
—Adelante, pasen, pasen —dijo X-2 cediéndole el paso a los invitados, quienes sonrientes, pero silenciosos, fueron acomodándose en los sillones.
X-2, frotándose las manos, los miraba y remiraba, caminando en círculos a su alrededor, se ajustaba una y otra vez el monóculo, y de cuando en cuando tiraba del cabello o de la nariz de un invitado, que permanecía sonriente, pero silencioso.
De pronto, X-2, dándose una palmada en la frente, recordó sus deberes de anfitrión:
—¿No hay nada para brindarle a mis invitados? —preguntó a gritos, y una hermosa mujer apareció, trayendo en sus manos una bandeja repleta de tornillos, tuercas y todo tipo de metales viejos y oxidados, que ofreció a los sonrientes pero silenciosos comensales, quienes se arrojaron sobre la oferta haciendo crujir entre sus mandíbulas el hierro y el acero.
—Bueno, bueno —repetía una y otra vez X-2, quien ni reparó en los estropicios sufridos por las vestiduras de la hermosa, que casi perece ahogada con el desordenado apetito de los invitados.
—Tráeles de beber —ordenó X-2, y el regreso de la hermosa, con un cubo repleto de grasa, promovió otro tumulto entre los invitados, del que la joven salió ilesa por pura casualidad. Agotado el contenido del recipiente, los invitados regresaron a sus asientos, sonrientes pero silenciosos.
—Excelente... Excelente —alababa X-2 sin hacer caso del disgusto de la mujer, y acercándose a los invitados, les pidió:
—Digan algo, señores, digan algo.
—¿Qué van a decir? ¿Qué van a decir? —se entrometió la mujer—, si ustedes no le fabrican lenguas a estos humanoides de rango inferior.
—Cállate —gritó X-2 enfurecido—, cállate, o me olvido de que eres mi esposa y te mando junto con los demás humanos a trabajar en mis minas. Que aquí mandamos nosotros: ¡los robócratas!
—Granete —bramó el viejo Lorenzo—, si me sirven machuelo otra vez... no sé lo que va a pasar aquí.
—Pero, papá —Granete se detuvo apretando la cazuela con los machuelos comprados por una ganga: a diez por un peso.
Granete comenzó a preparar los machuelos y las lágrimas le corrían por el rostro amenazando con desbordar la cazuela. Estaban a mediados de mes y durante 15 días, los machuelos presidirían la mesa como plato principal. El viejo Lorenzo continuaba con sus maldiciones, entre las que se destacaba la palabra "ahorcarse" y Granete, llorosa, no daba con la fórmula salvadora del almuerzo.
Las lágrimas llovían sobre la cazuela cuando llegó el hermano de Granete, quien con un gesto de repugnancia apartó la cazuela, pero ante el llanto de la muchacha se abstuvo de hacer comentarios.
—Papá no quiere saber de los machuelos —le comunicó ella.
—Pela esos boniatos y ponlos a cocer —dijo el hermano—, que se me está ocurriendo una idea.
Mientras Granete se ocupaba de los boniatos, el hermano colocó un caldero de agua sobre el improvisado fogón y comenzó a afilar el cuchillo.
—¿Qué piensas hacer? —le preguntó la muchacha.
—Matar al puerco.
Al escuchar los desesperados gritos del porcino, el viejo cargó con la mesa para el patio. Haciendo un uso discreto del agua caliente y el cuchillo, despojaron de pelo al animal, lo afeitaron y le pulieron la piel como un ladrillo, lavándola con agua del tiempo. El viejo benefició al cerdo y en el mismo caldero, comenzaron a freír los chicharrones. Granete, atenta, les sirvió una abundante gandinga con boniatos hervidos, y el semblante de todos cambió visiblemente.
Entre risas y bromas, terminaron de destazar al cerdo, Granete cantaba lavando las botellas para almacenar la grasa, y en la cazuela con lágrimas, los machuelos aguardaban.