Letras de la Tierra de Letras - La poesía y la narrativa de Hispanoamérica
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Edición Nº 54
7 de septiembre
de 1998

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Dos cuentos

Osvaldo Santoro


De rodillas

En un instante y por un momento abandonó su trabajo ante la aparición de un agudo dolor en sus piernas. Apenas sostenido en pie por su voluntad asombrosa, notó cómo poco a poco su cuerpo se aflojaba y cayó de rodillas. Parecía mentira que fuese la primera vez que olía la tierra húmeda aunque, quizás antes, no haya prestado atención a esto.

Un mareo muy fuerte lo envolvió y sumido en un intenso sopor, sólo escuchaba unos graznidos por sobre su cabeza mientras el sol lo apretaba. Sudaba frío.

En el horizonte creyó ver a un jinete que se acercaba sobre un caballo blanco que resoplaba estridentemente. El hombre vestido de negro con sombrero de alas anchas, cara pálida e hierática, pasó a su lado pero no se detuvo. Juan quiso gritar, pero no pudo. Vio alejarse al extraño cabalgante en una alocada carrera sin tiempo.

Entonces se resignó, lloró, desconsoladamente, sus brazos se endurecieron y cerró los puños para acordarse de sus hijos, de su esposa vieja con sus piernas casi deshechas por las várices, y de su rancho.

Cuando vio que el techo del mismo se desplomaba, murió.

El sol sacaba humo de la tierra.


La agonía

Después de esto, Jesús se apareció
otra vez a sus discípulos
en la orilla del lago de Tiberíades.

San Juan, 20.20.

Al mirar Jesús sus pies y las huellas que dejaban éstos a sus espaldas, advirtió con no poco asombro, que las marcas de sus pisadas desaparecían de la arena casi inmediatamente después de dar un paso.

Con el sol brillándole en su pecho, elevó la cabeza y escupió un millón de microgotas de injurias que se estrellaron sobre su rostro.

Él había descubierto la eternidad...

Se detuvo a meditar sobre la trascendencia del hallazgo, sentado a orillas del Mar de Galilea, mientras observaba detenidamente el movimiento del agua a merced del viento cálido del Mediterráneo. Tomando una a una las piedras que tenía a su alrededor, las fue arrojando en forma obsesiva y ordenada sobre el mar planchado. Cuando hubo llegado a la última de ellas, tomó aliento y gritó con todas sus fuerzas su nombre al viento. Las olas le contestaron con un grotesco sonido a trueno en miniatura y el sol reflejado en éstas, lo encegueció por un instante.

Acostado de cara al cielo, comenzó a juguetear con las nubes. Con el solo movimiento de su dedo las ordenaba a su capricho, respondiendo éstas a las más increíbles figuras ornamentales.

Una de aquellas nubes, la más pequeña, a pedido de Jesús, fue cayendo precipitadamente a tierra, pero antes de estrellarse en el suelo, se transformó en un pájaro de alegres colores y canto sugestivo y subyugante. Él lo llamó por el nombre de Judas y éste luego de dar tres o cuatro vueltas sin sentido, se posó a sus pies.

Se miraron fijamente, largamente y después de un gran suspiro de Jesús, unos trinos del ave y unos gritos inteligibles de ambos, se enamoraron perdidamente.

Jesús llevaba a Judas sobre su hombro derecho...

Caminando por la playa se detuvieron ante una enorme piedra. Subidos en lo más alto del peñasco vieron parado sobre las aguas, un extraordinario pez de cabeza inmensa y cuerpo fornido entretenido en engullir uno a uno los peces que saltaban a su alrededor. Una vez satisfecho su feroz apetito, lanzó un atronador bostezo y quedó dormido sobre las olas, hasta que la corriente lo llevó al centro del mar. Allí un gigantesco cangrejo de color oro y patas rojas, lo devoró en pocos minutos. Jesús sonrió alegremente y Judas en leve vuelo le picoteó sensualmente la herida de su mano izquierda, procediendo luego de un grito agudo a volar hacia el mar y perderse tras las montañas de Genesaret.

Sentado, Jesús observaba sus heridas, sus manos, su costado, su frente, sus pies y allí recordó mientras gustaba en su boca el vino agrio del último día, que había regresado a cumplir una importante misión.

La mañana se hizo tarde y la tarde noche inevitable...

En la oscuridad casi total, llegó hasta el huerto del Gólgota, donde María Magdalena lloraba a la entrada de un sepulcro. Dentro de aquel reparo sólo había unas vendas ensangrentadas. Preso de un miedo atroz, corrió esquivando olivos y chocando con las innumerables piedras del monte. Casi exhausto advirtió que sus heridas comenzaban a sangrar.

Al llegar a orillas del lago de Tiberíades, observó que a unos pocos metros se encontraba una barca con personas pescando. Jesús preguntó a gritos si habían pescado algo. Casi a coro, los doce pescadores respondieron que no y Jesús con lágrimas en los ojos, al reconocer aquellas voces, les ordenó que arrojen la red del lado derecho de la barca.

Cuando las doce personas lo hicieron, el enorme peso del tejido hubo de requerirles un esfuerzo sobrehumano para sacar a la superficie lo pescado.

El asombro al reflotar una gran cruz herrumbrada, no pudo contener las lágrimas que brotaban de sus ojos y todos lloraron amargamente abrazados los unos a los otros, mientras la barca se hundía mecida melancólicamente por las tranquilas aguas.

Lejos se oía los graznidos de Judas ahora convertido en cuervo. A medida que éste se acercaba a la cúspide del monte, su canto era escuchado como un grito estentóreo.

Todos, al pie del monte, alzaron la vista al cielo que parecía estar más cerca de la tierra porque la luz se tornaba en sombras.

Jesús entonces despertó de su sueño.

Aún seguía clavado en la cruz...


       

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