
Cierto es que aquel espejo tenía para él un significado especial, oculto a la luz de su conciencia: lo prefería sin saber por qué, no sólo lo prefería sino que era el único espejo en que se reconocía a sí mismo y podía soportar la contemplación de su imagen; detestaba el resto, una sensación de bochorno, de ridículo, lo obligaba a apartar la vista de su reflejo en cualquier otro espejo extraño.
Pero es que él no se había percatado, y mucho menos hubiera podido comprenderlo ahora, que de todas las cosas existentes es quizás el espejo la más parecida al hombre mismo por su capacidad inaudita de reflejar siempre la mirada ajena y nunca la suya propia; por eso los espejos son tan individualizables como el propio hombre. Aunque esto pueda parecer descabellado, me atrevo a afirmar que no todos los espejos son iguales, ni en todos puede uno encontrarse y descubrir su ser íntimo. Cada hombre tiene su espejo particular con el que se identifica, y en el que se reconoce, pero nadie es capaz de hallarse a sí mismo hasta que no se mira con los ojos de su espejo, y un espejo sólo es capaz de devolverte la mirada cuando se rompe en pedazos. Esos trozos de cristal azogado que yacían ahora en el piso alrededor de nuestro protagonista eran los ojos de su espejo que, acusadores, querían obligarlo a distinguir su individualidad irrepetible.
El tambaleante entendimiento de nuestro personaje buscaba la explicación a su turbio desasosiego en el suceso que había precedido a la muerte del espejo y en su decisión repentina, increíble, de expulsar de su lado a la mujer que pretendía amar. Ella le había confesado su infidelidad, y él había reaccionado, agresiva y puerilmente, lanzando aquel zapato que fue a incrustarse contra el espejo, haciéndolo añicos mientras éste exhalaba un quejido amenazador. Podía discernir sin embargo que no debía culparla, que ella sólo había querido vengarse, defenderse de los múltiples engaños y humillaciones que él le infligía. Creía descubrir que su estúpida reacción de ira no era motivada por el dolor del amor traicionado sino por su orgullo lastimado, su vanidad dislocada. También por eso la había obligado a marcharse, en medio de ofensas y empujones; ¿o había sido por el destrozo del espejo? El no alcanzaba a distinguir esa posible relación a pesar de que sólo pensó en sacarla de allí luego de que viera con disgusto el reguero de cristal por el suelo: los innumerables fragmentos devolviendo hacia su rostro molestos reflejos de luz o imágenes incompletas de sí mismo, de ella, del cuarto, de la situación entera.
No podía achacarle su estado de ánimo ni al arrepentimiento ni a la culpa; éstos son sentimientos demasiado fáciles de identificar, transparentes y sólidos; lo suyo tenía el carácter inconexo de los sueños, la zafiedad de la memoria, la viscosa materia de la vida percibida desde adentro. Como le ocurre a la mayoría de las personas, nunca había podido lograr suficiente desapego respecto a la experiencia propia para poder valorarla con objetividad como hacía con la vida de los otros. No podía entender entonces el origen de esta crisis que enlodaba sus vivencias. Estaba atravesando una de esas crisis en las que uno no puede detenerse a reflexionar porque no se cuenta con amarras para atar el pensamiento, y éste vaga, perdido como una barca, por los oscuros mares de la inconsciencia. Es en esos momentos en los que uno comete un acto desesperado, extraídas las energías de demoníacos impulsos cautivos de pronto liberados, un acto que resultaría imprevisible hasta para los más allegados, un acto incomprensible hasta para uno mismo si estuviera fuera de las circunstancias, un acto que parecería reservado sólo para situaciones excepcionales y que surge engañosamente como la única opción salvadora.
Nadie conoce a su espejo hasta que lo rompe, como mismo el hombre no es capaz de reconocer su esencia última hasta que no se cierne sobre él la sombra ineludible de su muerte, tan única y privada como su misma vida, así también, aunque parezca una paradoja, sólo es capaz el hombre de descubrirse y aceptarse a sí mismo cuando conoce a su espejo, ahora quebrado, y lo rearma, rehace en una totalidad íntegra los pedazos dispersos, como quien recompone la discontinuidad recién descubierta, que la vivencia unificadora del Yo escondía, para reinsertarnos en una necesaria ilusión de indestructible unidad.
Nosotros podemos comprender todo esto porque estamos en uno de esos remansos de calma que la vida nos concede, en los que la razón se convierte en un magnífico instrumento para discernir la realidad, pero nuestro hombre no, él estaba angustiado, y ciego, y solo en medio de su crisis. Por eso tuvo que hacer lo que hizo.
Barrió cuidadosamente las astillas de cristal que inundaban el suelo, como queriendo restituir el orden alterado, como si quisiera dejar limpio el escenario, sin posibles detalles distractores, para que el acto final ganara en grandilocuencia a los ojos de futuros espectadores. Guardó para sí el trozo mayor, aquel en que su rostro pudiera adivinarse casi entero, y se sentó en el borde de la cama, enfrente mismo al espacio vacío donde otrora podía mirarse con holgura. Intuía borrosamente lo que haría con el pedazo de espejo que retenía entre sus manos. No se encerraría en el baño como la mayoría de los suicidas.