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Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 42, del 2 de marzo de 1998

Las letras de la Tierra de Letras


Juegos

Marc Sil

Dicen que fue él quien inventó el juego; era el niño más alegre de la ciudad y también el más bello. Allá donde estaba le acompañaban la risa y el encanto, todo lo llenaba con su adorable presencia. Jamás se le vio triste ni melancólico. La vida le desbordaba y pocas frustraciones tuvo pero inventó el maldito juego: el juego del suicidio. No, no vayan a creer que iba mal en los estudios, que no era bien aceptado por sus compañeros, que tenía problemas en casa, que no se lo pasaba bien. Yo sé y puedo asegurar que era uno de los muchachos más felices que he visto. Sin embargo también sé que se encaramó encima de la baranda de su balcón y dando un salto al aire segó, casi con elegancia, su vida maravillosa.

Quedó muerto sobre el pavimento con una tierna sonrisa en sus labios y una expresión de satisfacción en su rostro intocado. Era el suicida más joven y hermoso de aquél año. La luz de la muerte había apagado el brillo sublime de sus ojos y, a partir de entonces, sin que nadie pueda explicarlo, se extendió una niebla en los hogares. Como una epidemia psicológica se propagó el germen y ningún padre ni educador estuvo ya tranquilo desde aquel día furibundo.

Nadie ha logrado encontrar una respuesta al dilema. Nuestros niños son felices, el estado asigna un fuerte presupuesto para su educación y esparcimiento. En las escuelas aprenden y se divierten, los maestros les enseñan y les quieren. Están preparados convenientemente y son amigos de ellos, no como en épocas pasadas hace quince o veinte años. Los padres pueden dedicarse a ellos por las tardes. Los locales infantiles proliferan casi en las esquinas atendidos por buenos profesionales. Nuestros muchachos son felices, no hay duda, como nunca lo han sido los niños. Y, sin embargo, se suicidan. Mueren por su propia mano, solos, en parejas o en grupos, en cualquier calle o parque de nuestras ciudades.

En los ríos se ven flotar sus cuerpos ahogados y de los árboles penden sus cadáveres hermosos.

Muerte bella y turbadora en todos los lugares, muerte absurda y estética como flores recién segadas y aún frondosas. Los tienes al lado, contentos, riendo, con los colores del júbilo en sus mejillas, con el brillo de la felicidad en sus pupilas, con esa gran vitalidad y energía que nos desborda y a los pocos segundos los ves saltar por la ventana. Te descuidas un instante y yacen moribundos a tus pies.

Todo como un juego, un patético juego en el que sólo se participa una vez.

Nos dejan como se van las hojas llevadas por el viento. Están y ya no están con nosotros como los segundos de un reloj digital. Con ellos se va nuestra alegría y una gran nube de tristeza flota en nuestros cielos ahora oscuros.

Sé que esto pasará porque los niños se hartan de todo, y acabarán hastiados también de esta moda. Pero, hasta entonces, ¿cuántos jardines se quedarán sin flores? ¿cuántos rosales perderán sus rosas y cuántas lágrimas habremos aún de derramar?