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Edición Nº 46 4 de mayo de 1998 |
El grave peligro de pelar patatas
para la cena,
de freír pescado y huevos
a las ocho y media de la noche.
La corona ligera de frotar los
platos, yo lo sé,
cuando los demás descansan.
Busco en las horquillas de los tenedores
el elemento
intrépido,
entre los tarros de fideos y lentejas
la norma cero,
la que no se ajusta a ninguna otra;
busco la sopa sin errores,
la que se toma cuando niño
para olvidar.
El suicidio de hacer las camas
para volver a deshacerlas una
y otra vez,
otra noche, otra vez.
¿Dónde están los colores,
la rubia posición de tus dos manos
acariciando?
Se nos fueron los dedos del futuro,
se quedaron prendidos
en los mandos a distancia,
en
hacer la cena
peinar al niño
lavar la ropa...
se nos fueron perdidas
las mariposas
sobre tu nalga derecha,
el humo que hace quemarnos el cuerpo
al amor, a los golpes
de furia loca y dulce.
Dónde están, digo; dónde fueron, digo;
dónde.
Hago la furia sobre las perchas
del armario donde cuelga la camisa
del día siguiente,
sobre los grifos del agua para
el primer café, rumbo espeso y caliente,
allí mismo
hago la furia.
Pero no hay un norte alto y hermoso,
una salvaje vegetación por entre la que
adentrarse
buscando el sendero que conduce a;
no hay la fuerza del animal
juventud,
que desfallece aferrado al tronco del árbol
de raíz confundido.
Seda, hago seda de gusanos sobre los sofás
del salón,
tupidos capullos que cuelgan de sus cojines
en la oscuridad,
bajo el brillo de los televisores.
Y la suave luz de la lámpara
no ilumina otro signo
que la furia que hago
sobre las perchas y los armarios,
sobre los grifos que quisiera dejar de abrir,
la selva que decrece
más allá de la puerta al final del pasillo.
¿Y qué más puede decirse?,
de nada vale.
Quiero mezclarlo todo, sin orden
o al concierto de la casualidad:
dejé la ropa limpia de las ideas
colgando,
perchas en los armarios vacíos,
sábanas
al vapor dobladas
olorosas;
hablemos de la dureza
del pensamiento
sin afeitar,
de las canciones de ducha
a las seis de la mañana
para comenzar el día;
y esos que nos llamaban el futuro,
¡los agujeros para las paredes!
para colgarles los cuadros
y poner estanterías;
que nosotros éramos el futuro
y la amenaza.
Está aquí, entre nosotros,
como están la mesa y sus sillas,
la repisa,
los estantes.
Está en las curvas de las ventanas
que,
para ventilarnos cada día,
se abren en los hogares
muy de mañana,
mientras se barre y se friega.
Mírala en los ojos de tus hijos
cuando duermen,
ellos que sólo se ocupan del crecimiento:
la fuerza de un río joven
detenida,
reposando entre las sábanas.
En los armarios donde se guarda
la vajilla,
herramientas fundamentales
para cuando vienen
las visitas,
copas y tazas de café, platos y cuencos.
Se disfruta en el desorden mañana siguiente,
en las cosas a medio hacer,
en el transcurso de la vida
—no me preguntes qué es, para qué sirve.
A borbotones temibles se extiende y nos rodea
y no la vemos,
tan desnuda y doméstica el animal belleza
se organiza.
Cómo limpiar el rastro
de los días,
aplicar una desinfección radical y
distinta.
Cómo curo y arranco las piezas que sobresalen
enfermas
de pájaro,
la fiebre de los jardines y calles
extendiéndose
por los brazos
o piernas
y en el andar y en el coger.
Cómo evito los vasos de agua
y la ridícula melancolía del otoño sobre un mar
hecho a golpes de grifo
en la cocina de casa.
Cómo hacer un plan de acción que alcance
hasta las horas del sueño
hasta la parte antigua,
la parte primera.
Cuando todavía,
cuando aún
no era extraño
crecer.
No hay mejor pensamiento que la solitaria
deriva,
no hay mejor propósito que no tenerlo:
ser a modo naturaleza creciendo
en todas direcciones
sin un orden posible
preciso
previo.
Cómo se hacen las grandes preguntas
Con el mismo cuchillo y tenedor
de partir
y comer el filete,
con la misma boca con que se dice
y se besa
amor más que mecánica.
Con la misma postura de ojos
frente al televisor
o a la curva del sueño
en las sábanas de la noche;
igual que camino hacia la oficina
y son papeles y mesas confusas,
una maceta de plantarse ocho horas
hacia destino fin de la semana;
igual que se arropa a los hijos buenas
noches un beso dulce en la mejilla,
y entonces vuela libre aún su fiereza
cachorro creciendo hacia qué decirlo.
Así, vestido para estar en casa
o a traje
y corbata trabajo,
poniéndose las gafas de estar triste
del tiempo y sus serpientes.