Letras de la Tierra de Letras - La poesía y la narrativa de Hispanoamérica
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Edición Nº 52
3 de agosto
de 1998

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Tres cuentos

Daniel Ortiz

Ofrendas

Un viajero fue enterrado allí, donde murió. Al tiempo pasó otro y le dejó un poco de trigo y una moneda, y le pidió al muerto que le prodigue un buen viaje. Parece que lo tuvo, pues la costumbre se difundió.

El acuerdo tácito y colectivo era el de ofrendarle cosas al finado, a cambio de un deseo. No han quedado registros de estos últimos, pero sí de las primeras. Parece que la caridad que la religión estimula se satisface permitiendo al necesitado retirar alguna de las ofrendas, si se encuentra en grave necesidad y con recogimiento promete restituirla junto con un poco más. Tanta era la variedad de riquezas que allí se dejaban, que un día fue necesario poner un guardián que velase por ellas. pero éste no podía impedir que las retirase el que no las necesitaba, de modo que hubo de investírselo con la facultad de discernir la necesidad ajena. Al menesteroso todo le parece opulento; fue así que debió dotárselo de buena paga para que tuviese despejada la lucidez y distinga a los necesitados de los embusteros. A pesar de todo, si bien se le facilitaba el préstamo de las ofrendas ajenas a quien las necesitaba, no podía impedirse que el peregrino olvide su palabra y nunca restituyera la ofrenda que llevó, ni agregase la del agradecimiento a las existentes. Entonces, se invistió al guardián de la potestad de tomar un severo juramento al necesitado. Pronto se advirtió la insuficiencia de este recaudo, pues sabe Dios cuántos hombres son proclives a olvidar sus promesas cuando desaparecen las razones que los llevan a hacerlas. Así, se permitió al cuidador documentar la ofrenda que se llevaba y la que se obligaba a traer, como recompensa, al ánima finada. Como ocurrió que muchos caminantes que llegaban al santuario no hallaban lo que precisaban y debían limitarse a pedir porciones de las monedas que eran ofrendadas entre los víveres, espadas, vestidos y ánforas de aceite, para obtener con ellas el objeto de su necesidad, el guardián comenzó a sugerir a los ofrendantes que dejasen dinero en lugar de flores o rosarios. Al cabo, fue facultado para exigirlo. En poco tiempo los menesterosos dejaron de buscar el utensilio necesitado y reclamaron directamente el dinero, que se obligaban a devolver junto con otra ofrenda más de dinero, transcurrido un tiempo suficiente a criterio del guardián. Para evitar que los tomadores de ofrendas prestadas que pecaban de ingratitud y no las devolvían, pusiesen en peligro el sistema, se declaró que Dios había facultado al guardián —sin mengua de Su Poder— a propinar castigos a los ingratos (cuantificados en azotes) y a recuperar por la fuerza la ofrenda prestada y la debida. Pronto, ante el cúmulo de azotes que debía propinar por día, se le autorizó a trocarlos por dinero. Así, de un culto sencillo y espontáneo, nació el Banco, para prosperidad de la región.


Marqués Leonid Smaiescu: Exégesis crítica de la corbata

Sin duda este digno exponente de la nobleza rumana, infatigable vindicador de los derechos legados por sus ancestros, no llegará a regocijarse con el espectáculo de la plebe de su patria alegremente inclinada al paso grave de sus nobles. Es una pena inclinarse ante la evidencia que la insobornable biología concurrirá a hacer de este noble un conjunto de nobles despojos. De no haberlos dispersado las guerras y la geografía (disciplinas harto equiparables), quizás Chesterton, a la vista del Marqués Smaiescu, no hubiera opinado que se trataba de un caballero elegante, sino que blandía sobre sí la idea misma de la elegancia. Para quienes nos deleitamos con su afectuosa y afectada compañía en su forzado exilio de este lado de la Cortina de Hierro (los bolcheviques abjuran de la nobleza, mataron a su buen Zar de las Rusias) era rápida evidencia que los modales grabados a fuego en su nobleza le imponían el inflexible uso de la corbata en su etiqueta cotidiana, salvo al momento de entregarse al descanso o al baño semanal. El ocio es tarea que acompaña a los nobles, disfruten de las bondades de su patria o las del exilio. El Marqués era un hombre entregado a las artes y a la ciencia. Mecenas de escultores de hielo y fotógrafos de almas, se entregaba durante importantes horas diarias al cultivo de la primera de las ciencias, la Filosofía. Fruto de su profundas reflexiones, que no consentían anticipos sin la previa intermediación de su pluma ante el pliego, nace esta Exégesis que prologo con la grave carga que me trae esta responsabilidad, impuesta a este discípulo agradecido por decisión de sus cofrades de la Escuela Exegética de Filosofía de la Cotidianeidad.

Fácil sería ceder a la tentación de entregarlos ya a la lectura de una obra cuyas únicas páginas prescindibles son la mácula que este prólogo inflige. La corbata es una prenda "absolutamente inútil", postula el Marqués desde el encierro de su prolijo nudo de dos vueltas. Hace luego una descripción externa de sus atributos ("semántica de la corbata", prefirió), discurre por los colores y emblemas, por el largo y el ancho, por sus nudos variables, por el fiel pañuelo al tono. Halla lugar para referirse al moño ("castrada digresión de la corbata", condena), a las trabas que pugnan por sujetar su indomitez a los pliegues de la camisa. Analiza la textura de sus lienzos y descarta discrepancias entre la seda y la lana, "meros continentes, al fin, de nuestro inútil adminículo del vestir, de nuestra corbata".

Una segunda parte se refiere a la utilización de la corbata, esto es, a su ubicación en relación al cuerpo que viste ("sintaxis de la corbata", titula). Habla del nudo tenso y del nudo flojo, con el cuello de la camisa desprendido. Lamenta esta relajación de las costumbres, símbolo "de la inexorable decadencia que Spengler pregonó en el desierto". Se pregunta, con el humor fino que sólo la sangre azul puede irrigar, si los varones se pasean por el mundo con el cinturón desabrochado y la bragueta abierta. No elude la polémica, que su tenaz crítico, el Conde de Marineu, tilda de bizantina, a saber: ¿es la corbata prenda masculina exclusivamente? Es sabido que Marineu defiende la utilización, hoy tan en boga, de la corbata por parte de las mujeres. Si la corbata sólo fuera implemento masculino, aventura, Adán hubiera tenido una, útil para cubrir su desnudez ante Eva. Smaiescu da por tierra con esta temeraria afirmación: los senos femeninos introducen en el recto derrotero de la corbata hacia el cinto, una elipse que apenas le permite vislumbrar la imaginaria proyección del ombligo, sin llegar a él. Los cánones del buen vestir imponen que el vértice de la corbata roce la mitad de la hebilla; caso contrario, el nudo debe rehacerse, sin más. Ergo, la corbata es masculina, incompatible con la femineidad. Smaiescu condena también la vergonzante costumbre de introducir la mitad de la corbata dentro de la camisa, para evitar que flamee, y lamenta con dolor esta "defección a la causa de la corbata". Elude considerar los manchones de suciedad en la corbata, por considerar a sus portadores indignos de vestirla con "el aliño que se debe no ya un caballero, sino un ser racional a imagen y semejanza del Creador".

Pasa en último término a las infinitas connotaciones de la corbata en la tercera parte ("morfología de la corbata"), médula de su obra. No incurre en la tentadora cosmovisión freudiana de la corbata desde que "mi muy querido y sagaz Sigmund pretende una alusión fálica hasta en la redondez de la Tierra, culminación cóncava de otro gran falo, el Universo". Descarta las explicaciones utilitaristas (ocultar la hilera de botones, reemplazar con elegancia al abrigado pañuelo al cuello) y postula la tesis que brinda originalidad a su obra, que evidencia la humildad de su genio: la corbata es, en su inutilidad patente, el primer paso hacia un viraje en los hábitos humanos de vestimenta. El hombre, afirma con humildad, evoluciona hacia un vestuario pura y meramente simbólico, que desplazará pantalones, zapatos, abrigos y sombreros, por ociosos lienzos en los ojos, esposas en las muñecas, mordazas en la boca, grillos en los pies. Porque, "¿qué es la pionera corbata, en los días de calor, sino una molesta horca anudada al cuello, cuya presión nos renueva en nuestra pequeñez, en nuestro agobio ante el clima despiadado, en nuestra invencible sujeción a las cadenas de este mundo".


IV. L'Empereur

La plebe enfurecida, el vulgo que puebla de carroña indigna las calles y las casas de nuestros reinos, se bate con nuestros guardias del otro lado de la verja más exterior del palacio, situado en el centro de la villa real. Un pretexto que olvidamos luego de las reverencias y las presentaciones nos reunió en este palacio a nosotros, los reyes y príncipes de los imperios centrales del mundo. Hemos dejado afuera a nuestros séquitos, los fastuosos caballos —un emperador de tez cobriza trajo dos elefantes— los carruajes que derrochan oropel, los riquísimos y exóticos presentes, y apenas si hemos entrado con nuestras reinas y princesas, con nuestros delfines e infantes. Quizá dejemos pasar algunos bufones y lechuguinos, unos pajes para el servicio, pero a nada más.

Un clamor brumoso nos mantiene en vilo, pero nuestras majestades lo soslayan. Es el populacho que pugna por entrar a los aposentos reales donde se están debatiendo asuntos que conciernen al mundo, aún a sus miserables existencias. Puede que los anime el saqueo, la curiosidad, la vanidad. Quizá rebasen esas verjas, y las más próximas, cuando nuestros guardias se dispersen. Mancharán las alfombras púrpuras, se colgarán de los tapices, no entenderán los sillones y los manjares, los aturdirán los espejos, se detendrán ignaros ante las puertas hasta que algún iluminado de la vanguardia acierte con el picaporte, y las abra de par en par, para encontrarse con la escena esplendorosa de todos los emperadores reunidos en cónclave, sin muchedumbres que guiar —porque se han rebelado a su poder— y se detendrán azorados ante nuestras personas. Tal vez se postren, descubran sus cabezas piojosas y sucias, abran sus bocas pestilentes y lancen expresiones de desconcierto, o maravilla. Los emperadores presentes, hombres y mujeres precavidos, al fin, nacidos para mandar y reinar, hemos previsto también este albur y su remedio: por hoy, sólo por hoy, les permitiremos mirarnos mientras desfilamos para ellos, les dejaremos vestirse como nosotros, y llamaremos "carnaval" a esta improbable contingencia.


       

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