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Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 37, del 1 de diciembre de 1997

Las letras de la Tierra de Letras


Dos cuentos

Marc Sil

¿Estás ahí, querida?

Andrés y Laura habían discutido por un malentendido. Andrés con cordialidad había acompañado a su novia a su casa pero no la besó en los labios y se separaron disgustados, sin despedirse como dos enamorados. El orgullo los enredaba.

Laura despertó sobre la almohada húmeda por las lágrimas. El tiempo invernal helaba las aceras y los sentimientos. Andrés la llamaría para darle los buenos días y reconciliarse. Siempre había sido así las anteriores veces en que habían discutido.

Era sábado y Laura no trabajaba. Pensó en quedarse en la cama hasta que sonase el teléfono. En cualquier caso no tenía fuerzas para levantarse. Una fuerte melancolía le devoraba el estómago. Sonaron las nueve en el reloj del comedor. Sonaron las diez. La depresión empezó a señorearse de su alma. Le costaba respirar. Venció su soberbia y se decidió a llamar a la casa de su novio, era muy improbable que estuviera aún allí pero la monótona cantinela electrónica le indicó que comunicaba. Por cinco veces reiteró su intento. A la sexta la voz congelada de Andrés emergió por el auricular.

—Le habla el contestador automático de Andrés P.; en este momento me resulta imposible atenderle. Le ruego que aguarde hasta escuchar la señal y me deje grabado su mensaje y número de teléfono. En cuanto me sea posible le llamaré.

Laura contrariada colgó el teléfono. No hay mayor frialdad en los glaciares alpinos que en los contestadores automáticos.

Si aún no había llegado a su despacho y ya había salido de casa debía estar en su automóvil, quizás en medio de un atasco.

Si era el coche de la empresa tenía un teléfono. Nunca le había gustado esa moderna costumbre de incontinencia oral. Pero se trataba de una emergencia. En algún lugar del comedor debía estar su bolso, descendió al primer piso, no encontraba su agenda, maldijo no haberse aprendido de memoria aquellos dígitos, por fin la halló en la confusión de una estantería.

La primera vez que marcó erró el número.

—Se equivoca usted, señorita, aquí no hay ningún Andrés.

La segunda de nuevo escuchó la desquiciante sintonía que indica que el usuario está comunicando.

Ya le había localizado, sabía que viajaba en el Mercedes verde de su compañía.

Reiteró la llamada diez minutos después y dejó sonar quince veces. Nadie cogió el teléfono.

Se decidió a marcar el número de su oficina.

Una voz cristalina fluyó de los cables eléctricos.

—¿Dígame?

—Querría hablar con el señor Andrés, ¿es posible?

—Lamento decirle que aún no ha llegado. Si quiere usted intentarlo más tarde o dejar algún mensaje.

—Por favor, ¿podría usted decirle que ha llamado Laura?

Debía estar subiendo las escaleras que conducen a su despacho. La angustia empezaba a desorbitarle los ojos. Sin duda la llamaría cuando tuviese un instante, inmediatamente después de saludar y dar las órdenes pertinentes a su secretaria. En los próximos instantes escucharía el timbre que la rescataría del pozo psicológico en el que comenzaba a asfixiarse. La impaciencia y el nerviosismo la paralizaban junto al aparato. Pasaban los minutos y la llamada no llegaba. Media hora aguardó como una estatua. Después se armó nuevamente de valor, superó nuevamente su orgullo y pulsó los números que podían hacerle oír la voz más deseada. Mas otra vez hizo vibrar sus tímpanos la dicción perfecta de su secretaria.

—¿El señor Andrés, dice usted?

—Sí, por favor.

—En este momento no puede atenderle, está reunido con el director general.

—Pero, le ha dicho usted que he llamado.

—Naturalmente, señorita, suelo cumplir eficientemente con mi profesión.

—No era mi intención discutir su competencia profesional. Pero, disculpe usted que la siga molestando. ¿No ha dejado ningún mensaje para mí?

—Lamento tenerle que contestar negativamente.

—Gracias, ¿sería usted tan amable de volverle a decir que he vuelto a llamar?

—Le dejaré una nota porque es probable que ya no nos veamos, pues la reunión seguramente se prolongará tres horas con lo cual ya habrá concluido mi jornada laboral.

—Gracias, de nuevo.

—A usted, señorita.

Ambas colgaron al unísono.

Le había perdido, sin duda le había perdido para siempre. La última discusión había matado su amor. ¿Qué otra explicación podía haber? Andrés, siempre tan atento a sus mínimos deseos, conocedor fiel de todos sus caprichos y preocupaciones, no la llamaba deliberadamente para torturarla, para que la angustia le hundiese sus garras de rapaz en las entrañas. A las dos volvió a intentarlo con su teléfono directo. ¡Cuántos números tenía de su novio! Pero ninguno le abría la puerta de su voz.

Las notas que indican que el usuario está comunicando parecían los acordes de un réquiem mecánico y descabellado. Se dirigió al cuarto de baño y tomó la caja de barbitúricos. Se tragó diez grageas con la pasión de un niño goloso, pero su gula le descorría las puertas oxidadas de la muerte. Quedó tendida sobre las frías y asépticas baldosas, adormecida. Se precipitaba hacia un vacío sin fondo. Las paredes y la luz se oscurecían cuando oyó sonar el teléfono. Quizás fuese él. Aún había tiempo. Correría a tomar el auricular que le comunicaría de nuevo con la vida. Le diría: "Todo lo he hecho por ti, porque te quiero y sin ti el mundo está descolorido". Trató de incorporarse pero no podía ni tan siquiera levantar el cuello. Fue reptando por el pasillo. El timbre la guiaba por un espacio oscurecido, era la luz al fondo de un corredor inacabable repleto de celadas y agujeros. Debía alcanzar el aparato antes de que el timbre enmudeciera y la voz la asiría a la vida. Llegó hasta la mesilla. Pero no podía incorporarse. Tomó el cable del teléfono lo estiró; logró hacerlo caer pero para su desgracia casi al mismo instante, el instante que hubiera sido el de la victoria, el timbre dejó de oírse, tomó el auricular, pero no había nadie al otro lado de la línea, habían colgado hastiados de la espera, o pensando que no estaba en casa. Volvió a marcar el número de la oficina. Eran las dos de la tarde. En el peor de los casos ya habría acabado la reunión. Erró al primer intento y con el resto de sus fuerzas acertó los dígitos idóneos. Pero el latigazo electrónico volvió a golpearla sin piedad. Andrés estaba comunicando. Colgó y al borde de la extenuación, al borde del desmayo marcó otra vez para recibir de nuevo el flagelo intermitente. Ya no volvió a intentarlo. Las paredes se le borraban, el mundo era un espejo giratorio. El bordoneo de los coches se alejaba como voces escuchadas desde un sueño cuando, de nuevo, entre la confusión de recuerdos y pesadillas, se elevó un sonido metálico, discontinuo, intermitente. Ya casi no distinguía las formas, pero entre las sombras reconoció el auricular. Lo levantó y escuchó la voz, la voz de Andrés.

—Laura, querida, perdóname. Estuve ayer demasiado brusco, pero te quiero, te quiero mucho. He estado llamando todo la mañana. Pero comunicabas. Todo el día estabas comunicando. Creía que te había perdido. ¿Estás ahí, querida, estás ahí? Laura, por favor, contéstame. Laura, por favor, contéstame. ¿Estás ahí, querida, estás ahí?


Círculo (La maldición de Everett)

Cuando el profesor acabó de dar su clase nevaba sobre los centenarios muros de Toledo y no había un alma en sus callejones seculares. Avanzó por la resbaladiza acera en dirección hacia su coche y vio en el suelo un objeto brillante que le absorbió plenamente la atención durante unos segundos. Le sacudió el mismo vuelco mental que nos prende a veces en el principio del sueño y prosiguió su marcha en medio del frío hacia su automóvil. En sentido contrario andaba un hombre. Su vestimenta le llamó la atención al ser idéntica a la suya, el mismo traje, la misma gabardina y los mismos grises pantalones. No sabía entonces el profesor de física que aquello significaría el preludio de su desgracia. El hombre sacó de su bolsillo una llave al mismo tiempo que lo hacía Alfredo, el hombre se situó delante de la portezuela de su vehículo con intención de abrirla. Parecía un personaje de un cuadro de Magritte por la inexpresión hierática de su rostro.

El profesor no salía de su asombro y, cortésmente, le dijo al hombre:

—Me temo, señor, que se equivoca, está usted introduciendo su llave en mi coche y tiene pocas probabilidades de conseguir abrirlo.

El hombre, sin abandonar su impasibilidad, le replicó:

—Perdone, señor, éste es mi automóvil y éstas son las llaves, en consecuencia abrirán seguro, ¿no será usted el equivocado?

Sorprendentemente la cerradura respondió y el coche fue abierto sin ninguna dificultad.

—Pero, señor, éste es indiscutiblemente mi vehículo. Lo he dejado esta tarde aquí cuando me disponía a impartir mi clase de física en una cercana academia.

—¿Cómo ha dicho usted..? ¿Su clase de..?

—Mi clase de física...

—¿De física?

—¿Qué le extraña? ¡De física!

—Es verdaderamente insólito nuestro caso y ciertamente casual, pues —puntualizó el hombre— yo también soy profesor de física.

—Ciertamente se puede catalogar de inexplicable este extraño suceso, pero, caballero, ¿tendría usted la amabilidad de decirme lo que ha explicado a sus alumnos?

—Con mucho gusto, señor, he estado hablando de termodinámica. He hecho hincapié en la naturaleza probabilística de esta rama de la física y he insistido en que las leyes de la naturaleza se basan en el azar, de modo que si todas las moléculas de una piedra coincidieran en vibrar en dirección hacia arriba, la piedra, sin duda, subiría... y como el universo es gigantesco, aunque esa probabilidad es remotísima, a lo mejor, en algún lugar del espacio, tal increíble posibilidad se está ahora produciendo...

—No hay duda —corearon— hemos explicado lo mismo y, casi, con las mismas palabras.

—Con esto, nuestro caso se complica, convendrá usted que se complica.

—Sí, por cierto.

La nieve caía insistentemente, era una tempestad. El Tajo andaba crecido y rugía por los puentes creando un clima irreal, las luces se perdían entre la nevada y la oscuridad opaca de la noche.

—Pero... ¿Querría decirme su nombre?

—Naturalmente, no hay ningún problema, me llamo Alfredo N.

—¿Cómo ha dicho?

—Sí...

—Mejor, no me lo repita, ¿querría mostrarme su carnet de identidad?

El hombre accedió a su petición. Y pudo confirmar su nombre y apellidos y comprobar que vivía en su misma calle, en su misma casa, en su misma planta, en su mismo bloque y que compartía con él fecha, lugar de nacimiento y padres. Iba contra todas las leyes de la lógica que rigen la existencia. Pero, claro, debía tratarse de una broma, una farsa urdida por sus inteligentes alumnos, no podía ser otra cosa.

Entonces se percató en un brillo en los dientes del personaje, concretamente en el primer molar. Era de oro. Indiscutiblemente de oro como el suyo. Una sensación de pánico invadió a ambos en el mismo instante.

—Mire —disparó ¿nuestro protagonista?—, la broma ha llegado demasiado lejos, convengo con usted en que es original, pero ya ha surtido su efecto. Además el frío arrecia. Le ruego que no la lleve más lejos y, con mi más firme deseo de felicidad para las próximas fiestas que se avecinan, se retire y me deje entrar en mi coche.

—Señor, lo mismo le digo pero en sentido contrario, le ruego...

Las palabras empezaron a agotarse y aquellos civilizados señores pasaron de los fonemas a los puñetazos, de las sílabas a las patadas y del diálogo a la pelea. Uno de los dos quedó tendido en el suelo junto al objeto brillante. El otro se introdujo en el coche y abandonó rápidamente el lugar en dirección a su domicilio, sin comprender muy bien todavía lo que había ocurrido.

Cuando llegó a su hogar esperaba poder contar a su esposa el extraño suceso, pero, ¿cuál no sería su tremendo pavor al comprobar que aquella escena era sólo el primer acto de una tragedia que se desarrollaba según unas normas absurdas e ilógicas?

—Señor, ¿qué hace usted, cómo se atreve a irrumpir en la paz de nuestra casa con ese cinismo?

—Pero si soy tu esposo, tu marido, ¿dónde están los niños?

—No sé qué extraña forma de locura le posee, pero le ruego que no me asuste más.

Llamó a los niños, eran sus dos hijos que hacía unas horas había besado, con los que había jugado después de comer; no le reconocieron.

—Le ruego que abandone nuestro piso antes de que llamemos a la policía, además mi marido debe estar al llegar.

—Pero, pero...

La puerta se cerró, una mujer nerviosa se perdió ante su vista, unos niños asustados se abrazaban a su madre.

Y él, un hombre solo, un hombre solo avanzando en medio de la nieve y el frío hacia la casa de un amigo, el compañero de su infancia que no le reconocería tampoco; una puerta que se cierra y otra que se cierra y en ninguna un lugar donde poder pasar la noche junto a alguien querido, junto a alguien conocido, él extraño para todos, extraño por la noche helada en el laberinto de los callejones y las plazas. Las gárgolas de la catedral le miraban con piedad, las estatuas le contemplaban desde su quietud de piedra pero no había nadie en la ciudad, nadie en su ciudad que le reconociese. En todas partes puertas que se cierran y la semilla de lo inexplicable germinando su fruto en aquel diciembre oscuro de Toledo.

Volvió al callejón donde habían empezado los sucesos; nadie había allí, ni rastro de aquel hombre gemelo y no gemelo. Se perdió por una de las cuestas y en una plaza encontró un libro, era un libro de Ionesco. En un banco se sentó a leerlo aterido de frío. Después por la muralla vieja paseó sin dirección tratando de ordenar sus pensamientos. Decidió volver a su casa. Allí una mujer desesperada le insultó sin quitar la cadena.

—Mi marido no ha vuelto, usted lleva sus mismas ropas y conduce su coche, ¿qué pretende? ¿No le habrá matado?

—Pero, ¿crees que si le hubiese matado tendría el valor de venir aquí? —contraatacó para después explicarle todo lo que había sucedido desde que terminara su clase. La mujer le tomó por loco, no le creyó.

—Váyase antes de que llame a la policía.

Se fue como un vagabundo repentino por las mismas escaleras y en la calle se puso a llorar. Mientras su llanto se helaba en sus mejillas, se escuchó la sirena que precedió a su detención, al juicio en el que se le acusaba de la comisión de un asesinato del que no se hallaría el cadáver, en el que no pudo determinarse su personalidad y al internamiento en un sanatorio por decisión judicial. Allí pudo soñar con rehacer su vida. Una enfermera, bella como pocas y dotada con el don de la palabra, se impuso en sus sentimientos y le hizo concebir la ilusión de reconstruir el edificio ruinoso de una existencia convencional.

Pero si lo insólito se repite cobra categoría de ley y bien parecía que el absurdo aspirase a destronar a la lógica porque cuando, por buena conducta, se le concedió el privilegio de régimen abierto, una noche que pretendía tomar el coche de su novia para retornar al hospital, pudo advertir que un hombre de su misma complexión y estatura aunque no de sus mismos rasgos, le decía:

—Me temo, señor, que se equivoca. Está usted introduciendo sus llaves en mi coche y tiene pocas probabilidades de conseguir abrirlo.

Y él sin salir de su impasibilidad replicó:

—Perdone, señor, pero este es mi automóvil y...