
Umbrales del ausente
Everardo Rendón
Umbrales del ausente
No pregunten a nadie
pregúntense todos
pregúntenle, no al amarillo
ni al rojo ni al negro ni al azul infinito.
Al imposible color que adiviné desde siempre
a cierta hora de la tarde
en que mi soledad no tenía ombligo.
Al bosque de misterio
que escapó de mi lienzo
a mi desvelado reloj
horadando gota a gota
la piedra del insomnio.
A la cuerda floja que estremecía mis noches
y los adioses constantes
que grité desde adentro
A los versos que hice para espantar mis miedos.
Pregúntenle a la fugitiva palabra
que en la punta de mi lengua se tornó silencio.
A la ciudad y sus muros rojizos
cubiertos de polvo y mutismo
Al amor y su desfalco de siglos
Y al insoportable beso que jamás
tocó mi piel irredenta.
Al rectángulo de hastío
que día tras día
se asomó a mi espejo.
Por el discurso irracional
de los orates y la furia
inconclusa del cuchillo
Por el olor del pan
en los hornos de esta mañana
Y el hambre que no mereció
los frutos de esa oración
Por la sangre y el oro que se buscan
como dos viejos amantes
Por el puñado sin fin de música
que riega el cucarachero
en los oídos del día
Por aquellos que sueñan
la hora exacta de su muerte
y piden perdón a sus verdugos
Por la incierta mirada de Dios
sobre los hombres
y el llanto tan inútil y necesario
como el olvido
Por la tristeza como viuda
de violín enlutado
y mi vanidad que es otra forma
de engaño
Por mi primera maestra cuyo sueño
he sexualizado infinitas noches
Por el hijo y el padre
que me recuerdan a Kafka
Por la suma y la resta
de todas las hormigas del mundo
su desfile secular
y su tiempo sin límites
Por el triángulo que no pudo ser
círculo
Y el velo que me separa de un color
que adivino siempre
Por los niños que sueñan
con fantasmitas rosados
y los hombres sonámbulos gimiendo
al filo de pesadillas
Por una secreta mujer que amo
acariciando el terror de no tenerla
Por mi otro
el NN que murió inocente
dejándome su nombre imposible.
Los matices infinitos de los colores
La música
sosteniendo el tiempo
en el umbral del cielo.
Un pedazo de sol entrando
por un postigo a las tres de la tarde,
la soledad del primer hombre
que es igual a la de todos.
Los obreros constructores
en sus andamios de sueños;
las páginas del libro
que nadie escribirá;
la muerte de una hormiga
bajo la pata de un elefante,
los ojos de los niños
tras los globos de colores
y los ríos que se van y vuelven.
Las meretrices y sus amores
El semen brotando a chorros
en las masturbaciones adolescentes.
Los caballos que orinan espumas
con un placer bestial;
Cierto brillo oculto
en el ojo del asesino.
Las mariposas amarillas
que en su fiebre orina el malherido.
Los cadáveres de los pájaros
que se estrellan
contra los vidrios de las ventanas.
Los segundos pasando en procesión
como hormigas infinitas
arrastrando la piel constante
de la historia
El río del tiempo
donde los hombres emergen y sumergen
su existir de sueño.
El péndulo de colores y la soledad
de un niño buscando en el bosque
el corbatín de su primera comunión.
Un obrero constructor
que ayer cayó del piso trece
dejando en el pavimento
la mancha de aceite
de su corazón enamorado
y en el aire veraniego de la tarde
congelado vuelo de palomas
y nuestros ojos despeñándose con él
un poco al desamparo.
La bala que perforó la cruz de una frente
un miércoles de ceniza a las ocho de la mañana.
El funeral de una hormiga
en rojizo palacio subterráneo del µfrica
y el desfile silencioso
de adiós interminable.
El pequeño cantar de un hilo de agua
entre el rastrojo del olvido
y un saxofón
acunando boleros
frente al balcón de la luna enamorada.
La fragilidad del mundo
tras el instante y el vuelo
de una mariposa;
Una cierta tonalidad del firmamento
en la hora que los abuelos llamaban
"Penumbra de la paloma"
La calma de los viejos que regresan
mirando por los ojos de los niños;
Los vagos rostros de las mujeres
que erotizan mis sueños;
La espada y la pared
soportando nuestro peso cotidiano;
Un cuchillo varado entre las yerbas
y quién sabe dónde las manos
de su hacedor;
Una cometa amarilla tras una nube
de infancia
y la camisa blanca de mi primera comunión.
Los lugares extraños donde me llevan
mis pesadillas y quedan noche a noche
aterrados mis perseguidores;
La calavera de una mujer que amé
y el horror de saberla siempre mía.
Sábato acosado por una legión de ciegos;
Los pulpos espantosos que viven
en algún libro de mi niñez;
Un cuento de Horacio Quiroga
donde una serpiente
se hace amar hasta la muerte.
El adiós callado que sin darnos cuenta
decimos a los seres y las cosas;
el espejo negro
que un día de tantos
encontraré al final de mis días
P.D.
Una mujer que sueño esperándome
en Singapur.
Para Orlando Valencia o "la caída del sujeto".
Ya no queda una gota para ti
Ya no mendigues el amor,
retírate a tu más íntima soledad,
y escucharás un pájaro
que guarda para el invierno
su más fino canto.
Aquellos que me amaron estarán
en el ciego laberinto
que tejen los recuerdos
La congregación de los míos
en aquella vieja casa de campo
de inmensas tapias y naranjo en flor
Tantas noches de afecto
en torno a la luz de las velas
historias de espantos
y noches inmensas de estrellas.
Viajarán a Ixtlan conmigo
aquellos que amé y ya partieron
mi madre con su habitar callado
la primera mujer que con un beso
soltó potros salvajes en mi pecho
La primitiva comunidad que fuimos
Y esta alegre tristeza
de saberme
inasiblemente solo
en la inmensidad del universo.
Ixtlan mi patria constante
la línea recta sin término
de mis días
el sutil y prodigioso instante
con que la eternidad cargó mi vida.
Y en la penumbra
aún flotan tus palabras
y tu esquivo perfume
sin querer irse
de nuestro cuarto desierto.
Tras la ventana los pájaros
huérfanos de esa ternura
que de tus manos
desharinabas diariamente;
comensales sin anfitriona
ellos conmigo
notarios del olvido.
Todo ha cambiado
y parece estar como aquel día
a las 6 am
cuando saliste de casa
para no volver.
O como el acto
dejando en oquedad constante
el esplendor
de la palabra
y herida de mordaza
su morada.
Entonces el habitante
silencioso
ve discurrir como el agua
entre sus manos
el poema.
Entonces
para sumirnos en lo profundo
del sueño
montábanos
nuestros zancos de cristal
dispuestos a bordear
el precipicio
de cada noche.
Agua sexual corriendo
buscando el ombligo del mar
en tus ojos de primera comunión
con los abrazos
la blanquecina mujer
jugando entre el agua
con su cuerpo de sueño
más allá del vidrio corrugado
de mis ojos febriles.
Maullaba una gata enlunada
en la terraza de tus sueños
una música de cálidos lenguajes
mojando los deseos
Oigo su voz diciendo
"Eres el primero"
Yo adivino una fila de hombres
sin rostro
tras la puerta
Al rojo vivo la noche
el hundimiento de los cuerpos
Después
dos ángeles vencidos
borrachos de sol
en el patio de la mañana.