
Ciertamente la visión de cada uno de ellos es ampliamente diferente. Los restos del mercado aún pueden observarse en la ciudad. Visto de frente, ningún visitante podría adivinar su edad real.
Para los refutadores su estructura, hoy en época de grandes rascacielos, es obsoleta para la época. La mayor parte está destruida. Queda en pie sólo algunas vigas metálicas y de hormigón. Algunas columnas incluso están apuntaladas. La estructura para las almas es algo muy bello y al verla recuerdan los tiempos de esplendor del mercado.
Los alrededores del mercado se empecinan en no cambiar. La calle mantiene su empedrado y se puede observar los rieles metálicos. Las almas imaginan a los hombres corriendo al tranvía eléctrico de la línea número 74; pero los refutadores sólo se quejan de que el empedrado y las vías rompen sus automóviles nuevos. Las bóvedas abandonadas sólo albergan a algunos policías ubicados sobre el frente, para evitar el asentamiento de personas sin hogar. Sólo son acompañados por los habitantes permanentes del lugar: las ratas que se ven correr rápidamente dentro del mercado, cosa que produce el asco de los refutadores.
Sobre la calle Lavalle, un bar abre sus puertas a quien quiera entrar. Es otro de los refugios secretos de las almas. Dos parroquianos tienen sobre su mesa algunas botellas de ginebra, dos vasos y los une un truco que juegan desganados posando sus ojos en lo que queda del abasto. Pero a pesar de su muerte, algunos lo recuerdan con cariño y nostalgia. Y lo que más recuerdan de esos días es al "Morocho". Nos cuenta Alfredo Giser, un hombre de 89 años, muy respetado por las almas, que vivía pared de por medio de Carlos Gardel y lo atendía en su peluquería. "Hace mas de 65 años que vivo en el barrio, por eso me creo con derecho a decir que todo lo que me ata a esta calle es el sentimiento y los recuerdos. Todo ha cambiado tanto que hay veces que no la reconozco, como si estuviera en otro lugar...". Así habla del tramo de la calle Guardia Vieja que desde el 2 de noviembre se comenzó a denominar Carlos Gardel.
"Antes era una romería, era vertiginoso. Lleno de vida. Hay veces que me paro en la esquina y miro hacia el mercado y veo todo aquello. Lo veo. Por eso cuando a esta calle le dieron el nombre de Carlos Gardel fue un homenaje íntimo, que lo sigo manteniendo cada vez que escucho su voz". Los camiones ya no llegan. Los gritos de aquellos changarines se han acallado. Ya no hay frutas ni verduras. Los compadritos ya no se reúnen en torno a él. El mercado ya casi ha desaparecido. Lo único que queda son algunos pocos recuerdos, y nada más. Quizás poco, pero es lo único, y no por mucho tiempo...