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Edición Nº 44 6 de abril de 1998 |
Describir al Kmur es tarea compleja y tardía.
Si digo que tiene plumas, alguien más alerta que yo ha registrado antes ese detalle. Si declaro que tiene huesos alargados, para mis amigos no es novedad y además tienen el malgusto de decírmelo.
Si tomo cuidadosamente la distancia desde el culmen hasta las rectrices y escribo esperanzado una monografía, al día siguiente encuentro la descripción del Kmur, con mismas medidas, en la Enciclopaedia Britannica a doble página y a todo color. El Kmur tiene, sin embargo, una característica notable y que percibo cuando me acerco a su jaula: sólo tiene ojos para mí.
Tomasito tenía grandes ojos azules y era para sus padres una criatura deliciosa.
Su hermano, no.
En las tardes de primavera recogía flores silvestres para su mamá.
Su hermano, no.
Cuando llegó la adolescencia, Tomás llenó de orgullo a sus padres por su desempeño en el colegio. Era un alumno brillante y tenaz.
Su hermano, no.
Era muy devoto a la Virgen del Valle, lo que le valió el nombramiento de Caballero de María.
Su hermano, no.
En su primera y única novia, Clorinda, hermosa, dulce y aun más devota que él, conoció el amor puro y sincero.
Su hermano, no.
Nacieron los hijos, frutos de una vida colmada y pensando en ellos acumuló, con esfuerzo, una pequeña fortuna.
Su hermano, no.
Cuando llegó la crisis, sus negocios se redujeron, mas él siguió luchando con dignidad.
Su hermano, no.
Un contador desagradecido falsificó los libros, robándole hasta el último centavo y, por un error del abogado, Tomás fue condenado por estafa. Por último murió en la cárcel, desprestigiado, pobre y abandonado por su mujer.
Su hermano, no.
Tengo, para contarles, la ortogénesis de una rosa escapular.
Roja cual medusa astronómica, y blanca como el delantal de Florence Nightingale (1820-1910), nace en el orto, la ortorrosa.
Virginal, como una mañana de primavera o el primer grito de la cigarra, aún sin el pistilo porta el brevísimo pedúnculo que sostiene el himen, desde el tallo al talle suyo.
Rosa Calopsis, variedad negra cultivada por Lord Hughes en el parque de la Gran Duquesa, o Rosa Rosis Maravilla, de los jardines de ínclito gitano; ambas ortorrosas no crecen sino que permanecen, desde la aurora al ocaso, desde el orto hasta el crepúsculo, envueltas en pétalos tersopelusados.
Mientras dura la monótona protoetapa, esconden la fragancia de su hermetismo, en el cáliz.
Acaso aureocorpuscular, acaso simple rosa apetalada, madura, fragante o marchita, la ortorrosa espera la inexorable mano curtida, el olor a tabaco, el aliento a vino antiguo y la hoja del verdugo.
A media noche, cuando la luna llene su cara de luz, se abrirá generosamente a las mariposas nocturnas que la libarán hasta estremecerla.
Extenuada, esperará la escarcha de la mañana. Entonces el orto lento llenará el espacio de luz rojizopálida para luego amarillarla. Y será sin asombro y sin un grito, que el viejo jardinero, al redoble de sus tijeras, le cortará el tallo, dejándole las venas y sus pupilas expuestas al aire.
Cuando anochezca, el ultravacío urdido por la ortorrosa ausente atraerá, desde las sombras, enjambres de insectos y otros espíritus del jardín, mientras un gnomo recitará inexorable:
"Era un viejo jardinero que cuidaba con esmero su vergel y era la rosa un tesoro de más quilates que el oro para él...".