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Edición Nº 46 4 de mayo de 1998 |
Blues de Octavio Paz
"Cuando los dioses eran más humanos
los hombres eran más divinos".
Schiller.
Si dejamos aparte momentáneamente —por inoportuna, no por irrelevante— la trayectoria política de este escritor, desde su trotskismo inicial hasta, en aras del neoliberalismo imperante, su apoyo acrítico al PRI, nos encontramos, querámoslo o no, ante uno de los más grandes poetas contemporáneos, con una obra que abarca los campos literarios más relevantes y que, yendo más allá de ellos, cristaliza en una poesía de primera magnitud, pues tanto su obra en prosa, como la que aquilató en maravillosos versos, responde a la llamada ineludible de la belleza, a la que se entregó con una pasión y un amor dignos de encomio, propios de un entusiasmo por el saber de estirpe renacentista, tan distante del que se nos quiere inculcar para embotar nuestro pensamiento y castrar nuestra imaginación, olvidando que un alma sin imágenes no es un alma, sino un objeto sin objeto, a la deriva por el infierno de la materia. ¡Qué lejos estamos de los griegos, de aquel pensamiento genuino que nos acercaba a la divinidad entendida como armonía con la naturaleza! Nadie va a impedir que lo escribamos: mejor esclavo griego que rey contemporáneo. ¿Quién está más cerca de la libertad, el que escuchaba a Platón o el que tiene que oír las peroratas pseudofilosóficas de los nuevos pensadores, siempre a la sombra de la Megamáquina? ¿Puede haber filosofía sin Sofía?
Paz, rompiendo las barreras excluyentes de los géneros y, con ellas, las del lenguaje, se instala en el ámbito del metalenguaje, donde se mueve cómodamente, con una precisión y soltura envidiables, dando vueltas a las palabras, acariciándolas con sutil hedonismo (consciente, con los surrealistas, de que la poesía, como el amor, se hace en la cama), estrujándolas hasta extraer de ellas la piedra filosofal: el poema tallado con la precisión del orfebre, espejo del poema del universo que todos podemos contemplar, pues, al decir de Borges, la belleza es común.
Ante todo, como dijo Emily Dickinson adelantándose a Blas de Otero, nos queda la palabra —la suya, que sólo se parece a sí misma—, una palabra que es una constelación deslumbrante de signos que, en perpetua rotación y traslación sobre la página en blanco, iluminan nuestros corazones desolados, perdidos en el desierto infinito de la Noche Cósmica. Frente al homo oeconómicus, hijo bastardo del Urizen —¿Your Reason?— de Blake, que es el arquetipo que nos tratan de inculcar una y otra vez, hasta el hastío, desde todos los ámbitos de la cultura oficial y de las instituciones pretendidamente democráticas (a quienes alguna vez habrá que pedir cuentas por sus persistentes sofismas, por su cinismo patológico), el homo poeta, capaz de descender al abismo en busca de las huellas perdidas de los dioses (él es también un pequeño dios) y de transformar, como Rimbaud, la vida y, como Marx, el mundo, mediante la Palabra (o alquimia verbal) transfiguradora de todo lo existente, es el modelo al que nos aferramos, contra todo y contra todos, repitiendo la revuelta prometeica contra los dioses olímpicos, instalados ahora en el Pentágono y en el corazón de todos los idólatras del dólar, con lúcida desesperación, conscientes de que esa es la única revolución posible en esta época opaca, de apatía y tibieza ideológicas. No olvidemos que, según Baudelaire, Dios no creó el mundo, sino que lo profirió, lo dijo.
Además de merecer todas las elegías y todos los réquiem, Octavio Paz es digno de figurar, por derecho propio, en el Olimpo de los adoradores de la poesía. Sus palabras, junto a las de Quezaltcóatl, el dios de los mexicas, junto a las de Sor Juana Inés de la Cruz, junto a las de tantos otros de cuyos nombres, además de acordarnos, nos sentimos deudores, bellas como un blues que llora —que ora— en el templo del universo o el lamento de una caracola venusina recién nacida del mar, fascinantes como un sueño perfumado de libertad, misteriosas como un haikú, conmovedoras como la contemplación de una luna de jade, dulces como un nombre de mujer, terribles como un cuchillo de obsidiana abandonado en el altar de los sacrificios, fulgen altas y profundas como estrellas intangibles, inmarcesibles, del cielo de la belleza.
(Gracias, Octavio, emperador de las letras mexicanas y universales, descansa en la paz que llevas en tu apellido. Gracias a ti sabemos que "Por un instante están los nombres habitados").