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Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 38, del 15 de diciembre de 1997

Las letras de la Tierra de Letras


El ojo del cuervo

Ariel Frieda

Aquella tarde el hombre mecía su cuerpo en el sillón como siempre. Todo era como siempre, las cuatro paredes blancas con algo de imponencia infinita, la lámpara que con el desdén del tiempo sólo servía para enmohecer la luz un poco, y el viejo sillón apolillado con el vaivén ruidoso llevando a rastras los ecos, todos los mismos; algo de siempre. Sí hubo algo aquella tarde que no fue de costumbre: la ventana abierta.

Ante la soledad de su viejo tío, Gustavo decidía recurrir a la reserva que mantiene todo lo que calla. Sabía que la vejez suele ser terca. Un pedido debía ser complacido obligatoriamente. Y el viejo harto de tanta vida larga; le eran demasiados los nombres y palabras por recordar. Su memoria era un cajón de espaciosa insuficiencia. Lo único soportable era escuchar el aleteo de pájaros imaginariamente gigantescos, pero realmente uno. Sacudían todo el aire como si un reordenamiento de las cosas fuera avistado tras éstos. Era la sacudida que el tío viejo de Gustavo no deseaba ver; pues la escuchaba con fuerza y, tras la frágil membrana blanca que arropaba una esfera de sus ojos, era imposible la forma exacta de aquello inquieto en el afuera.

El hombre del sillón decidió hablarle a Gustavo. Entre el vaivén de gusanos, el viejo exigió la ventana. Antes no ameritaba mirarla: no cumplía su función. Pero aquella tarde que el viejo le habló a Gustavo, la ventana fue abierta con el mundo a su vez.

Un silencio y el vaivén. De espaldas a la ventana el viejo recurrió a una exigencia seria.

Entonces estaba Gustavo allí intentando pasar la aguja y el hilo con cuidado. Párpado arriba, párpado abajo y aquel vaivén de polilla. Había que coserle bien el ojo de niebla para no dejar alguna imagen amorfa en la diestra realidad. Gustavo sabía que debía dolerle al viejo pero no detuvo el ejercicio y continuó sellando el trozo del opaco cristal blando. Y la sangre entre las pocas pestañas que habían dejado los años, roja, se tornaba en un tibio descenso.

Ya de noche todo había acabado. El lado derecho de aquel cuarto era sumamente claro y de exactitud real. El sillón seguía su vaivén y Gustavo con un cansancio natural tras el arduo ejercicio, recostaba su cabeza entre aquellos huesos flacos que reclamaban un poco de piel.

De repente un aleteo de cuervo se escuchaba en aquel lado invisible al viejo. El viejo no lo veía, pero sabía que allí estaba. El animal comenzó a aletear frente a él como si se posara en el aire. El viejo, inmóvil, logró ver el ojo izquierdo del cuervo, tan sombrío y tan espejo. Entonces fuertes picotazos destruían gradualmente el único ojo abierto que le quedaba al anciano, mientras éste desveía en aquel obscuro espejo la mutilación de tanta vista, tanto objeto y tanta historia. El dolor debió ser grande, mientras la luz se llenaba de sangre en el círculo derecho, el izquierdo trataba silenciosamente de romper el hilo ahora un tanto castigante. Gustavo no despertó.

De mañana el cuervo ya se había marchado, Gustavo sacudía un poco de aquel dormir pesado que había tenido entre huesos, y el viejo en el sillón:

"Anoche me visitó el cuervo, yo sabía que lo haría. Puedes cerrar la ventana e irte. Ya los hombres no caben en mi cabeza".

Así Gustavo lo hizo.