Letras de la Tierra de Letras - La poesía y la narrativa de Hispanoamérica
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Edición Nº 58
2 de noviembre
de 1998

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Poemas

Jaime Encinas-Peñaranda


La ventana abierta

Desde lejos escudriñando ansioso
la calle que fue nuestra hoy desierta
la divisé muy quieta, casi escondida
en la ventana abierta.

No pude despertarla con mis besos
Había partido ya hacia el vacío oculto en la espesura
Escurriéndose en la gota de agua clara
que titila, como lágrima triste, en su mejilla

Cerró sus ojos como quien cierra la puerta
al caer importunas las sombras de la noche
La ventana vacía sigue abierta,
diluida en la oquedad como ansiedad despierta

La ventana desierta, melancólica
entiende mi tragedia cuando ambulo
con apurado paso por la calle aquélla
ayer nomás alegría, deseo, cálida esperanza

Esta ahí vacía
La ventana abierta.


La casa solitaria

Lejos, lejos, lejos en el aire aún dormido
el perfil de la luna dibuja una luz triste
entre las nubes grises casi ocultas
en la penumbra.

Tonadas del otoño ululan en el viento
anuncio de aire fresco en los campos de trigo
Esparcida en el suelo la hojarasca amarilla
reverbera en la tímida luz de madrugada
en la penumbra.

Mas sola, la casa solitaria aparece desnuda
sin el verde esmeralda ni el aliento húmedo
de la yedra dormida en el rincón de sombras
en la penumbra.

Un claror mortecino de luces reflejo de la luna
dibujando arabescos en hilos largos de plata
enciende la silueta vetusta de la casa escondida
en la penumbra.

La tristeza en el cielo rojizo del otoño
la hojarasca amarilla bajo la yedra ausente
la casa solitaria bañada por la luna
Lejos, lejos, lejos en el tiempo aún dormido
en la penumbra.


La cita

Lucas 22: 39-48

Cargado de arena el viento trae peso de oprobio
Amenaza tormenta.

En la bruma del Monte las ramas de los viejos olivos
tocan el suelo mojado por el rocío que llora los augurios del día
sobre sus siluetas.

Cerca del pozo de agua un ave solitaria acentúa el silencio.
La hora se acerca.

Un rumor en el aire anuncia su llegada Sus sandalias se han posado leves, más que su cayado leve, Sobre la yedra estrujada.

En el Huerto dormitan los hombres
¡Velad! les manda, mas vence el sueño los párpados cansados
¡Velad! otra vez, y otra vez caen en el sueño pesado

Su frente sobre el cayado, absorto en cuita,
el claror mortecino tiñe por un instante, solo un instante
con destello de miedo, su mirada.

Cruje al quebrarse una rama entre sus dedos,
a la luz de la mañana, una gota de sangre cae
sobre la tierra húmeda. La hora ha llegado.

Dice adiós en el Huerto de los viejos olivos
para emprender la marcha, con una mano abierta,
la otra firme en su cayado, hacia el beso que espera.

Una campana lejos repica con pausas prolongadas
su tañido de queja.


       

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