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Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 41, del 16 de febrero de 1998

Sala de Ensayo


En el Sertón se nace para morir

José Mijares

Las damas del paisaje, por Henry Bermúdez. Oleo sobre tela (1996)

Una poblada de hombres y mujeres procedentes de los lugares más apartados del calcinante sertón del noreste brasileño, ignoran la existencia de la naciente república y la enfrentan con resolución, en uno de los territorios más hostiles del planeta. La guerra es corta, mas demasiado cruenta para ser ahogada por el olvido.

El año es 1897 y los protagonistas de esta historia son encabezados por el propio autor, quien en honor a su propia humanidad más que a su carrera militar, sacrifica por instantes el apego a los hechos, cualidad de los cronistas de piedra, e interviene para desarticular con habilidosa maestría, la ecuanimidad de este trágico testimonio, cuyo desenlace, corolario inevitable de todas las guerras, trae aparejada la miseria y desgracia, consecuencia recurrente de la ignorancia humana.

Pero no fue el recuento pormenorizado de los hechos y las circunstancias que motivaron este absurdo enfrentamiento, que Vargas Llosa llamó "La guerra del fin del mundo", el imán para los curiosos a aquel remoto, desconocido e inhóspito rincón del planeta; fue más bien esa extraña raza de hombres y mujeres quienes, armados sólo con su estoicismo y determinados por una inquebrantable fe, pusieron en jaque a los mejores guerreros y los más modernos instrumentos de muerte de la entonces incipiente República Federativa de Brasil. Un hijo de aquel gigante se resistía a la doctrina del orden y el progreso abanderado por el naciente sistema.

Aquellos hombres, famélicos nómadas del Sertón, acostumbrados a alimentarse con mordiscos de "macambira", raíz común en este territorio de alacranes, y a beber un sorbo de agua al día, no eran precisamente defensores de la monarquía, tampoco querían implantar un nuevo sistema, sencillamente querían que los dejasen vivir en paz.

Las innombrables carencias y las dificultades del ambiente los habían endurecido y atemperado, hasta tal punto que, vencidos y bajo los rigores del más severo abatimiento, súbitamente se agigantaban y adquirían renovadas energías con las que vencían a sus invasores. Aquéllos, confiados en la fuerza y arrogancia, los subestimaron, una y mil veces. Y así fueron cayendo: deshidratados, muertos de hambre o eliminados por los sertanejos, quienes los emboscaban por las espinosas "catingas", los sometían a una angustiosa zozobra y luego huían como liebres salvajes, para caer de nuevo sobre los soldados quienes, pese a tanta tribulación, continuaban irrespetando a su astuto contrincante.

A lo largo de los cuatrocientos kilómetros desde Queimadas, donde arribaban los ingentes pertrechos consistentes en miles de bueyes, sacos de harina, sal, café, azúcar y refuerzos, procedentes de Salvador de Bahía o del Sur de Brasil los "cangaiceiros", los "jacunzos", los "matutos", como eran apodados los sertanejos, dejaban una estela de cadáveres uniformados, cuya descripción se torna más grotesca cuando Da Cunha admite que los cuerpos no se descomponían después de muertos, sino más bien permanecían momificados a la vista de sus camaradas, en persecución de un enemigo invisible; adversario legendario cuya caracterización se evidenció en la figura del cangaiceiro.

Eran hordas de forajidos que recorrían el desierto con la luz enceguecedora del día sertanejo; encandilaba la estrella de hojalata incrustada en sus sombreros de ala levantada; sosteniéndola, con la mano alzada, agitaba su faca; junto al doble respeto que infundían las cartucheras de municiones entrelazadas por el tronco, lucían los rucios pantalones de cuero de cabra para atravesar las "catingas", cuya resistencia les permitía soportar el huesudo lomo de sus cabalgaduras, tan hostilizadas por las inclemencias como sus jinetes.

Cinco expediciones. Una civil, encabezada por un sacerdote, y cuatro militares, fueron despachadas hacia la población de Canudos, epicentro de la insurrección sertaneja, desde donde un hombre llamado Antonio Conselheiro, un matuto itinerante que viajó por casi toda la vastedad brasileña, ejerciendo oficios desde escribiente hasta caletero, fue capaz de captar la devoción de miles por su mesiánica misión: la de hacer de aquel extraño poblado la razón y la causa del final que los sertanejos habían visionado por inspiración del Conselheiro: una fortaleza, cuya aparente fragilidad, caracterizada por miles de casuchas de barro y veredas de un metro de ancho, vializaron la trampa insospechada donde miles de soldados librarían su última batalla.

Allí, entre dos iglesias, una construida para el culto de Antonio Conselheiro y la otra, la vieja iglesia para el fervor popular, se levantaron las trincheras más ferozmente defendidas. La milicia irrumpió en Canudos a sangre y fuego. Bombardeó con modernos cañones, durante meses, el poblado. Creyeron ingenuamente —cuenta Da Cunha— que aquellos estragos causarían la desmoralización inmediata de los sertanejos. Mas no fue así. La resistencia fue tan ardiente como el sol implacable del sertón. Aquellos centuriones paralizados en sus posiciones esperaban razonablemente la muerte. La retirada era una decisión reservada sólo para los dementes.

El conflicto se prolongó durante un año entero. Según Da Cunha, fue necesario realizar una lucha endemoniada vereda por vereda, casa por casa, donde cada sertanejo muerto era reemplazado por una mujer, un niño o un anciano quienes, a su vez, morían con el mosquete o la faca en la mano. Y fue así que esta historia llegó a su fin. Antonio Conselheiro había muerto, golpeado por una severa inanición, y el último hombre, mujer y niño continuó luchado en honor a un monótono epílogo que cada sertanejo escribe desde su nacimiento: "En el Sertón se nace para morir".