
|
|
Edición Nº 48 1 de junio de 1998 |
Bajé de la camioneta y eché el primer vistazo al lugar. El viento caliente me arrojó otra cucharada de polvo. Logré cerrar los ojos pero mi lengua quedó impregnada de la tierra pulverizada. Estaba llena del sabor de la historia del lugar. Una historia que podía ser contada en cinco segundos: la gente nacía, subsistía y moría en Villa Ruiz. Así constante e interminablemente. Claro que había algunos que se habían marchado apenas a tiempo de haber sido deshidratados y desintegrados. Nunca se les volvió a ver. Hubiera sido como escapar del ataúd y regresar a él voluntariamente. Era inexplicable cómo el pueblo permanecía vivo. Si la vida era dormitar bajo el olvido, Villa Ruiz estaba rebosante de vida hibernante. El polvo penetró ahora en mi nariz y las sensaciones se produjeron una tras otra: cuero viejo de silla de montar, casco de mula, piel de mujer olvidada, arrugas milenarias, callos en las palmas, pie desnudo de niño, crucifijo perfumado, madera de yugo, lágrimas de muchacha enlutada, hueso de ternera y otros muchos rancios y vetustos olores que atestiguaban el abandono de este pedazo de México.
Voces de un pasado reciente sonaron en mi memoria.
-Necesitan un veterinario en Villa Ruiz, los conejos se están muriendo, ¿quién va? -preguntó la Coordinadora General.
Felipe, el responsable del programa de prestadores de servicio social, se adelantó a todos nosotros.
-Villa Ruiz está lejos... Adelante de Teocaltiche. El que vaya tendrá que irse sábado y domingo.
Todos nos miramos las caras. Las salidas de todo el fin de semana no eran muy populares entre los pasantes que hacían el servicio social en esa dependencia gubernamental. Las miradas pasaron de nuestras caras a las caras de la coordinadora y de Felipe. Finalmente la presión pudo más que yo, levanté la mano. De todos modos no había mucho que hacer el fin de semana y alguien debía atender a esos conejos. Felipe sonrió y los demás respiraron aliviados.
Villa Ruiz no era un pueblo. Villa Ruiz era una veintena de jacales desparramados a las orillas de una pequeña cañada hecha por entero de piedra. Roca pura y nada más. A ella se aferraban las casuchas como blancos cuadrados de gis que se iluminaban por el rebote del sol en sus paredes. La vegetación era prácticamente inexistente. Unos agresivos matorrales servían de escenografía a la tragedia rural y unos arbolillos famélicos intentaban inútilmente alegrar el paisaje desolado. El semidesierto jaliscience, duro, cargado de piedras, sol y hierba seca. Observé el fondo de la pequeña cañada. Por ahí debió correr alguna vez el agua, las piedras redondeadas del antiguo cauce y las marcas en los muros de roca así lo atestiguaban. Pero el agua era sólo un viejo recuerdo en Villa Ruiz. La lluvia prefería no parar cerca de ahí. Cuántas veces los tristes ojos campesinos la veían pasar por el horizonte, jalando a las nubes, jalando a la vida pero nunca acercándose. La lluvia había olvidado a Villa Ruiz, pero no la habían olvidado el viento y el sol.
Los eternos y fieles perros flacos, polvorientos, ladraron a mi paso cuando me dirigí hacia la construcción más cercana. La tienda. Un pequeño anuncio de metal clavado a la pared de la casa anunciaba "Coca-Cola" y era la única contraseña visible que denunciara las actividades que ahí se daban. La entrada era pequeña, hecha de tal manera quizás con la intención de no permitir la entrada del sol o la salida de la oscuridad. Observé el negro hueco durante algunos segundos, algo brilló en el interior y me decidí a entrar. Me agaché bastante para pasar a través de esa abertura e ingresé a las penumbras. Dentro del mausoleo brillaron los iris de seis ojos. Tres tipos de edad indefinida me miraron con desconfianza. Yo sólo veía eso, el brillo de sus ojos, observándome sin hablar pero diciéndome con la mirada: "¿Tú quién eres, cabrón?, ¿y qué quieres?".
Me sentí más forastero que nunca, más solo y desprotegido que nunca. Para aliviar la tensión, pedí lo primero que se me ocurrió.
-¿Tiene cocas?
Uno de barba clavó aun más su mirada en mí y respondió casi sin abrir los labios.
-Sí, sí hay... pero están calientes...
-No le hace -dije yo-, tengo mucha sed... hace calor.
Me entregó el refresco cubierto de polvo como si lo acabara de sacar de una tumba faraónica donde hubiera estado guardado durante mil años. Bebí un largo trago del líquido negro. El sabor de la Coca caliente me hizo rechinar los dientes, pero el azúcar y el líquido me dieron renovados bríos para intentar romper una vez más el denso betún de la tensión.
-Vengo de la Red Móvil... Del DIF...
Mi voz sonó hueca en el hueco mundo dentro de ese jacal. Los tres se miraron sin decir palabra. El de barba se adelantó y se dirigió hacia mí.
-Son cuatro pesos.
Mi intención de comenzar una plática fue brutalmente rebotada como rebota la pelota en la pared del frontón. El silencio invadió una vez más el extraño comercio. Pensé en intentar algo más pero de antemano sabía que sería inútil. Salí una vez más al mundo real... "Quizás sea buena idea que don Pepe me eche una mano", pensé. La idea no era realmente contar con la ayuda del chofer, sino simplemente sentirme acompañado en ese inhóspito lugar. Caminé hacia la camioneta decidido pero me detuve antes de llegar. Los pies del chofer salían de la ventanilla. El sueño lo había vencido. Estábamos a una hora de Teocaltiche y a cinco de Guadalajara. El tipo debía descansar. Me resigné a continuar solo y regresé sobre mis pasos. Me detuve al borde de la cañada. Ese era el lugar más alto y desde ahí podía ver todo Villa Ruiz. Me encaminé a la casa más cercana. Mi mente se iluminó al descubrir algo parecido a un corral de conejos. Llegué frente al alambre gallinero y observé con atención. Sí, era un pequeño corral para conejos, con agujeros en la tierra de los que hacen los orejudos animales cuando se les mantiene libres y no en jaulas. Grité el acostumbrado "¡Buenos días!". Nadie contestó. Repetí el saludo y una puerta quejumbrosa se abrió. Pero sólo lo suficiente para que yo pudiera observar unos ojos negros que me miraban con una mezcla de curiosidad y temor. "Buenos días", dijo una voz, presumiblemente dueña de los ojos. Un tosido y un carraspeo fue todo lo que adicionó al saludo. Acostumbrado a la solidaridad de otros lugares no supe cómo continuar. Finalmente la solución llegó sola a mi cerebro. ¡Claro!, debía preguntar por las trabajadoras sociales, ellas me ayudarían. Al fin y al cabo era a través de ellas que se había solicitado la ayuda de un médico veterinario. "¿Dónde puedo encontrar a las promotoras del DIF?", pregunté sin titubear. La puerta se cerró momentáneamente dejándome parado ahí como un idiota. Miré a todos lados tratando de buscar la explicación a tal reacción. No vi nada. Estabamos solos Villa Ruiz y yo. Me disponía a marcharme maldiciendo mentalmente a ese pueblo cuando la puerta se abrió una vez más. De dentro salió una mujer de edad indefinida cubierta de pies a cabeza. Sólo veía yo sus ojos negros y profundos que me veían como si estuviera hecho de alguna materia rara y ajena a este mundo. "¿Las promotoras del DIF?", me preguntó la mujer con la entonación característica de la gente del rancho. Contesté afirmativamente alegrándome de haber podido por fin recorrer un poco más de camino entre ella y yo. Tres cabecitas de cabellos despeinados y narices sucias se asomaron desde la puerta, me miraron con ojos juguetones. Al momento de levantar la mano para saludarlos rompieron a reír y se escondieron de nuevo en el jacal. Sonreí a la mujer. Ella fue hasta la puerta y, gritando un "¡Métanse, cabrones!", la cerró. Ya sin acercarse a mí me dijo: "No están, salieron ayer pá'Guadalajara y no regresan hasta el martes". Diciendo esto abrió la puerta y se introdujo en la casa.
Yo recibí la noticia como si me hubieran dado un golpe en el estómago. El viento se desató de repente cargando en su lomo toneladas de polvo. Cerré los ojos y me aferré a la cerca. Con la garganta cerrada por la tierra acumulada grité a la mujer: "¡Señora! ¡Señora! ¡Hey! ¡Señora, salga!". La puerta comenzó a abrirse nuevamente con una lentitud asfixiante. Los ojos negros me volvieron a mirar desde adentro.
-Vengo a ver sus conejos... Las promotoras solicitaron al veterinario... Creo que tienen un problema con sus animales... ¿O no?
-¿Conejos? ¿Cuáles conejos? ¡Se nos murieron todos! -cantó la voz.
-¿Todos? Pero...
-¡Sí, todos! ¡De la enfermedá! -afirmó la mujer y selló la puerta para siempre.
Me quedé solo una vez más. El maletín me comenzó a calar en la mano. Lo dejé en el suelo y traté de pensar. Mientras mi mente intentaba aclarar un poco la situación, el polvo se levantó de nuevo. Un remolino alcanzó la parte más baja de la cañada y se dirigió recto hacia mí. Era como un tubo color arcilla que serpenteaba entre la roca madre. Yo sabía que era imposible evitarlo pues correr entre esas piedras hubiera significado exponerme a una seria caída. Me ajusté la gorra como pude, cerré los ojos y apreté el maletín en mi mano. El remolino ensanchado y fortalecido me embistió sin titubear. La tierra y yo fuimos uno. Las moléculas del polvo primigenio se fundieron con las mías humanas en un crisol de viento en espiral. El remolino me sacudió, me abofeteó y me liberó siguiendo su ondulante camino. Yo abrí los ojos pesados de tierra. No perdí el tiempo sacudiéndome. Me dirigí a la siguiente casa, luego a la siguiente, y así hasta no haber dejado ningún corral sin revisar. En Villa Ruiz no quedaba ningún conejo vivo. Regresé a la tienda y pedí otra Coca caliente. La bebí de tres tragos bajo la atenta mirada de los tres espíritus de la oscuridad. Pagué y me encaminé al vehículo. Desperté al chofer y le dije: "Ya terminé, no tiene caso quedarnos aquí, ¡vámonos!".
-¿Tan rápido, médico?
-Si... Tan rápido.
-¡Pos vámonos, pues!
Mientras Don José revisaba el agua del radiador yo di una última mirada a Villa Ruiz. Mi viejo conocido, el viento, me despidió con seca alegría. Al fin y al cabo esos eran sus dominios. Él se encargaba de secar todo y transformarlo en polvo, a la gente, a las casas, a las plantas, a los niños y perros. Polvo eran también la esperanza y el futuro para las almas en Villa Ruiz. Polvo para el desayuno, la comida y polvo para merendar. No me cabía la menor duda de que en ese lugar aún deambulaban los conejos. Una ráfaga me dio de lleno de la cara y la sensación dejada mi nariz me confirmó esa creencia. Era el inconfundible olor a conejo, a pata larga y a rabo esponjado. Sí, en Villa Ruiz los conejos eran ahora conejos de polvo, condenados a vagar de un lado a otro de la cañada como juguetes del viento. La camioneta arrancó y nos alejamos lentamente de ese lugar. Triste Villa Ruiz dormitaba hundida bajo el sol.