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Edición Nº 44 6 de abril de 1998 |
Me asombran los ruines,
encantan los trenes,
desesperan los necios.
Colecciono conchas, cajas, aretes,
papeles y el silencio.
Mis gavetas,
arcones inagotables de recuerdos.
Mi piel, un arpa perfecta
a la espera del diablo
o de un ángel
que la haga vibrar.
No soy dócil,
mi camino no siempre es fácil,
suelo hacer altos en sitios no correctos,
mirar el cielo, buscar estrellas solitarias
que buscan un dueño.
Comidas frugales,
antojos secretos,
sueños irrealizables
infantiles empeños.
Conformando todo eso, un cuerpo
que me pesa tanto como los años vividos sin afecto.
No quiero para mi canto
lo frágil del cristal,
lo etéreo del vuelo.
Para mi canto quiero
la voz universal.
El músculo alerta
total decisión,
búsqueda incansable,
verdad en cada razón.
Mi canto no se viste
con sedas ni gasas.
Mi canto lleva ropa de casa,
busca su espacio
nacido de un deseo,
mi deseo de cantar.
Mi canto no es ya mi canto,
mi propio canto singular,
mi canto es de todo
aquel que lo quiera entonar.
No quieran vestirlo entonces
con traje especial,
para que guste a todos,
a los tibios,
a los que miran y no están.
Mi canto tiene una hermosura especial,
es daga punzante, miel,
manantial.
Dame tu voz y canta
canta conmigo ahora
el canto de mi canto libre
mi canción de libertad.
Virgen de ñoñeces, pausas,
conveniencias,
suspiros y lugar.
Usaba prestarle
las alas hermosas
del ángel de mi guarda
a la nave que traía
el amor de regreso a casa.
Así una vez, otra,
fatigado mi ángel
de ti también cuidaba.
Un día muy serio dijo,
no llores, esto se acaba,
el amor regresa,
pero a la vez se queda allá en otra playa,
más allá de tus ansias.
Entendí sus palabras,
supe que mi puerto
era el puerto seguro,
como el camino para volver a casa,
que ni miramos para saber,
si tiene algo nuevo,
o le falta.
Sólo basta que sea el camino
de regreso a casa.
Lloré en su hombro,
mi ángel me cobijó con sus cansadas alas.
Bajito le dije: desde hoy no te vas,
ni a nadie cuidas.
Sólo a mí tú me guardas.