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Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 42, del 2 de marzo de 1998

Las letras de la Tierra de Letras


Teoría de supervivencia en el pabellón I

Daniel Benmergui

Es usual que se produzcan contracciones espacio-temporales en edificios en donde abunden ángulos rectos, libros y telarañas; pero si además alberga prácticas de cálculo, el lugar se vuelve una aspiradora de singularidades. Es prudente entonces saber (en lo posible) cómo evitar ser víctima de las distorsionadas leyes que lo rigen.

Como principio fundamental hay que tener en cuenta que como aquí la geometría euclideana es totalmente inaplicable, trasladarse por los pasillos puede resultar desorientador. Aún así evite pedir direcciones; los estudiantes y profesores que pululan en este lugar son seres enfermos e inestables que vagan en sueños por planos paralelos y perpendiculares. Si se los molesta muerden. Intente permanecer acompañado pues las anomalías suelen evitar las concentraciones de gente. Por supuesto, el concepto de gente no incluye a los porteros. Bien se sabe que los porteros vivieron en los pasillos durante siglos, echando a las babosas extradimensionales que causan las lagunas mentales durante los exámenes.

Cuando se vea obligado a visitar este lugar, preste atención a los tubos fluorescentes. Si los escucha zumbar, es porque se está por generar una anomalía. En este caso se recomienda evacuar de inmediato. Si además parpadean, es tarde, ha sido absorbido por la anomalía y aunque no note nada extraño, en realidad se está retorciendo horrorosamente. Si los tubos no zumban ni parpadean, es porque están quemados (que es lo usual).

O quizás usted quiera internarse en la anomalía, entonces tenga en cuenta que hay que tener una gran capacidad de abstracción pues la trama de los pasillos y escaleras pueden hacerlo caer en un empalme moebius, donde quedaría lobotómico. Si se pierde debido a la ausencia de indicaciones evite las carteleras; las atrocidades escritas en estos papeles podrían hacerlo entrar en pánico.

Para desplazarse verticalmente, utilice las escaleras. El ascensor, el cual parece una heladera del sesenta, es realmente una heladera del sesenta, la cual tras años de servicio suele sufrir saltos temporales, y es probable que en lugar de planta baja lo deje en la era paleozoica.

Si accidentalmente contempla el pizarrón de un aula y le provoca delirio no se preocupe, es temporal. Advertencia: la contemplación indiscriminada puede causar locura irreversible.

Evite la biblioteca. No hay invocaciones más diabólicas que las del cálculo. No se acerque a los libros pues existen teorías sobre un montículo de revistas de noriega que tiene la costumbre de devorar a los que se atrasan en las devoluciones. Pero si le gusta lo dantesco, puede también visitar la puerta al infierno, que se encuentra en el armario del aula nueve.

Los baños del pabellón, cansados de la falta de atención, tienden a devolver más de lo que evacúan formando lagunas reptantes, y lo que acaba de desechar puede que lo encuentre en el hall minutos más tarde.

Si presta atención, notará la abundante cantidad de telarañas; resista la tentación de tocarlas, pues sostienen los cimientos del edificio (por eso nadie las limpia).

Eventualmente encontrará la sala de máquinas; un lugar arqueológico muy interesante. Entre los ordenadores prehistóricos, están los restos fósiles de aquellos alumnos que esperaban acceder a Internet.

La estadía prolongada en este lugar produce hábito. Prueba de esto es la repugnante mutación que se percibe en gran parte del alumnado. Incluso hay profesores que en avanzado estado mutativo, se reproducen por mitosis.

Teniendo en cuenta estas advertencias y con un poco de cautela, ya está en condiciones de sobrevivir una visita al pabellón I de Ciudad Universitaria. Ahora, si además pretende salir ileso, le convendría saber algo sobre cuaterniones e inducción completa...