Letras de la Tierra de Letras - La poesía y la narrativa de Hispanoamérica
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Edición Nº 58
2 de noviembre
de 1998

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Déborah

Juliana López Janeiro

El astrólogo lo había profetizado, lo escuché algo escéptica, en tanto pensaba por qué diablos gastaba mi dinero en cosas a las que luego no daba crédito.

Cuando llegué a su casa, nada en ella anunció el mágico embrujo que mi mente perseguía, para mi gusto faltaba ambiente; por el contrario, el moderno confort reinante sólo hablaba del lucrativo oficio de aquel viejo que ahora me observaba con perspicaz insistencia.

Emitió su risa en la más baja octava sonora, me sentí sorprendida, supe que aquel viejo alquimista, cuyas mil arrugas traté de enumerar, había tocado con su energía mental la débil barrera ofrecida por mí, dejándome, para mi asombro, desnuda a la lectura de mi sino.

Me condujo hacia un aposento contiguo y en el umbral de la puerta la quietud invasora anunció nuevas sorpresas. Creí hallarme en el corredor de la vida, a punto de correr las cortinas del tiempo y sumergirme, confiada, en los grandes misterios.

El viejo habló con su voz arcana, al observarlo experimenté un sobresalto, su piel había perdido el brillo ante lo consumido de sus carnes, tomando su huesuda anatomía un tinte amarillento que le daba cierto aire de un ser momificado. Enumeró todas las ciencias de adivinación por él conocidas, así supe de la aeromancia, aritmancia, cartomancia y muchas otras por mí ignoradas. Como su objetivo era que yo me inclinase por una, le expliqué que no, yo sólo deseaba lo que en su tarjeta de presentación ofrecía, la astrología, tan sólo me interesaba conocer mi carta astral.

Zumbó como una abeja, después de interrogarme en cuanto al día, el mes, el año y la hora de mi nacimiento y sacar algunas cuentas, trazó en una hoja una circunferencia que vi llenarse de rojas y azules rayas, unas veces paralelas y otras entrecruzándose. Movió la cabeza con gesto negativo y me anunció la pobre vida que tendría bajo la mala influencia de las líneas negativas que predominaban para mi desgracia.

Mi alma debió estar en mis ojos, porque el viejo vio en ellos mi descontento y la firme determinación de cambiar al menos la hora de mi natalicio, hasta encontrar la carta de mi agrado; a fin de cuentas nadie acude a consultas para oír cosas desagradables, sino para ser engañados por la buena ventura. Yo deseaba viajes, paseos, y aquella carta astral se alejaba decenios de mis aspiraciones.

Tomé la hoja que me tendía, di las gracias y me dispuse a la partida. El viejo me detuvo con un gesto en su mano, para explicarme que, al ponernos en contacto con el Ser Supremo, mediante nuestro espíritu interno, algo del destino puede ser cambiado a nuestro favor, y esto al menos sería una ayuda: yo tenía una ventaja, dijo, a los 29 años, ni uno más ni uno menos, a las 2:45 am. Hora en que este año cumplía esa edad, Venus, mi planeta regente, volvería a presidir la noche en la cúspide de la esfera celeste y junto a una luna llena se reproduciría la extraña conjunción de astros ocurrida en mi alumbramiento. Ese día podría ver mi alma y develar sus misterios, comprobar lo vaticinado y por él pedir ayuda. Eso sí, debería acogerla como un niño lo haría, pensando en la máxima oculta emitida por San Marcos en su Evangelio. Esta oportunidad tendría que aprovecharla pues sólo se presentaría pasados otros 29 años. Este era el tiempo que tardaba en acontecer la insólita convergencia.

Aunque en ese momento no presté oídos y hasta me burlé a la salida, libre al fin de la rara influencia que ejerce el viejo sobre mí, a medida que pasaban los días y corría el calendario engulléndose los meses, viendo aproximarse el momento anunciado comencé a ponerme ansiosa y ya por una cuestión de curiosidad, involuntariamente aguardaba el instante.

El penúltimo día amaneció conmigo y me mantuve pendiente al reloj, robándole el tiempo con los ojos, tirando de las horas a punta de impaciencia para acercar la noche. A las 12 lo dispuse todo según me había explicado el viejo, que no sólo tenía de astrólogo sino que también de un marcado complejo de hierofante, el espejo grande, dos candelabros ubicados uno a cada lado del espejo con sus dos velas y ausencia total de luz que no fuese despedida por la llama ígnea del fuego eterno.

En mi reloj son las 2 y las campanas de la iglesia así lo confirman, el clic del interruptor se ha llevado la luz y prendo las velas junto a mi miedo que se inflama. Me planto ante el espejo y hago grandes esfuerzos por controlar el susto de mis rótulas que tiritan. Las sombras fantasmagóricas de los muebles me rodean caminándome al abismo de lo esotérico.

Me miro en aquel otro par de ojos que intenta al igual que yo descubrirme. Transcurren varios minutos al acecho, pero no pasa nada. Es inevitable sacarle la lengua a esa que con cara de tonta aguarda como yo.

No siento miedo ya, soy yo, sigo aquí y allí, sólo que por extraña ilusión óptica mi rostro se desdibuja y me torno cadavérica allá tras el azogue. Los ojos y la imaginación son todo, lo sé porque a continuación he visto que el espejo desprende luz, una luz que envuelve mis contornos y mi apariencia de capullo, como si me incubara en ella. Qué ocurrencia pensar que me puedo estar gestando en una luz como si aún no hubiera nacido. No es un razonamiento lógico, hace 29 años que nací y en vez de estarlo celebrando, estoy aquí comiendo mierda, perdiendo el tiempo, todo para adicionar a mi existencia un poco de aventura, dónde habré dejado mi cerebro, creer en esto que está por debajo de mi condición pensante y la educación recibida. Debería estar por encima de estas preocupaciones vulgares propias de los necios. Ahora no puedo evitar contemplarme con cara de hormiga como si fuera ese animal inferior, y quién ha dicho que son inferiores las hormigas, tienen inteligencia, ya lo creo, sólo ese indígena que me observa ahora lo desconoce, quizás por eso la tristeza de su rostro y ese rictus amargo tirando de sus labios hacia abajo, ante el peso de tanta ignorancia. Pero no, no es un indígena, este que me mira es un monje budista, qué digo, es una gitana, cargada de collares y multitud de pulseras aprisionando secretos de todos los caminos, aunque es absurdo que una gitana tenga los brazos robustos de este digno guerrero en el espejo. Me río ante el desatino, o es el eco de la risa de esta cortesana de vida fácil disipándose tras la figura emergente de este ser tan maquiavélico, bostezo ampliamente, es mi sal de aburrimiento. Estoy cansada de jugar como si fuera un niño, la palabra niño me lanza de un traspié a la inocencia, el espejo se magnifica de un fogonazo que no atino a comprender y el destello se apaga a pesar de mi deseo. Mientras siga mirando más veré y de seguir me inventaré 14.000 rostros superpuestos como en un caleidoscopio. En el espejo sola está mi reflejo y en el mirar estático el distorsionamiento de la imagen.

Aquel viejo astrólogo sólo me ha timado, me siento engañada, me duele más la estafa de mi tiempo que el dinero invertido en la consulta y en las velas. Oigo música que invita a soñar, como si el universo tocara mi nota clave, vuelvo a pensar en la palabra niño. ¿Dónde estaría el secreto?

Exhalo tres suspiros sin saber por qué, son tres suspiros que pueden no ser míos. ¡Bah, de mi alma nada! Son las 2:45 am, es la hora, ya no vendrá. Lo sé porque me he quedado dormida y puedo verlo apenada, desde donde mejor se ve, desde aquí arriba.


       

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