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Edición Nº 46 4 de mayo de 1998 |
a Juan José Saer
Recuerda, el hombre que lleva la frente ajada por la inclemencia de una vida demasiado rápida, aquel día de sol furioso sobre su ciudad natal, que se convertiría en el primer peldaño de una escalera, de un camino que lo terminaría regresando ya no como había sido, ya no, nunca más, no más como supo ser, en tanto que cruza de Este a Oeste bajo la intolerancia de un verano bochornoso, la calle de su ciudad natal, imaginándose abatido, doblado bajo un peso mayor que todos esos adoquines juntos apilados sobre su espalda, agachado sobre una pena que no encuentra palabra y que al hombre, aun con toda la concentración de la cual sería capaz, le sería difícil describir, ordenar en un relato que le aflojara ese peso inconcebible, de la misma manera que desea ahora que ese sol amarillo y enceguecedor del mediodía, mientras cruza la vieja calle de adoquines lustrosos y envejecidos, desaparezca como por milagro y en su lugar una gran sombra, una sombra del tamaño del mediodía, cubra las calles y las casas paralelas y semejantes del barrio que ahora lo trata como a un extranjero, a él que avanza con huella pesada, con duros y tensos surcos sobre la cara, cruzando ajeno, desapacible, con pasos inseguros, la calle de Este a Oeste al azar.
Se acomoda el sacón de cuero sobre los hombros, pesado, adecuado para los días de helada nostalgia en los extremos del país, pero no para el calcinante verano de la ciudad, y el hombre, el hombre que cruza la calle desierta, toma conciencia que suda abundantemente. La impiedad del mediodía se le ha metido en el alma y lo funde como manteca al fuego; le pesan las piernas y los brazos pero sigue avanzando, llevando a cuestas ese cuerpo aún no viejo pero que ha perdido la elasticidad, la volubilidad, la gracia con la que supo salir un día como ese de su ciudad natal, bajo el mismo sol color sangre y poderoso.
Avanza, pero lo apropiado sería decir que arrastra su existencia. Avanza arrastrando su existencia y suda, suda como un animal acostumbrado a la estepa helada que se ve sometido al rigor del trópico, como un animal de cuerpo denso, de garras gastadas y movimientos lentos, cuya constitución física no ha sido concebida para desplazarse bajo el calor abrazador y el suelo filoso del desierto, el desierto barrio de su infancia que fue testigo de cómo el niño se convertía en hombre, en un hombre joven de rostro llano y vivaz, el mismo joven de rostro llano y vivaz que decidiera un día como ese, en otro verano punzante, hacía ya un tiempo inmensurable, abandonar las calles de adoquines en busca de un destino helado, tempestuoso, en un rincón alejado del mundo.
La calle está en silencio, en el silencio quejoso de los mediodías de los barrios. Con sus calles vacías, sus veredas solitarias, cruzadas sólo por sombras rectas proyectadas perpendicularmente sobre el amarillo manchado de las baldosas gastadas del viejo vecindario que vio nacer en el pasado al hombre, al hombre solo que ahora regresa, sudando, de un confín lejano, tan lejano como su memoria, como las imágenes que ahora se posan en su mente agobiada y palpitante, palpitante como las gotas de sudor que recorren su frente y su espalda hasta perderse en la cintura; las gotas de sudor, corriendo tenazmente sobre su frente, brillando con raros efectos bajo la influencia insobornable de los rayos solares.
Enfila sus pasos por la vereda sin medir la dirección, sin prever el punto de destino, como no pudo prever el destino final cuando optó por salir de su ciudad natal un día de verano, cuyos detalles se le escapan al hombre aún joven que parece viejo, mientras arrastra su existencia como se arrastra una carga pesada y sin forma.
El hombre se quita la chaqueta de cuero oscuro como nubarrones sureños y se la echa sobre el hombro. Suda. Las gotas de sudor recorren silenciosas y en la oscuridad de entre su ropa las sinuosidades del cuerpo. El sol impiadoso golpea con violencia su rostro de surcos profundos, hace que las gotas de sudor se desvíen en las arrugas tempranas del hombre, del hombre que vuelve sin mujer y sin hijo al punto de partida, como se desvía el caudal de un río de su lecho original. Camina, avanza, con los labios secos y apretados, bajo el cielo alto y calcinante de un día de febrero. —Estoy volviendo —se dice, y se lo dice sólo a sí mismo, sólo a su conciencia también envejecida tempranamente. Se lo dice y escucha el eco sordo y distante, que le viene ajeno desde un lugar desconocido, un lugar perdido en el tiempo y en la geografía de su alma. Se dice: —Estoy volviendo —y siente que su alma se estremece, se resquebraja, como las hojas de los árboles en la vereda de un amarillo manchado de las calles de su barrio que lo ve volver, sin palabras, sin festejos, sin insinuaciones, en el calor infernal de ese día de verano. El hombre gira siguiendo la línea de casas continuas y parejas de su barrio al llegar a la esquina blanca y redonda. Gira el cuerpo completo, sin levantar la mirada, sin torcer su cuello angosto, sin dejar de arrastrar sus pasos sobre la vereda ancha de baldosas que refractan todo el calor de ese mediodía. Se deja empujar por el envión que lo trae de regreso. Las breves sombras sin frescura de los árboles quietos como estatuas a sus pies no conmueven al hombre, al hombre que suda en sus hondas arrugas de joven viejo, cansado y agobiado, que no logra adivinar las palabras que hay que usar para contar la historia de un hombre que regresa solo, sin mujer y sin hijo, al punto de partida, al punto del primer peldaño, al punto desde el cual alguna mirada vio su espalda sin la curva hacia adelante que lleva hoy, alejarse con paso seguro, con paso firme, vaya a saberse dónde, vaya a saberse con qué destino, como si alguien, cualquier mirada que observase la espalda de un hombre alejarse pudiera adivinar cuál es el destino de aquella vida. —Estoy volviendo y no encuentro las palabras —piensa el hombre, piensa mientras avanza sobre la calle desnuda y solitaria, sin piedad alguna por las almas que rondan a la intemperie, arrasadas por un sol dorado y cruel. Lleva la camisa empapada pegada a la piel, su piel estirada por el tiempo y las pérdidas de un hombre que regresa, solo, con la bruma de los años encima y las sombras de los sueños persiguiéndolo. —Vuelvo, entre las sombras y la bruma, sin las palabras —piensa el hombre, que regresa arrastrando su existencia, sin mujer y sin hijo, a la ciudad que lo vio crecer.
En el horizonte corto del barrio, un par de cuadras hacia adelante, en la misma dirección en la cual camina pesadamente el hombre, aparecen los primeros carteles de la calle principal. El paisaje ha cambiado, se ha modificado durante su ausencia; ha mudado lo suficiente como para no reconocer que la fotografía que lleva en el bolsillo del sacón de cuero, corresponda con lo que sus ojos ven. Sin embargo, el hombre que camina arrastrando sus pies, puede ver, no con los ojos sino con la percepción de la carne, que debajo de esa imagen modernizada de las calles de su barrio, se encuentran, intactos, los cimientos del pasado. Por primera vez desde que ha puesto las suelas de sus zapatos en las calles adoquinadas de su ciudad, el hombre que camina bajo la ardiente temperatura del verano, levanta la mirada, los pesados párpados húmedos, y fija sus enrojecidas pupilas. A cierta distancia, pero aún en la cuadra siguiente, sin haber cruzado la bocacalle y en sentido contrario, una mujer avanza bajo el sol calcinante. Avanza hacia él, joven y suelta, enfundada en un liviano vestido de una sola pieza, color blanco, muy blanco suelto y liviano, con pasos cortos, suaves, sin peso como el aire. La mujer que avanza hacia el hombre, toda de blanco, lleva colgando de uno de sus brazos una cartera de esterilla. No lleva lentes oscuros y parece entornar levemente la mirada para cubrirse de los reflejos furiosos del sol del mediodía. Avanza pegada a la pared, a la sombra de los aleros discontinuos, con la mirada en sus pasos. El hombre que no tiene más que sus manos vacías, con el cuero caliente del sacón sobre el hombro, espera el encuentro que inevitablemente se dará en un instante que podría prever, si calculara mentalmente la velocidad de los pasos, la distancia, la cadencia del andar de la mujer enfundada en un blanco cegador y el peso de su cuerpo aún joven, pero viejo, el del hombre, que arrastra la existencia, como arrastra el viento las manchas oscuras en el cielo. —Vuelvo, sin las palabras, con el deseo distante, y el cuerpo pesado —piensa el hombre en tanto sus ojos rojos y húmedos, enfocan la mujer de vestido blanco de una sola pieza que, aún en la otra cuadra y sin haber cruzado la calle, avanza hacia él dando pasos cortos, liviana, liviana como el género suelto de su vestido de arena ardiente, en ese mediodía de febrero, de un febrero seco y africano, y la mujer, que avanza sin pausa hacia la esquina, ahora levanta la cabeza, parece hacer una pausa, tambalearse un poco, parece detenerse pero no lo hace, sólo es un espejismo húmedo del hombre que avanza solo, sin mujer y sin hijo, en su ciudad natal, bajo los efectos narcotizantes de un sol imposible. La mujer de vestido blanco y liviano, con su cartera de paja colgando del brazo, pegada a la paredes de las casas chatas y adheridas unas a las otras, levanta la vista, abre los ojos, luego los entorna, y hace un gesto incomprensible; tal vez no lo hace pero al hombre que arrastra, solo, sus piernas ese mediodía, cree verlo, y ve que la mujer no cruza la calle sino que gira en la esquina, a la derecha, y se aleja con el mismo ritmo de pasos livianos como el aire, dándole la espalda, en dirección contraria al centro, alejándose de la calle de carteles luminosos que ahora están apagados en ese mediodía horroroso, pero que de noche iluminan mortecinos la calle principal. El hombre sigue de frente, cruza, sube el escalón de piedra y se detiene un segundo, un imperceptible segundo bajo el sol ardiente, gira la cabeza para ver cómo la mujer toda de blanco, con su vestido flameando como el estandarte de una nave que acaba de zarpar se aleja del puerto; ve el hombre, con la mirada inflamada en ese mediodía imposible, alejarse a la mujer por la ancha vereda de baldosas manchadas, dándole la espalda, tambaleándose sobre sus pasos, a la mujer que se aleja leve como la respiración.
—Vuelvo, con las imágenes y la ausencia de las palabras —se dice el hombre que ahora recorre una cuadra más, solo, sin mujer y sin hijo, abatido por los rayos dorados que bajan rectos sobre él, entre las escasas sombras petrificadas de las arboledas estáticas. Llega a una nueva esquina y gira, sin pensar en nada y en todo, gira con el peso de su cuerpo adelgazado por el tiempo y las ausencias, sin calcular el terreno, sin rumbo, sin destino, dejándose llevar por los pasos y la arquitectura de su barrio, el barrio que lo vio nacer en otro tiempo, y lo vio partir en otro verano, tan extremo como éste. Así, el hombre que camina solo, por las calles céntricas de su ciudad natal, bajo las sombras exiguas de flacas arboledas, y el cemento recalentado de un mediodía exuberante y brutal, recorre la elipsis de un camino en caracol, en una unidad de lugar que se le pierde hasta volver a aparecer bajo sus párpados húmedos, en su mirada acuosa y rojiza, en su andar y en el paisaje abrumador de un cielo recalcitrante y fugaz, en las veredas modernizadas de la barriada nueva, que lo mira andar por entre sus entrañas de cemento dilatado, como mira andar a un intruso, a un extraño cuyo rostro, cuyo andar, sólo levemente recuerdan los alientos de esas calles.
El hombre, que camina solo con la espalda empapada en sudor, con las piernas pesadas y los brazos cansados, sin mujer y sin hijo, por las calles desiertas de su barrio natal, bajo los rayos rectos y ultrajantes de un sol del mediodía en ese febrero ardiente, decide detener la marcha. Deja caer la mano derecha en la que lleva el sacón de cuero gastado y oscuro, a un lado, y el brazo que antes colgaba a la altura del hombro, parece recobrar la irrigación sanguínea. Detiene la marcha y eleva la mirada hacia los brillos enceguecedores del día. Mira y ve frente a sí, a pocos metros delante de él, cruzando la acera, el viejo bar enclavado en el centro de la cuadra. A la derecha del bar, la casona de ladrillos morados y a la izquierda, el viejo portón con su pintura descascarada por el tiempo y las lluvias. Más allá, hacia la esquina más lejana al punto desde donde mira el hombre, parado, bajo la luz saturada de brillos del mediodía, agotado de andar bajo el cielo abierto, el hombre que regresa solo, con la espalda empapada de sudor y los ojos encendidos, ve cómo se aleja el empedrado que lo vio nacer. Mira y se detiene, como si necesitara frenar todas las demás actividades de su cuerpo para poder fijar la visión, ya no sobre el amarillo dorado de la luz del mediodía que recorta la cuadra de su barrio, sino para hacer encajar el recuerdo con la imagen que tiene ahora en sus retinas. Mira y piensa: —Vuelvo, con las imágenes, y ninguna palabra, siquiera una sola. Piensa y ve reflejarse las palabras de su pensamiento dibujadas en el interior de su mente. El hombre que vuelve sin mujer y sin hijo, levanta el sacón de cuero, mete su mano en el bolsillo y saca una cartulina y la observa no puede decirse con detenimiento, sino con la difusa atención de alguien que observa algo demasiado conocido y sin embargo tan extraño como un sueño del cual uno no conserva en la memoria sino vagos retazos confusos e indefinidos. Así pone la vista el hombre que un día como este, de un sol que quema como una llama del demonio, salió de ese mismo barrio, de esa misma cuadra, con mujer y con hijo, así mira la fotografía en blanco y negro que ha llevado consigo desde un tiempo que él no podría calcular. Una fotografía que se robó un instante en el tiempo, que detuvo un latido, un aliento, una escena imprecisa. El hombre que está solo parado bajo el sol de un febrero inolvidable, mira la fotografía una vez más, baja el brazo, levanta la cabeza y dice, como un silbido que se pierde en el viento: —Vuelvo, solo, sin mujer y sin hijo, con las imágenes, y sin una sola palabra.