Letras de la Tierra de Letras - La poesía y la narrativa de Hispanoamérica
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Edición Nº 51
20 de julio
de 1998

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Dos cuentos

Olaf Peters Wolf


Una pequeña fortuna

¿Cuál habría sido su nombre? ¿En qué habrán pensado sus denominadores para deslindarla inútilmente de los demás? No habrá sido, lo adivino, Julia, tampoco Fermina Daza, pero este acompaña mejor a la imagen imprecisa que tengo de ella. Me opongo a creer que un nombre no tenga poder característico del portador.

Recuerdo cada encuentro que he tenido con ella, no han sido muy a menudo. Me ha sorprendido en los sitios más distintos y distantes, en los instantes cuando menos esperaba toparme con ella. La primera vez la vi en el Mercado Guaicaipuro, escondida detrás de un estante abarrotado con pantalones y franelas, todas copias de marcas italianas. No he tenido que cruzar el Atlántico para buscarla en la rue de Rivoli. Jamás he tratado de desembozarla detrás de un rostro que haya cruzado mi camino.

Ha aparecido, es de prever, en algún libro y desde hace unos años guardo cautelosamente el recuerdo de aquella cantante de una banda desconocida que presencié en un bar, escondido en un sótano de las calles de Praga. La última vez que la vi en Venezuela se mostró sufriendo, presa en el cuerpo de un hombre atado a un tablón, cubierto de sangre y dos cuerpos desnudos alrededor. Abajo, la leyenda reveló a Luis Caballeros, ser un seguidor de la tentación, o su observador o estar en busca de ella.

Durante una época, el invierno del año pasado, sentí por fin haberla conocido. Sus padres viven en un país dividido, el país de la Serenidad de la Mañana y su nombre nunca hubiera podido imaginármelo. Era hermosa, verla sonreír era increíble y su manera de ser tan simple. La adoraba. No es extraño que me haya olvidado de todos mis deberes y de mis amigos, los cuales a pesar de ello siguen estando aquí —ambos. Pero, juntos éramos mucho más que dos, al menos hasta el día en que despertamos de nuestra suerte, abandonándonos en una mañana de desengaño.

Y ella sigue anónima, su perfil vuelve a desdibujarse lentamente. Hay nombres que se obtienen sin culpa y que se pierden de manera indolente. Existen incertidumbres que no tienen respuesta y que tal vez no la requieran, una sensación cálida y agradable. Creo en ella por que nunca voy a estar satisfecho.



...Un sueño serás

A Enrique Wolf

Demos por supuesto que la eternidad es una duplicación ilusoriamente igual al mundo en que vivimos. No aplico la palabra eternidad a un espacio de tiempo, más bien la asumo en su tradición bíblica. La misma calle, el mismo apartamento, la televisión despilfarra la misma cantidad de disparates y la luz y el agua siguen estando a disposición. Unicamente faltan, ha de haber alguna alteración, los demás seres vivientes.

A continuación relataré la pesadilla que Enrique tuvo en la víspera de su muerte. Soñó que se levantó muy temprano en la mañana, antes que su esposa, a tomarse un baño, prepararse una taza de café y salir, como ya no lo había hecho en más de diez años desde su jubilación, cuando todavía vivían en París, a buscar un baguette y algunos croissants para el desayuno. Le encantaba salir bien temprano a la rue de la Tour, comprarse el periódico y quedarse platicando con el señor del quiosco, con el panadero o con la señora del abasto.

Esta mañana nadie lo saludaba, a lo que no le dio mayor significancia —habrían de tener mucho trabajo. El señor del quiosco estaba en el depósito, inclinado sobre un paquete de revistas que estaba desatando. Enrique lo saludó en voz alta pero no obtuvo respuesta. Para no molestarlo, tomó un periódico y puso una moneda sobre el mostrador. El panadero discutía con un cliente, y ha de haberle pasado por alto que Enrique esperaba pacientemente que le prestaran atención. Después de cinco minutos salió molesto y se dirigió a casa reflexionando qué hacer de desayuno.

Su esposa seguía en la cama. Normalmente ella ya estaba en la cocina preparando la mesa. Enrique pensó que hoy no se había atrasado y que todavía sería muy temprano. Cuando la trató de despertar ella se dio la vuelta y siguió durmiendo. Entonces, cogió su maletilla y al salir del dormitorio le dijo que iba al trabajo un poco más temprano. El camino al trabajo pasó sin mayores inconvenientes exceptuando una joven que lo atropelló al salir del metro. Todavía no había llegado nadie al trabajo. Se sentó a leer el periódico y notó que se le había ido el hambre. Poco más tarde fueron entrando la secretaria, su jefe y un colega y a ninguno le llamó la atención que él estaba sentado ahí, con el periódico tendido sobre la mesa y con cara de asombro que aumentaba con cada persona que entraba a la oficina a ignorarlo. Enrique se asustó al pensar que para ellos ya no existía. Jamás se había sentido tan desamparado. Aquí termina el sueño. Ha de haber sido también el momento en que la enfermedad venció al cuerpo. Dicen que falleció en paz.

Habría sido uno de esos sueños que en la mañana apenas se suponen, cuyos detalles no se logran definir. Cuando despertó Enrique, recién llegado a la eternidad, no se acordó de aquel sueño. Despertó en la misma cama en el mismo cuarto. No sintió cambio alguno, al contrario, se sintió muy sano de cuerpo. Le echó una mirada a la otra cama que estaba vacía. Se paró a ver lo que hacía su esposa a tan temprana hora, pero no la encontró en el apartamento. Se vistió para salir a la calle, pero encontró todas las tiendas cerradas. Dio vuelta a la esquina y se inquietó al ver las calles desiertas. Todo estaba cerrado. No vio ningún transeúnte y ni un vehículo que atravesara la calle. Asombrado dio la vuelta y regresó al apartamento. Volvió a quitarse la ropa, se tendió en la cama y antes de cerrar los ojos dijo:

—Ha de ser que estoy soñando.


       

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