Letras de la Tierra de Letras - La poesía y la narrativa de Hispanoamérica
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Edición Nº 44
6 de abril
de 1998

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Carta desde una tierna ciudad violenta

Carlos Ossa

Hechicera:
Aquí no se hospeda el mar
pero nadie estornuda esta ausencia
no existe nostalgia de sal
de azul al por mayor ni de absoluto
aquí la intensidad copula con el verde
te descubre su olorosa espalda vegetal
o el desatino amoroso frente al papel moneda.

Cada noche la ciudad asiste a su funeral
pero se le concede resucitar con el día.

Aquí crepita un desarraigo
como de hojas madura mordidas por el incendio.

Todas sus calles conducen impúdicamente hacia el ruido

Ciudad donde la arrogancia
se desplaza gratuitamente como el viento
con hombres sin rostro definido
que intentan aprobar en Rangers
un dudoso curso de nuevos dioses.

Aquí se participa de un festín secreto
como si la brisa transportara guayabas intocables.
Pero despiertan serias reservas
la vieja lírica del sinsonte
y el lenguaje versal de la ternura.

Ciudad donde la flor es una mentira de postal
y la eternidad de la primavera
arropa con desgano las vacaciones de un obrero.

Aquí se obstina una obscena lascivia por la sangre
un entusiasmo irreverente por la liturgia de la muerte.
Escucha hechicera esta desgarrada letanía
de hombres que agonizan
sin descubrir nunca la gramática de las alas...

De pronto el amor renuncia a su esquema de graffiti
y pide cupo para entrar a los cuerpos.

De pronto la ciudad se ducha
repartiendo a todos frescura de domingo.

Sí. Aquí se canceló el sosiego
la extraña pretensión de ser amigos
y la tibia bofetada de asombrarse.

La gente madruga a subirse en potros invisibles
porque la prisa alquiló de un solo golpe todos
los espacios.

Nadie se disputa el botín de la alegría
sólo la áspera geografía para la indignación o la indiferencia.

Cada atardecer crecen las residencias bajo los puentes
con escuadrones de frío como mantas.

Es nocturno el crecimiento de la llaga.

Pero ningún amanecer es la confirmación de la noche.

Aquí es la soberbia del vidrio contra el tiempo
la rutilante ceremonia del cemento
el adoquín estrujando la lechuga de la tierra
o esa blasfemia arquitectónica
frente a los dioses del vacío.

Ciudad abierta a todos los templos de la orfandad.

Ahora crece una lujuria de plomero
una despiadada pasión por los metales.

Sólo algunos saben dónde termina el día
y dónde comienza el encuentro con el alto lenguaje.

Lo que quería decirte casi melancólico
es que una cifra abusiva de gente
pide prestado el aire
la prosa para el vientre
y las ganas para asomarse al otro día.

Qué bueno, que algo nos toca del aliento profundo de la ciudad.

que en fin...


       

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