazo sobre el hombro señaló con la espada al horizonte enumerándole el sinfín de aventuras que aún les aguardaban.

"Función continua" balbucía a duras penas intentando serenar el atropello de fantasías de aquel rarísimo flaquilargo, el compadecerse de sus desvaríos no conllevaba participar en ellos. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Pero sus pacientes observaciones de nada valían, por lo visto, el loco asumía con arrebatadora vehemencia su papel.

Fue el Corto el que cayó en el sutil detalle. Por algo su fugaz estancia en Toledo, arrebatando souvenirs y paquetes de regalos de los coches de los güiris, había sido tan propicia en recolectar rentables reproducciones de espadas antiguas. Y por lo que sabía él, la que llevaba esta quimérica y descabellada aparición era auténtica, demasiado auténtica. Tanto como su modo de expresarse, tanto como sus deshilachadas ropas. Lo miró con todo detenimiento y un quirúrgico escalofrío le recorrió las entrañas diseccionando su habitual aplomo. ¿Era posible que alguien pudiese traspasar la frontera del tiempo y de la realidad? En sus comics se podía, pero aquí, en el mundo de todos los días, en la palpable aspereza de estrés y el desengaño era menos que impensable. Sin embargo el dedo en la llaga era este curioso personaje, desde luego a su lado lo tenía, demasiado tangible y real como para no ser cierto. Además, para terminarlo de arreglar, el caballero se había empeñado en llamarle, y él creía conocer el por qué, en vez de Corto, Cortadillo.

Sancho, o Manuel, o "Función discontinua", ya no se sabía muy bien, intentaba resistirse, pero el caballero casi lo tenía convencido. Subieron al camión entre la cautivante verborrea del Hidalgo, y no sonó la caliente rumba en sus oídos sino los utópicos deseos del retornado caballero al que le daba completamente igual el año en que estuviese, su único afán era arreglar desaguisados.

—Andad, mi buen Sancho, soltad la galga ya y enfilad este sin par carruaje hacia el glorioso destino que nos aguarda. ¡Temblad, monstruos, magos y gigantes, ogros y demás abominables engendros del averno, vuestros días están contados!

—Y dale, pero si ya no existen esos seres. Recuerda que estamos a finales del siglo XX.

—Da igual, mi fiel escudero, siempre habrán entuertos que desfacer...

Cortadillo miró de reojo al impaciente caballero, no vestía ningún reluciente uniforme confeccionado a base de indestructibles polímeros, ni tan siquiera iba armado con un letal cañón de plasma. Tan sólo cubría su desgarbada figura con unos ajados harapos, tan sólo blandía torpemente un oxidado espadón. Quizás por ello fuese más real, mucho más real que aquellos superhéroes de ideas digitales, códigos de honor de silicona y sentimientos de franquicia de hamburguesas. Sí, puede, o más bien, con toda seguridad, el empellón que necesita este mundo nuestro de cada día fuese esa ciega determinación del hidalgo y sobre todo la cualidad de la que se derivaba su original apodo. Volvió a contemplarlo respirando su envidiable demencia, ya se veía acompañándolo en la persecución a los papelineros de esquina sarracenos; en el ataque a los encantados supermercados, en el reparto de alimentos a los pobres siervos gleba; en la toma de la inviolable fortaleza del canal autonómico, en el encendido discurso revolucionario frente a las cámaras. Y con un suspiro burlón arrojó el comic por la ventanilla juramentándose a la fantástica cruzada. Cortadillo no creía en las casualidades, pero la verdad es que era demasiada causalidad. Sin embargo, al fin, sus pensamientos lograron un mohín reflexivo rescatando la luz. Claro, a lo mejor, por una sola vez, los huidizos hados se habían confabulado en una suerte de azar... para regalarnos la esperanza. La esperanzadora locura del Ingenio.