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Edición Nº 48 1 de junio de 1998 |
Un ojo pasado de moda se desangra en la bañera.
Parece un reloj cuya aguja, tras miles de revoluciones, hubiera ido soltando un óxido negruzco y brillante hasta formar un círculo en el centro de la esfera blanca.
La sangre roja destilada contrasta con finos regueros que la rodean, tan amarillos como sólo pudo serlo el cadáver de un ictérico.
Hay gotas que se deslizan grifo abajo, sin solución de continuidad en su trayectoria. Ellas explican la línea color vainilla que llega hasta el desagüe. Ponen un tono de magia al dejarse caer con melancolía sobre la porquería, la sangre y la bilis.
El tiempo jamás ha pasado hasta que un guarda-jurado en forma de cucaracha asoma las antenas. Termina la ascensión hasta completar un bulto empíricamente grande y teosóficamente negro. No se preocupa de la baba cenicienta que deja en el desagüe.
Se acerca curioso pero sin prisas. Se comprende que el rojo le ha llamado la atención sin excitarlo demasiado. Aunque no lo dice, creo que se aproxima siguiendo las normas impuestas por la figura de cera del control aéreo.
Al fin pasa a la experiencia directa: introduce una pata tras el iris y, ¡zas!, la saca asustado de quedar atrapado en la sequedad incomprensible que se oculta detrás.
Como no hay mal que por bien no venga y el que no se conforma es porque no quiere, hace como que sólo era una inspección de rutina y disimula deslizándose con una tabla de wind-surfing sobre el hilillo de agua, eludiendo con habilidad el último tramo, donde se forma un charco de sangre y agua sabiamente confluido. Así recuerda sus pasadas vacaciones y babea con las siguientes.
Con rapidez deleitante, regresa a su tubo de vigilancia.
Los muchos metros recorridos inmundicia abajo no bastan para saber que un fuerte hilo irisáceo lo retiene por la pata posterior izquierda; y es al hacer una maniobra cuando se produce el tirón. Más del susto que del dolor, sus patas se sueltan de las ramificaciones mohosas del plomo, con las que ahora contacta a cabezazos, colgado pendularmente en el vacío.
A Dios gracias
Aquella noche salí a experimentar si en el aroma de la despedida se reparten desperdicios vigorizantes, pero bajo el ridículo puente sólo había trenes inmóviles y mal engrasados; espantosamente sucios, por lo demás. Olía a pólvora mojada y las visiones tenían incisivos agresivos que ladraban a la soledad asaltada por las vallas.
Huyendo del andén vacío, recorro la cadena del ritual más previsible y previsto, pues para eso están los ritos, aunque no todos ofrezcan la alegre candidez del que me interesaba. Como a este respecto ya lo han dicho todo, reseñaré tan solo que seguí respetuosamente el orden cancerígeno: primero las propuestas arábigo-andaluzas, luego las delicias que algunos memos apestan con gaseosa.
A lo largo del recorrido provinciano y estrecho abundan las boñigas de vaca pura que recogen con lujuria ese dicho que habla de conejos, hambre y no sé qué color de lechuga recién lavada en cualquier fuente cristalina de la sierra. Sin embargo, hacen oídos encerados a la mayoría de las enguantadas propuestas macrofálicas, pensando quizá que las editoriales de los periódicos locales se escriben en despachos excesivamente iluminados.
Por otro lado, ya han fijado la mirada en los eróticos contornos de una barra metálica que un mono del zoológico acaba de doblar a cabezazos.
Así pues, sin hacerme con ningún aroma del que no estuviera a la sazón provisto, inicié el ingrávido paseo por la mañana borracha que había de conducirme —como suele decirse— a otra ceremonia más amarga.
Jamás hubiera esperado que al rodear una plaza pinicular encontraría, apoyada en escoba reversible, la visión más absurda que contemplar pudiera la cruz altiva. Ante mí se resbaló una monja idiota que había sobrevivido al desastre con una única finalidad en su tarada cabezota. Y era su histórica misión el dejar como los chorros del oro el hall de la casa del señor.
Semejante coincidencia fue de mutuo beneficio: por su parte, los tarareos dejaron paso a dulces perdones, pues es así como suelen llamarse los rencores con pelo corto; por mi lado, la risa acampó entre mis dientes y desalojó los humos de la sabrosa barbacoa en mi cerebro, a través de una chimenea instalada a tal efecto, pero oxidada por el descuido y el poco uso.
La ñoña deshollinadora propició de este modo que don Latino de Hispalis, poniéndose estupendo, me recordara al oído: "Y así, revertiéndonos la olla vacía, los españoles nos consolamos del hambre y de las pocas fornicantes".
"Tenemos", pensé yo, "lo que como hipócritas e hipocóndricos reprimidos nos merecemos con justeza. Nadie puede sorprenderse si, al pasar por una pajarería y golpear el escaparate, estruendosos chillidos te responden desde las incómodas celdas: claro es que tratan de ahuyentar a la soledad asaltada por cristales astillados".