
|
|
Edición Nº 54 7 de septiembre de 1998 |
Cuando acabó de rezar su oración de rutina y se apagó la luz postrera y ya no quedaba en su cámara nadie más que ella y sus espíritus parece que resonó en su cabeza una extraña melodía, compuesta de manera nada común y con una orquestación que no parecía corresponder a la época. Una mujer cantaba un aria que no podía dejarle dormir. Era una voz misteriosa y una música que nunca había oído, que provenía de sus adentros y que a buen seguro no resonaría fuera de ella. Por eso la condesa asustada encendió la luz y, ya iba a llamar a su criada, cuando pudo ver en su mesilla de noche una partitura plasmada en un pliego demasiado blanco y de un material que nunca había visto. La impresión de las notas no estaba hecha con tinta normal. Leyó "Rinaldo". Empezó a interpretar la partitura —la condesa era muy culta— y aunque le costó algo de trabajo pudo al fin cantarla y comprobar, entre horrorizada y sorprendida, que correspondía al aria que había rebotado en su cabeza impidiéndole el sueño. Pero esto no habría pasado de un simple susto inexplicable si, después de repetirla y lograrla interpretar casi íntegramente, no se le hubiera aparecido en medio de la cambra una especie de fantasma con barba que le hizo desmayarse sin poder pronunciar ni siquiera un grito ni empolvarse las mejillas.
—Condesa, por favor, despierte, condesa —decía la criada mientras golpeaba levemente la cara demasiado pálida de su señora.
—¿Dónde está, dónde está?
—Señora, ha tenido usted una pesadilla.
—¿Dónde está, dónde está?
—Señora, cálmese, por favor. Aquí no hay nadie. ¿Quiere que llame a su marido?
—Ya no está la partitura. Ni está... —entrecortó la frase más contrariada que asustada.
—Señora, por favor, tranquilícese. Esta noche, si así lo desea, me quedaré a dormir a sus pies.
La condesa por fin agotada se quedó dormida y ya aquella noche no volvió a resonar la curiosa melodía.
Pero algunas noches después, con una luna gigantesca que entraba por la ventana junto con los aromas de las primeras rosas y el cantar roto de los grillos, notó que se hacía otra vez un hueco en su cabeza la dictadura musical. Mas esta vez no aguardó a que se materializase la partitura sino que calcándola musicalmente la cantó para ella en duetto, para el exterior en solo. Y como otra vez se le apareciera el fantasma e hiciera un amago de desmayo, éste que venía preparado ante la contumacia lipotímica de la condesa, le roció las mejillas con un líquido de olor penetrante y agradable que frustró completamente su conato, más teatral en realidad que fisiológico.
—Señora, ante todo debo pedirle disculpas por mi falta de tacto y de educación la otra noche. Antes de que me formule un justificado reproche querría reclamar su permiso para contarle mi historia para que sepa usted a qué atenerse. Le ruego que tenga la amabilidad de escucharme, pues soy un alma en pena, después podrá usted desmayarse si así lo desea y recibir los cuidados de su encantadora doncella.
Debe usted saber que yo seré un sacerdote que por un desengaño amoroso decidiré tomar los hábitos, no estaré mal como puede usted comprobar —se jactó el fantasma de manera ostentosa. La condesa asintió con la cabeza y con algo más que simple educación.
—Viviré algunos años —prosiguió el espectro— entregado al amor exclusivo de Dios y de la Biblia con gran celo, orgullo y no poco desprecio para los que se entregan a los vicios de la carne. Pero en una ocasión me enamoraré perdidamente de una mujer y ella no dejará de corresponderme en nuestro amor prohibido. Mis complejos me impedirán culminar nuestro idilio y el azar inexorable se empeñará en que la pierda. Siempre la recordaré por su melodía favorita que es con la que aparezco y que tan bien entonaba mi adorada y que tan bien ha entonado usted. Tan sólo me materializo ante las mujeres que son capaces de cantarla, ¿la aburro, condesa? —inquirió el jactancioso espíritu de manera retórica y algo amanerada.
—No, no, en absoluto, prosiga, por favor.
—Cuando pierda el último amor de mi vida ya nunca más volveré a pensar en mujeres y me entregaré de nuevo al estudio de las Santas Palabras y al servicio de Dios mas no con caridad sino arrogancia y complacencia en mi presunta bondad y displicencia para los vicios de mi prójimo. Llegaré a la vejez y moriré santamente a la edad de 75 años en la seguridad de poseer las llaves de las puertas del Paraíso. Pero cuál no será mi sorpresa cuando al llegar ante la última instancia celeste después de atravesar círculos dantescos una voz autoritaria me dirá:
No eres digno aún del Paraíso, porque tu amor hacia Dios no fue puro y porque juzgaste sin ser casto los vicios y las faltas de los otros. Deberás purgar tus impurezas en el limbo.
Inmediatamente perderé el equilibrio y me veré cayendo durante eras por un pozo que creeré sin fondo. Mas mi frenética caída cesará y daré no con mis huesos sino con mi espíritu en una playa sumida en una luz mortecina y tenebrosa, el rumor del mar se escuchará temblando en ecos como en una gigantesca habitación pero no veré las olas ni las conchas. Un ocaso gris y sempiterno se adivina en lontananza como un decorado de Fellini, chocas con otros penados que te atraviesan gaseosamente sin que medie ni diálogo ni trato. Poco a poco el susurro de las olas que parece sin sentido irá aclarándose y entre ellas se adivinará una voz diciendo:
Estás en el limbo a un paso del infierno, has caído en el poder del Averno y yo, en nombre del señor de las tinieblas te condeno a trescientos años de lujuria para que así purgues tu desprecio altanero de los otros. Después te purificarás con rezos y quizás entonces puedas ascender al Paraíso.
Y ya me ve usted cumpliendo mi condena en épocas distintas a la mía, una terrible condena que me cuesta un esfuerzo increíble soportar.
Dicho esto la condesa se desmayó, no ya por el susto de la primera vez sino porque el atractivo aparecido que la acompañaba comenzase a desnudarse, cosa que hizo dudar a éste si debía permanecer con una mujer tan sensible y asustadiza o volar algunos años para dar con otra. Al fin optó por inyectarle un estimulante que llevaba para las mujeres difíciles y despertarla con un simple y poco galante tortazo. Cuando volviera en sí entre suspiros y sollozos la condesa musitó:
—Qué horror, es un fantasma, pero qué guapo eres, tienes en ti la gracia de un vivo y un espectro, quítate la sábana que quiero ver tu cuerpo, Oh fantasma, fantasma sexual.
—Si realmente no te asusto te divertirás como nunca mientras yo padezco mi terrible maldición.
La condesa entonó mejor que nunca el aria y perdió el sentido, esta vez muy dulcemente.
Cuentan en leyendas y quedó escrito en íntimos diarios que dan fe, que aquella misma noche, la lascivia del fantasma cobró sus frutos en muchos castillos de la zona, pudiera haber sido cantada en coro la sublime melodía de Handel, tal fue la multitud de doncellas y señoras que tuvieron comercio con el trasgo.
Desde entonces no volvería a manifestarse nunca más, no sabemos si para hacerlo en otras épocas u otros áreas o porque lograse después de una completa orgía de torturas saciar su deuda con el erebo, aunque muchas fueran las que a la luz de la luna o bajo el tiritar de las estrellas o sumidas en las tinieblas absolutas salmodiaran cada noche sin descanso, con respirar entrecortado y vacilante, con voz esperanzada y suspirosa:
Lascia ch'io pianga mia cruda sorte.