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Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 36, del 17 de noviembre de 1997

Las letras de la Tierra de Letras


#018

Daniel Benmergui

Rara vez se levantaba de noche. L era una mujer cuidadosa, y sabía lo arriesgado que era salir tarde. Pude haberla acompañado, pero me había susurrado en la oreja que me quedase acostado porque iría a buscar algo a la farmacia; entonces seguí durmiendo.

Tiempo después me despertaron golpes y gritos. Sobresaltado, me levanté a espiar por la mirilla el hall de entrada. La puerta del departamento "D" estaba abierta, con el cerrojo astillado. Se escuchaban insultos y amenazas. Al poco tiempo salió un tipo de bigotes con mi vecina agarrada de los pelos en una mano y un arma en la otra; tras él, dos policías uniformados cargaban una pila de folletos probablemente subversivos. No hubiese imaginado esto de mis vecinos. Fui al baño a meter la cabeza en el inodoro el tiempo reglamentario. Luego seguí contemplando por la mirilla unos minutos más. Los gritos se habían desvanecido en la escalera. La escandalosa escena había terminado y la paz se restauró una vez más. Empecé a pensar en L. Quién sabe cuánto dormí mientras ella no estaba. Hacía tiempo que debería haber vuelto. Introduciéndome el documento en la oreja por si lo perdía, tomé el ascensor.

En la entrada del edificio me encontré al portero. Barría los cristales rotos de la puerta principal silbando un tango. Lo saludé y pregunté por L. Pero por señas me hizo saber que su voz había sido arrestada por tres días, y no sabía leer los labios; lo cual era obvio, de lo contrario también hubiesen arrestado su vista. Recién al salir noté que aún era de noche. Seguí por la calle empedrada hasta la esquina de la farmacia. Estaba abierta. Su dueño, un viejo enano ordenando frascos sin etiqueta de una repisa, me hizo señas de que ya me atendería. L no estaba allí, pero sí estaba su madre subida a una balanza, llorando. Cuando le pregunté si lloraba por su hija, me dijo que era una técnica para perder grasas. El viejo enano me preguntó bruscamente qué buscaba. Le pregunté por L, y me dijo que estaba debajo del mostrador; pero cuando me fijé vi que era su esposa, aspirando unos frascos que robó de la repisa cuando su marido no miraba. Salí entonces para buscarla en otro lado.

Me distraje y tropecé con el cartel de una comisaría. Decidí entrar a buscarla en la administración de arrestos (quizá estuviese allí). Se había formado una cola enorme. Un tipo con zancos y sin ojos recorría la fila golpeando de tanto en tanto con una fusta a un viejo que hablaba solo. Correteando por el lugar había una anciana sin piernas, que se arrastraba con las manos y le mordía los talones a aquellos policías que veía cargar papeles. stos, dejando notar fastidio, la consideraban una molestia más que una amenaza. Tiempo después llegó el esposo de mi vecina, colocándose detrás de mí. Para evitar problemas, contemplé en silencio las baldosas blancas y negras del piso hasta que llegué a la ventanilla.

Un empleado me entregó un formulario con cara de fastidio. Había que llenar muchos datos, y algunos no los sabía. Como no tenía el documento de L, intenté explicárselo pero no me dejó terminar.

—...¡Si ella llevaba el documento no pudieron haberla arrestado! Vuelva a fijarse en su casa, a ver si está en la cocina, en el baño o en lo de un vecino. A lo mejor lo abandonó. Suele pasar. Pero si no puede llenar el formulario, yo no lo puedo ayudar. Vaya a ver al juez.

Dicho esto, golpeó violentamente el formulario con un sello que decía: "ANULADO". El esposo de mi vecina se me adelantó y empezó a llenar el suyo. Sin saber qué hacer, le pregunté a un ordenanza dónde dirigirme. Se quitó las orejas y se las guardó en el bolsillo, bajando la vista. El tipo con zancos me señaló la salida con la fusta. Busqué la boca del subte para ir a Tribunales, pues supuse que allí estarían los jueces.

Curiosamente, mientras viajaba al centro un hombre pintado de negro saltó hacia adentro desde una ventanilla, y velozmente escribió en una de las paredes algo que me hizo sangrar los ojos. Un guardia logró atraparlo antes que huyera por donde entró y luego controló que todos hubiésemos sangrado como es debido. Hecho esto, borró la inscripción. Bajé en mi estación, y mientras lo hacía vi cómo se llevaban a la criatura a los sanitarios, mientras se retorcía pidiendo ayuda. Este tipo de comportamientos me resultó inexplicable. Al siguiente segundo me olvidé del asunto.

Cuando llegué al juzgado estaba amaneciendo. En él, los jueces se entretenían formando figuras con expedientes que parecían ocupar todo el piso y las paredes. Uno de ellos estaba con el policía de bigotes, el cual estaba más viejo, casi tanto como el juez. Cuando me le acerqué me dijo:

—¿Qué hace usted en este lugar? ¡No pierda tiempo, L está en el océano!

Desanimado, salí del lugar y fui a buscar a un psicólogo que decía ayudar a buscar en el océano. Pero éste me dijo que en el océano no hay gente sino sexo. Abrió su armario y me mostró un maniquí, gritando:

—¡Pero L está acá! —y todos los que escuchaban detrás de la puerta aplaudieron. Satisfecho, volví a casa y seguí durmiendo.