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Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 42, del 2 de marzo de 1998

Las letras de la Tierra de Letras


La decisión

Mina Weill

Ya estaba despierta. Disfrutaba de esa calma absoluta, sólo interrumpida por la respiración de su marido. Sentía un goce sensual, quieta debajo del acolchado de plumas. No quería pensar. Sólo gozar de esos últimos momentos de descanso.

Se subió el camisón. Pasó con suavidad una mano por su cuerpo desnudo.

Su piel era tersa, sus pechos aún turgentes como cuando joven, a pesar de haber amamantado a su hijo durante todo un año, y a pesar de sus cuarenta y cinco años. Sus bien formadas caderas eran tal vez un poco anchas. Sus piernas... ella sabía que sus piernas eran lo mejor de lo mejor. Pino se lo decía siempre. También decía que lo mejor de lo mejor eran sus besos.

Norma se sonrió débilmente, mas de repente su semblante cambió.

Las pisadas de soldados alemanes resonaron huecas en la vereda desierta. Cada pisada fue ráfaga helada que recorrió su cuerpo todo y la hizo temblar. Se bajó el camisón con brusquedad.

Comenzaba a clarear. El cielo carmesí que aprisionaba fuegos y torrentes no tardaría en estallar.

Se dio vuelta y lo miró. Pino dormía.

"Qué bendición es el sueño", pensó; "nos olvidamos de todo... no existimos siquiera".

Pino parecía feliz. La rosada claridad del amanecer le pintaba una sonrisa en los labios. Irradiaba la misma paz del Cristo que los miraba desde la cruz colgada de la pared sobre sus cabezas.

Habían hecho el amor con frenesí, volcado todo lo que sentían, desgarrado todos los miedos, todas las angustias acumuladas. Desde que los alemanes habían entrado a su pequeña ciudad del norte de Italia, hacían el amor con desesperación. Como si ésa fuese la última vez.

Él dormía ahora, olvidado de que había una guerra de la cual no participaba, gracias al recuerdo que la del 14 le había dejado en la rodilla derecha.

Norma sintió frío. Se envolvió en el acolchado como en un cucurucho. Resonaban, nítidas aún en sus oídos, las palabras de Pino después de la cena.



Ella apoyaba los brazos sobre la mesa, y jugueteaba con un trozo de miga de pan. Había hecho una bolita. Su marido la miraba de reojo y se mordía los labios. Percibía esa mirada sin siquiera levantar la vista. El silencio era denso, pesaba. Le anunciaba algo, pero no sabía qué. La invadía una inquietud extraña. Sentía un rápido aleteo en el pecho.

La bolita giraba entre sus dedos inquietos. Si la aplastaba, pensó, se convertiría en pétalo. Con varias bolitas haría una flor. La pintaría con acuarelas. Le daría también algunas pinceladas de laca. Haría más flores, hermosas, brillantes, todo un ramo, para regalar a la nonna Amalia en el día de su cumpleaños.

Pino le tomó una mano. Soltó la bolita, que rodó y se detuvo justo al borde de la mesa. La miró sorprendida. La bolita no se había desbarrancado. Levantó la vista.

Él aprisionaba fuerte la mano entre las suyas. Su mandíbula era más cuadrada que de costumbre. La miraba serio, pero con mucha ternura.

—Norma, escucha —le había dicho—. Cada vez que vas a casa de la señora Amalia pones en peligro no solamente tu vida, también la de nuestro hijo y la mía.

Ella había argumentado que sólo los del pueblo sabían que Amalia era judía, y podía jurar que no la iban a denunciar.

—¡Los alemanes jamás lo sabrán! —recordaba con cuánto énfasis había dicho ese jamás. En el Registro de Personas en el municipio de Monfalcone, la palabra "judía" al lado del apellido de Amalia había desaparecido misteriosamente. Ella había visto con sus propios ojos el breve espacio sobre el cual, después de la borratina, una mano caritativa y por sobre todo valiente había escrito: "católica".

—No te puedo prohibir que ayudes a la vieja nonna —siguió diciendo Pino—. Sé que la quieres; y no sólo por ser la mamá de Vera, tu amiga de toda la vida.

—Pino, la pobre mujer ha sufrido ya demasiado. Está sola desde que Vera, su marido y sus hijos se fueron a América, por causa de las dichosas leyes raciales que echaron a los judios no nacidos en Italia.

—Fue una injusticia muy grande, mi querida, pero que les salvó la vida. De ser el marido italiano, hubiesen sido internados en un campo de concentración aquí en Italia. Nada agradable, pero por lo menos sus vidas no correrían gran peligro. Ahora que tenemos a los alemanes entre nosotros, no quiero pensar en lo que les podía haber sucedido. No quiero pensar en lo que les está sucediendo a tantos otros judíos —sacudió la cabeza, había tremenda amargura en su mirada.

—Pino, hay que reconocer que a la mamá de Vera los fascistas la dejaron en paz a pesar de las leyes antisemitas, y será mejor que los alemanes no se enteren de su existencia.

—Te aseguro que, cuando veo un nazi, podría vomitar —había seguido diciendo Pino, al tiempo que arrugaba y desarrugaba su cara de asco—. Norma, los alemanes sobre esas cabezotas tienen antenas, y en cada antena un ojo que lo ve todo. El día menos pensado descubrirán que en el pueblo queda una judía. ¡Una sola! —había sacudido el dedo índice en el aire—. Si no la matan enseguida, terminará en un campo. A nosotros... ni Dios ni todos los santos podrán salvarnos.

Quedó en silencio. La miraba fijamente sin verla. Dentro de él surgía una visión horrenda: una pared blanca, salpicada de sangre.

—Repito, no te lo puedo prohibir. Piénsalo bien. La decisión es tuya... tan sólo tuya —el carbón encendido de sus ojos horadaba los de su mujer, buscando respuesta.

No la hubo. Ella empalideció y bajó los ojos. Pino, sintiéndose impotente, dejó caer los brazos.



Norma se estremeció dentro del plumoso cucurucho y se aceleró el batir de alas en su pecho.

Pocos días antes había pasado una noche en Gorizia, en la casa de sus padres. Los gritos escalofriantes que provenían del viejo castillo de los condes, que los alemanes habían usurpado y usaban como cuartel general, laceraban las tinieblas. Dagas al rojo vivo que hendían el espacio y se clavaban en cada uno de los gorizianos, sin excepción.

Tal como lo había hecho esa noche en casa de sus padres, dobló las piernas hasta casi tocar el mentón con las rodillas. Las abrazó. Ese retorno inconsciente al regazo materno la serenaba.



Desde que Vera se había ido, Norma visitaba a la anciana Amalia por lo menos dos veces por semana. Desde la entrada de los alemanes, Amalia ya no salía a la calle. Norma le llevaba las medicinas que el doctor Veglio le entregaba a escondidas, y una pequeña cacerola con comida que ocultaba debajo del abrigo y apretaba con las manos contra el vientre. Pasaba fácilmente por mujer embarazada... Los viernes, su falso vientre escondía un gran pan fresco y caldo de gallina. Alguno que otro viernes, protegidas por la bruma del atardecer, corrían hacia el jardín y se encerraban en la carbonera. Una piadosa enredadera escondía la madera reseca y astillada de la puerta y buena parte de la pared. Amalia desaparecía enseguida detrás de una pila de leña y carbón, cada vez más reducida, y reaparecía apretando contra el pecho dos candelabros de bronce y dos velas usadas. La cera, al enfriarse, les había esculpido granulaciones acordonadas y diminutas estalactitas.

A Norma la había cautivado desde muy pequeña la bendición de las velas que la mamá de Vera hacía al anochecer de todos los viernes. Seguía vívida en ella la imagen de dos niñas, con moños de tafetán rojo que cubrían, como alas de mariposa gigante, buena parte de la cabeza rubia y de la morena. Se tomaban de las manos, una blanca como la leche, la otra aceitunada. Surgían las imágenes como destellos, se fundían en sus carcajadas sonoras, mientras competían en saltar a la cuerda... ¡rápido!... ¡más rápido!... se mezclaban con la ternura de las dos niñas acariciando las cabelleras lanudas de sus muñecas de trapo. Sin barrera de raza o religión, ignorantes de que en el futuro se agazapaba lo que las habría de separar.



Amalia, que semana a semana se hacía más frágil y pequeña, sacaba del bolsillo de su delantal blanco una vieja mantilla de encaje, que el uso a través de añares había convertido en vaporoso velo, y se cubría la cabeza.

Un chasquido del fósforo que también había sacado del bolsillo anticipaba el palpitar de las velas encendidas. Luego tendió hacia las llamas manos temblorosas que se veían transparentes contra el pálido resplandor. Dibujaba círculos con las manos. Con las manos se cubría los ojos.

"Bendito seas Tú, Señor, Dios nuestro, Rey del Universo...".

La oración se convertía en melodioso susurro.

Para la anciana, ese cubículo de ladrillos ennegrecidos y telarañas pendientes del techo era fantástico templo sagrado y secreto. Gracias a él, podía mantener viva una fe a la que no iba a renunciar. Sus ojos brillaban con la luz traviesa de un niño. Una corona de pelo blanco, que el fulgor intermitente del fuego convertía en oro, la hacía parecer una reina.

Norma le entregaba el pan en silencio. Amalia arrancaba un trozo para cada una y decía la bendición del pan a toda velocidad, casi para sus adentros. Mientras daban un rápido mordisco a ese pan crocante y sabroso, aguzaban el oído, atentas a todo ruido en la calle. Amalia soplaba las velas. Las llamas se extinguían. Un tenue hilo de humo negro dibujaba arabescos en el aire.

Norma sabía que la mamá de su amiga sentía en ese momento una puntada de culpa, porque las velas del Shabat deben arder hasta su fin.



A Norma se le aguaron los ojos. Casi sin mover los labios murmuró un "Padre nuestro".

Desenrolló el acolchado. Respiró hondo y se estiró. Se vistió con mucho sigilo para no despertar a Pino, que por ser domingo podía dormir un poco más.

Se besó la punta de los dedos y rozó con ellos, muy levemente, la mejilla de su marido.

"Nos vemos en misa", susurró.

En la cocina, la bolita de pan seguía al borde de la mesa.

Si la bolita, tan pequeña, no se había desbarrancado, ella tampoco lo haría. Lanzó un suspiro, irguió la cabeza, se persignó.

Una bocanada de viento húmedo la golpeó al salir a la calle. Podía oler la inminencia de la lluvia. Apuró el paso.

La larga capa de hule cubría sus bien torneados tobillos y... un embarazo de casi dos años.