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Edición Nº 55 21 de septiembre de 1998 |
Una vida impecable, sin una mancha de vino en la sotana. Le dio por conocer a Dios con una mente escrupulosa. Se decía que había atravesado un mundo de fango, una piara y un desierto.
La uva cristalina goteaba su jugo diariamente en sus labios, siempre en la mañana, en misa de seis. Ese vino santo —decía— le daba una visión muy infinita de Dios.
Leyó una vez una sentencia del Cardenal Pedro Damiano que rezaba que hay que filosofar a servicio de Dios, y de lo que Dios ha revelado, y esa misma mañana se rebeló él contra ese Cardenal y contra todos los demás jerarcas, porque se acordó de que su abuelo Diógenes le enseñó a filosofar de cualquier cosa y que la escolástica sometida a la teología se podía ir al mismísimo... ¡infierno!
Gargantúa
El acto de desobediencia Erich Fromm
como acto de libertad
es el comienzo de la razón
Luego la voz se apagó. ¿Cómo poder seguirle el susurro? La ausencia de sonidos me sumió en un síndrome de desesperanza.
Así, no encontrando dónde refugiarme, corrí sin parar a campo traviesa. De pronto vi una inmensa estructura humana acercarse pausadamente hacia mí, me tomó en una de sus grandes manos y yo, cerrando los ojos, dejé que me atraparan sus fauces. Para mi sorpresa no me engulló.
Desde allí observé, por entre sus dientes, a los seres peregrinos de ese mundo deambular sin descanso y decir mentira tras mentira sólo por agradar, nunca por transmitir verdades.
Entonces pensé no salir nunca más de aquel tan seguro y cálido lugar.
Pantagruel
El camino del exceso William Blake
conduce al palacio de la sabiduría
Mi padre solía decir: "Tienen a buen ver, con el consejero del diablo a sus espaldas, caballos y niños donde no los hay; ellos cabalgan de noche, apaciguando la depresión de sus pechos, alimentándose de las tristes vidas simples, que confiadas duermen su nada y cuando el sol aparece ya sólo quedan desechos para perros hambrientos".
Antes del alba comienzo el festín, porque merece celebración poner de pie mis toneladas de peso, cabeza y brazos, tronco y piernas.
Verdaderamente, luego del amanecer no hay más remedio; hay que vivir el día.
Empinemos, pues, nuestras añosas pero bellas y límpidas copas, seamos felices con lúcida embriaguez, soltemos las cadenas que nos atan a toda pestilencia filosofal para que corra lejos. Eludamos todas las palabras hasta quedar total y gratamente mudos del cerebro y la piel.
Muera de sed quien piense en el interés de ser rico sin morir primero.
Seamos pues como ellos quieren: perros insulsos, humanos inversos, que nosotros sabemos ser agradecidamente bueyes.